Por: Valentín Ahón
Las luces se encienden cuando los involucrados son personajes públicos que pertenecen a una institución emblemática. Y si es un club de fútbol como Alianza Lima, la repercusión de un supuesto delito cometido por Carlos Zambrano, Miguel Trauco y Sergio Peña puede lapidar sin mucho trámite.
Recordemos el caso de Dani Alves y los cuatro jugadores que pertenecían al Vélez Sarsfield argentino. Fueron dos mujeres que denunciaron violación y dos fallos posteriores que absolvieron a los señalados como violadores.
En el caso de Alves las inconsistencias en el testimonio de la víctima determinaron que las pruebas eran insuficientes para condenar. Y en el segundo caso, fue el análisis de las conversaciones telefónicas entre la denunciante y los imputados lo que reveló una relación consentida. Estemos de acuerdo o no, la justicia absolvió en ambos casos.
Será un juez, considerando las investigaciones, quien determinará si se cometió este grave delito. Mientras tanto, los tres jugadores no podían seguir más en el club.
Han sido separados indefinidamente y la entidad blanquiazul anunció que colaborará con las autoridades. Sin embargo, es justo preguntarse qué clase de ser humano viola sexualmente en manada.
El comportamiento colectivo en hechos violentos es muy estudiado desde la criminología en todo el mundo, a tal punto que indica, por parte del líder, la delegación de individualidad en el grupo para validar comportamientos. En este supuesto delito de violación, Zambrano sería el líder y los otros dos quienes reconocen su supremacía.
La brutalidad del acto, según los entendidos, tiene origen en experiencias infantiles de violencia o negligencia, entornos familiares disfuncionales, acoso escolar o aislamiento social en la adolescencia. Hechos comunes en las sociedades latinoamericanas.
Pero seamos honestos, no hay razón alguna para comportarse como bestias. La mezcla de factores psicológicos, sociales y situacionales no justifica de ninguna manera violar en manada.
El momento en Alianza Lima es de cuestionamientos. Los dirigentes deberían preguntarse qué clase de gente contrata para su plantel profesional. Debería preguntarse si el comando técnico actual ejerce un buen control post partido sobre el equipo. Y finalmente deberían llamar al “Pirata” Barcos para pedirle disculpas. El viejo goleador tenía razón. La manzana podrida estaba en el vestuario.