Le propuse a una amiga que trabaja en recursos humanos que me permitiera hacer un “experimento” en su siguiente proceso de selección de personal:
Cambiar las preguntas típicas sobre experiencia laboral, habilidades blandas, cuáles son sus debilidades, cómo manejas la presión o el estrés, cómo te ves de aquí en cinco años, cuáles son tus fortalezas, por qué buscas un nuevo trabajo, cómo te comportas frente a los desafíos, explícame por qué crees que deberíamos contratarte, háblame sobre qué aprendiste de tu último fracaso, haga usted un dibujo para ver si está loco, etc., etc., preguntas y metodologías que absolutamente toooooodos conocen en el universo laboral y cuyas respuestas están suuuuuperamañadas. Y, a cambio, incluir una conversación filosófica sobre el Ser y, siendo un pelito más arriesgados, navegar en las profundidades de sus vínculos familiares y, sobre todo si es que el candidato tuviera hijos adolescentes, que le contara cómo “gestiona” con ellos el día a día.
¿Y por qué tendría que funcionar esa conversación?
Muy simple: desde mi punto de vista, hay un espejo al que todos los líderes que estás buscando para esa megaposición gerencial se enfrentan todos los días, un lugar donde no hay cámaras, ni aplausos, ni sueldo, ni métricas; ese lugar es EL ESPEJO DE SU HOGAR. Y ya que el liderazgo no es una habilidad técnica, sino más bien UNA FORMA DE SER, pues qué mejor que elegir personas que gestionen brillantemente su hogar, ya que uno es en el mundo lo que es en su intimidad. Esa es mi teoría.
Obviamente, mi amiga, que es psicóloga, que trabaja en una headhunting de prestigio, que es fan acérrima de Inés Temple y por eso se viste siempre con pantaloncito negro y saquito torero rojo, que quiere ser tan disruptiva como Luciana Olivares, pero por más que lo intenta una y otra vez su máxima rebelión ha sido instalar el Casual Friday en su equipo de trabajo; ella, que se computa Carla Olivieri y en sus sueños más húmedos le quiere sacar a Hernando de Soto, que, dicho sea de paso, ojalá no postule a la presidencia porque ya nos dio claras muestras de que el GPS de la intuición lo tiene en la espalda (Castillo, ‘Chibolín’); mi amiga hermosa, la misma que ha ido a todos los seminarios de Margarita Pasos y le gustaría ser clown como Wendy Ramos; mi amiga preciosa, mi mejor amiga, quien probablemente hoy lunes cuando lea esto deje de hablarme por unos cuantos días, me dijo NO. “Estás loco, huevón, no va a funcionar, la gente no se abre así nomás”.
OK. Picón como soy, obstinado, terco como una mula, encajetado como yo solo, testarudo hasta la vereda de enfrente, decidí aplicar mi maravillosa idea en los dos últimos “eventos” para los que fui contratado esta semana. Lo de siempre conmigo. Llaman a mi representante, le piden que cierre el evento con algo de humor y por ahí de contrabando vamos metiendo un poco de lo que la Compañía necesita reforzar en su equipo de trabajo. Pero esta vez con un ingrediente diferente, previamente conversado con Recursos Humanos: “Permíteme, por favor, hacerles algunas preguntas sobre sus vínculos familiares, cómo resuelven algunos conflictos con sus hijos, todo desde el humor; y luego, dependiendo de las respuestas, déjame integrar y anclar la nueva mirada”.
-Vengo desde hace cuatro años profundizando en el Universo de los vínculos y sobre todo en el de padres con adolescentes. Estoy convencido de que si somos mejores padres, es decir, con herramientas precisas de gestión emocional para con nuestros hijos, que en situaciones límite nos sacan de quicio y nos dan ganas de meterlos de cabeza al water, eso extrapolado al universo laboral puede ser un hit. Y eso, puesto en un evento donde el humor está presente, te va a permitir ver, sin el condicionamiento de una entrevista para promover al equipo al siguiente nivel, quién tiene las dotes para liderar en algún momento el siguiente reto. Repito: uno es en su mundo lo que es en su intimidad.
Dicho esto, llegó el día del evento y entre risas y bocados (hora de almuerzo) deslizo el tema de lo difícil que es ser papá/mamá de un adolescente, planteo situaciones típicas que generan la risa entre todos y sus respuestas van poniendo en evidencia si, por ejemplo, son seres CONGRUENTES.
1- LA CONGRUENCIA comienza en casa. Si en tu hogar impones miedo, orden sin diálogo, exigencia sin conexión, eso mismo llevas a tu empresa. Tal vez no gritas en la oficina, pero microgestionas, controlas, no confías, no desarrollas a las personas, las usas.
2- LIDERAZGO EMOCIONAL. ¿Cómo sientes lo que no puedes controlar? Los niños hacen berrinches. Los equipos también. Tus hijos lloran, se frustran, no quieren colaborar. ¿Qué haces? ¿Castigas, ignoras, gritas o escuchas, contienes, modelas? Esa forma de actuar frente a la emocionalidad ajena se duplica en la oficina.
Si no sabes acompañar a tu hijo en un momento emocional, tampoco sabrás acompañar a un colaborador en una crisis.
3- ¿CONTROLAS O LIDERAS? Hay padres que necesitan que todo esté bajo control: que el hijo cumpla con su rutina al milímetro, que se comporte, que diga “gracias” y “por favor”. No por el hijo, sino por el ego del adulto.
Y eso se traslada. Son los mismos empresarios que no delegan, que no confían, que exigen resultados sin dar libertad. Que se sienten traicionados cuando un colaborador decide irse.
El problema no es el hijo ni el equipo; el problema es el miedo del líder a perder el control.
4- LA COMUNICACIÓN. Muchos padres dan sermones. Un recontrahuevo de líderes también. Reuniones que parecen clases de moral, pero… ¿hay escucha? ¿Hay apertura a la diferencia? ¿O solo hay un “yo tengo la razón y tú me obedeces”?
La forma en que hablas con tus hijos —con tono, con gestos, con humor, con juicio— es un patrón. Si usas la ironía para que aprendan, también usarás el sarcasmo con tu equipo.
5- PROPÓSITO. ¿Eres de los que educa para que tus hijos tengan brillo propio o para que te hagan quedar bien?
Algunos padres “educan” para alimentar su egocentrismo: “Mira qué bien educado es mi hijo”, “sacó la mejor nota”, “es el más disciplinado”. ¿Y cuántos líderes hacen lo mismo?: “Mira mi empresa”, “mi empleado estrella”, “mi facturación”.
Cuando el ego conduce, el amor desaparece. Y un líder que solo educa o dirige para demostrar su valía no forma personas libres, forma lamebotas obedientes.
Pregúntate: ¿quieres que tus hijos —o tu equipo— brillen aunque eso implique superarte? ¿O necesitas ser tú el centro del escenario?
6- REPARAR Y RECONOCER. Si no puedes sentarte con tu hijo y decir: “Me equivoqué, no debí haberte gritado”, difícilmente puedas tener esa conversación con tu equipo. Y sin eso no hay crecimiento, solo miedo y sumisión.
En la casa y en la empresa reparar une más que aceptar, porque cuando un líder repara, enseña que fallar es parte del juego.
7-EL TIEMPO, LA PRESENCIA Y LA PRODUCTIVIDAD. Estás físicamente en casa, pero con el celular en la mano. Estás en la reunión, pero pensando en el Excel. Estás en modo “hacer”, no en modo “estar”.
¿De qué sirve el tiempo si no hay presencia? Un hijo necesita calidad de tiempo. Lo mismo ocurre en la empresa: los equipos no te piden disponibilidad infinita, sino calidad emocional.
8- CRIANZA Y CULTURA EMPRESARIAL. Lo que siembras crece. Desde tu forma de vincularte en tu hogar: ¿hay diálogo o miedo? ¿Hay celebración o castigo? ¿Hay ternura o sarcasmo? Todo lo que siembras en casa —rutina, seguridad emocional, confianza, autonomía— también lo siembras en tu empresa.
Si en tu casa no hay espacio para el error, en tu empresa tampoco lo habrá. Si en tu casa se grita, en tu empresa se hablará mal y, peor aun, detrás de las puertas. Si en tu casa se agradece, en tu empresa también.
9- LA SOMBRA. Lo que niegas en tu casa lo arrastras a tu empresa. Un padre que exige perfección porque no tolera su propia imperfección. Un líder que se desconecta porque no soporta el dolor ajeno. Ambos dirigen desde la sombra.
Hasta que no te mires con profundidad, hasta que no abraces a ese niño asustado que fuiste, seguirás educando o liderando con miedo, con juicio, con control.
Lo que no reconoces, lo proyectas. En tus hijos. En tu equipo.
10- JUGAR Y REÍR. Tremendas herramientas de conexión confundidas con debilidades. ¿Juegas con tus hijos o solo te la pasas dándoles órdenes? ¿Te ríes con tu equipo o solo “vas al grano”? Si no hay ligereza, si no hay alegría, no hay conexión.
El humor no es debilidad; es inteligencia emocional, es humanidad, es liderazgo del alma. En casa, crea vínculos. En la empresa, crea equipos sanos, creativos y leales. No todo es productividad. También hay que aprender a vivir el proceso con risa y disfrute.
No podemos separar una cosa de la otra. No se trata de elegir entre ser buen padre o buen jefe. Se trata de convertirte en una persona tan coherente, tan despierta, tan humana que puedas ser ambos. Sin dividirte. Sin fingir.
PORQUE, AL FINAL, NO LIDERAS CON TUS TÍTULOS NI CON TUS MÉTRICAS. LIDERAS CON LO QUE ERES. Y ESO QUE ERES SE REVELA PRIMERO EN CASA.
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