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Amor y caos

"Me quedé con el mensaje de que todas las familias son imperfectas y tienen fantasmas, al igual que los individuos. Lo importante es que, ante todo, prime el amor".

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Las cosas que sé que son verdad.
Obra 'Las cosas que sé que son verdad' se presenta en el teatro La Plaza.
Fecha actualización:
29/04/2026 - 07:00
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Todas las familias esconden secretos. No solo de cara al mundo exterior sino también entre sus propios miembros. Y, además, cada familia tiene su propia forma de funcionar: dinámicas internas que se repiten, que organizan, que sostienen. Las familias son, en ese sentido, sistemas, con reglas, roles y equilibrios invisibles. De todo esto –y más– trata la obra de teatro Las cosas que sé que son verdad, de Andrew Bovell, que actualmente se presenta en el teatro La Plaza en Larcomar.

La obra gira en torno a una familia –los padres y sus cuatro hijos ya adultos– y explora cómo los vínculos se tensan cuando cada uno comienza a tomar decisiones que se alejan de lo esperado. Cada hijo atraviesa su propio conflicto, mientras que los padres, en especial la madre, encarnan una mezcla de amor profundo y cierto grado de intrusión.  

La psicología sistémica –que no es mi especialidad, pero encuentro muy valiosa–, permite mirar estos fenómenos de forma interesante. Desde esta perspectiva, la familia no es solo un conjunto de individuos, sino un sistema complejo que busca sostener cierto equilibrio interno. Cada miembro ocupa un rol que, muchas veces sin saberlo, contribuye a una especie de homeostasis emocional.  

Cuando uno de sus integrantes se transforma –o intenta hacerlo– el sistema reacciona. No necesariamente de forma consciente, pero sí intentando restablecer el equilibrio previo. Así, muchos conflictos dejan de ser tensiones aisladas y pueden entenderse como parte de un movimiento mayor: el esfuerzo del sistema por no desorganizarse.  

Eso es, justamente, lo que se percibe a lo largo de la obra: cada hijo va develando un conflicto interno que resulta desgarrador para los demás, en muchos sentidos, porque rompe con el equilibrio establecido y reta a la familia a reconfigurar sus roles y expectativas –muchas veces inconscientes–. Así, estos movimientos generan caos y miedo frente a lo desconocido.  

Pero, al mismo tiempo, creo que estos conflictos son necesarios para la evolución y el crecimiento de cada personaje, como suele suceder en la vida misma. La obra aborda la búsqueda de la identidad, la autenticidad de los vínculos, la lucha por el éxito y la maduración personal. Además, explora el amor parental, filial y fraternal profundamente.  

Me quedé con el mensaje de que todas las familias son imperfectas y tienen fantasmas, al igual que los individuos. Lo importante es que, ante todo, prime el amor, incluso en medio del desorden que implica coexistir y crecer juntos. Quizás de eso se trata, finalmente: de aprender a habitar ese delicado equilibrio entre el amor y el caos.  

 

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