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Aprender a perder

"Cuando un líder político no acepta una derrota, el daño social es profundo: destroza la confianza en las instituciones, polariza a la sociedad y genera división ciudadana".
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Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
15/06/2026 - 07:00
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Hay libros sobre liderazgo, hay seminarios y charlas TED sobre el éxito, hay coaches que te enseñan a alcanzar metas, hay influencers que te explican cómo “sacar tu mejor versión”, hay frases motivacionales pegadas en las paredes de las oficinas, está la foto con el “empleado del mes”, hay miles de discursos construidos alrededor de la victoria. Pero nadie todavía se ha preocupado por enseñarnos a perder. Y justamente perder no es una excepción; perder es la regla.

Perdemos oportunidades, perdemos negocios, perdemos amores, perdemos seres queridos y no tan queridos también, perdemos dinero, perdemos juventud, perdemos trabajos, perdemos salud, perdemos la razón. PERDEMOS ELECCIONES.

Y, sin embargo, atravesamos nuestra existencia como si la derrota fuera una imperfección del sistema, una anomalía, una falla del algoritmo de la vida, y no más bien parte de la experiencia humana. A lo mejor aquí podría comenzar la explicación de por qué hay personas que, cuando pierden una elección, no reconocen los resultados. O mejor dicho, los reconocen cuando van ganando; pero, cuando se voltea la torta, denuncian fraude.

En la misma línea, quizá por eso hay parejas que convierten una separación en una guerra, padres que no toleran que sus hijos fracasen, humanos que se desarman por completo cuando la realidad no coincide con sus expectativas. Todo porque nadie les enseñó a perder.

Nuestra cultura está obsesionada con la victoria. Quién llegó primero, quién sacó la mejor nota, quién metió más goles, quién ganó el concurso, quién fue elegido, quién destacó. Muy pocas veces preguntamos: ¿qué aprendiste cuando no te eligieron? ¿Qué descubriste cuando te equivocaste? ¿Qué hiciste cuando perdiste?

Se ha instalado el mensaje de que “ganar te da valor” y “perder te lo quita”. Y ese mensaje, repetido sistemáticamente durante años, se ha enquistado en nuestra identidad. Hemos comprado el cuento de que nuestro valor depende de nuestros resultados, de que somos nuestros éxitos, logros y triunfos. Por eso, cuando la derrota llega —porque de todas maneras va a llegar— nos sentimos huérfanos. Nos perdemos a nosotros mismos.

Nuestro cerebro registra el perder como un dolor. Cada vez que nos rechazan socialmente o fracasamos, se activan áreas cerebrales similares a las que procesan el dolor físico. Nuestro cerebro interpreta la pérdida como una amenaza. La amígdala cerebral se activa, aumenta el cortisol, nuestro organismo entra en estado de alerta, nuestra frecuencia cardiaca cambia, los músculos se tensan. Es nuestra mente buscando explicaciones y es en este proceso que dejamos de observar la realidad de manera objetiva y la percibimos desde nuestras emociones. Por eso, cuando alguien pierde algo importante, muchas veces no razona y se pone literalmente bruto.

Todo lo anterior no nos permite razonar, sino más bien nos lleva a reaccionar, negar, atacar, justificar, culpar, buscar responsables. Aparece la necesidad de proteger nuestra identidad, que se está sintiendo amenazada. Y mientras más pegada con babas esté nuestra identidad, más intensa será la reacción.

Perder es una cosa; ser un perdedor es otra. Cuando alguien confunde ambas, sufre. Porque cambia la circunstancia por una sentencia. Perdí una elección, perdí un negocio, perdí una relación, perdí dinero... Todos son hechos.

Pero si le ponemos unas gotitas de “no valgo”, “no soy suficiente”, “no sirvo para nada”, la derrota deja de estar afuera y se instala adentro, en nosotros.

¿Dónde se aprende a perder? En la infancia. Pero no se aprende necesariamente por perder. Se aprende por cómo nos acompañan cuando perdemos, por cómo es interpretada por nuestro entorno dicha pérdida.

Un niño que pierde un partido con su equipo de fútbol y es humillado por su padre porque pudo hacerlo mejor, lo que está aprendiendo es vergüenza. Un niño que pierde y, como lección, recibe un castigo aprende miedo. Un niño que pierde y recibe indiferencia aprende que solo merece amor cuando gana.

Pero si un niño, cuando pierde, recibe acompañamiento y sostenimiento, aprende que su valor no depende del resultado. Aprende que fracasar puede ser también un lugar seguro donde el amor nunca falla. Aprende que la equivocación no lo convierte en un error de la humanidad. Aprende que la derrota es un evento, no una identidad.

Un adulto que no sabe perder es muy probable que de niño no haya tenido mucho margen para equivocarse.

Los estoicos lo comprendieron hace mucho tiempo. Para ellos, gran parte del sufrimiento humano es una consecuencia de querer controlar todo lo que no depende de nosotros. Y los resultados nunca dependen completamente de nosotros. Puedo controlar mi esfuerzo, mi preparación, mi disciplina, mi intención, pero jamás podré controlar todas las variables. Yo no puedo medir mi valor por el resultado, sino más bien por la calidad de mis acciones.

A mí tampoco me gusta perder. A nadie le gusta perder. Ese no es el problema. El problema aparece cuando no lo toleramos. Una cosa es sentirse frustrado y otra muy diferente es convertirte en un frustrado. Una persona que no tolera perder comienza a habitar comportamientos casi de manual: se victimiza, no escucha, necesita culpables, no aprende, se vuelve rígida, se siente atacada, convierte cualquier desacuerdo en una amenaza.

A nivel social, el lugar más importante donde aprendemos a perder es la democracia. Porque una democracia sana no es necesariamente aquella donde todos estamos de acuerdo. Es más bien ese espacio donde quienes pierden aceptan seguir siendo parte del mismo proyecto país. El chiste de la democracia no es que existan ganadores; es más bien que existan perdedores capaces de aceptar el resultado y seguir construyendo.

Cualquier elección viene con frustración incluida. Habrá millones de personas que no obtendrán lo que quieren; sin embargo, deberán aceptar continuar dentro de las reglas del juego. Eso se llama madurez y es lo que sostiene a un líder. Cada vez que un candidato acepta que la realidad no coincide con sus aspiraciones, está fortaleciendo la democracia. Cuando es al contrario, es decir, cuando solo acepta los resultados que lo favorecen, la democracia se quiebra y se pudre todo.

Cuando un líder político no acepta una derrota, el daño social es profundo: destroza la confianza en las instituciones, polariza a la sociedad y genera división ciudadana, convierte a sus adversarios en enemigos irreconciliables, genera teorías conspirativas y desinformación, fomenta la tensión y los conflictos sociales, llama al comportamiento antidemocrático de sus seguidores, destruye la cultura cívica y el respeto por las normas, dificulta la gobernabilidad, genera incertidumbre económica, auspicia el resentimiento colectivo, daña la imagen internacional del país y, lo peor de todo: EL MENSAJE PARA LAS NUEVAS GENERACIONES ES LA NEGACIÓN, LA CONFRONTACIÓN Y LA INCAPACIDAD DE ASUMIR RESPONSABILIDADES.

La democracia comienza donde termina el berrinche del ego.

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