Este domingo 12 de abril millones de peruanos que, por lo general, no nos ponemos de acuerdo en muchas cosas, tendremos que hacer el ejercicio de lograr un consenso medianamente inteligente respecto a quiénes elegiremos para que administren nuestro país durante los próximos cinco años. Dicen quienes interpretan las encuestas que en lo que todos coincidimos es en que “el país necesita un cambio”.
Embebidos por la fiesta electoral, todos nos convertiremos en expertos en política, analizaremos la macroeconomía, hablaremos en la cola sobre temas geopolíticos a propósito de la guerra en el Medio Oriente, explicaremos la deuda externa sin saber aún cuánto estamos debiendo en nuestras tarjetas de crédito. Es decir, el espíritu electoral en su máxima expresión: todos opinando de lo que no sabemos.
Y es aquí donde quisiera hacerte algunas recomendaciones, porque votar no es ir a marcar un papel. Votar, para muchos, es únicamente un acto irresponsablemente emocional que puede terminar en rupturas familiares y amicales por el simple hecho de no pensar igual.
El primer paso para ir a votar con salud mental podría ser aceptar que no estamos emocionados. No vamos con ilusión. Vamos con una ligera mezcla de esperanza, desconfianza, cansancio y dos gotitas de trauma político acumulado. Entre gitanos no nos vamos a leer las manos; todos sabemos que votar en nuestro país no es elegir al mejor, es elegir al que te parece menos peligroso. Es como ir a la clínica y elegir un cirujano que no es necesariamente brillante, pero al menos no parece borracho a la hora de operar.
Probablemente la noche anterior a la votación revises la lista de candidatos, los memes en las redes sociales, las encuestas, las peleas en tus diferentes grupos de WhatsApp y, después de todo ese “análisis”, llegues a la siguiente conclusión: “No tengo idea de por quién votar”. Y aquí aparece la primera verdad de nuestro proceso electoral: la mayoría vota desinformada.
Antes de salir de tu casa vivirás el ritual de buscar tu DNI, confirmar tu local de votación, ver si hay multa porque te acabas de dar cuenta de que te tocó un colegio en la loma del Pepe, donde ya no vives desde hace diez años. En medio de este ajetreo aparece la pregunta: ¿por quién vas a votar? Y la respuesta será: “Todavía no sé”. Y aquí aparece una contradicción: para muchos el indeciso es ignorante, y no se están dando cuenta de que más que ignorante es honesto, porque en nuestro país los que están demasiado seguros en política no piensan demasiado.
Llegarás al centro de votación (colegio) como quien entra a rendir un examen: sin saber las respuestas, con poco tiempo y con la sospecha de que, marques lo que marques, te vas a equivocar.
La cola es el alma de la votación. Ahí estamos todos juntos y revueltos. Los que nos quejamos, los que comentan, los que preguntan, los que analizan, los que ya perdieron la fe. La cola es el Perú: paciencia, desorden, solidaridad, egoísmo, cansancio y humor. Y una vez que entres al aula, probablemente te invada una sensación infantil. Las carpetas, la pizarra, el olor a colegio. Volvemos a ser alumnos por unos cuantos minutos, solo que ahora el examen es sobre el futuro del Perú.
Recibirás la cédula, grande, confusa, llena de colorinches, caras y símbolos. Ese papel grandote representará nuestra esperanza, nuestra intuición, nuestro miedo. La cédula no mide nuestra inteligencia, sino nuestro estado emocional.
Una vez instalado en la cabina de votación o cámara secreta, no habrá influencers ni opinólogos. Ahí estás tú y tu decisión. La premisa es votar racionalmente y no caer en el miedo, la rabia, la “memoria” o la intuición. Toma tres respiraciones profundas antes de decidir. A lo mejor preguntarte si estás votando por algo o contra alguien te sirve. Porque hay dos tipos de voto: el de esperanza y el castigador.
Saliendo del aula sentirás alivio. Ya cumpliste, ya decidiste, ya participaste… ya hiciste tu parte. Y aquí creo que es necesaria la siguiente reflexión: “Votar no cambia el país, participar sí”.
En el camino aparecerá la típica conversación: “¿Por quién votaste?”.
—Prefiero no decirlo, el voto es secreto.
Esperarás los resultados, mirarás las encuestas en las redes sociales, opinarás, te angustiarás. En esta oportunidad las mesas de votación se cerrarán a las cinco de la tarde. Verás y escucharás el flash electoral a boca de urna. Alguien ganará, alguien perderá. Nadie ganará completamente.
El lunes todo seguirá igual: el tráfico, tu trabajo, las quejas. Y a lo mejor ya es momento de entender que el país no va a cambiar en las urnas, el país cambiará en la conducta diaria. Les estamos dejando toda la responsabilidad a los políticos y cada vez más nos estamos olvidando de hacer nuestra parte. Votar es un acto imperfecto, pero dice mucho de nosotros. Dice que aún creemos, dice que aún participamos, dice que aún no nos rendimos, y eso, para un país tan trajinado, ya es bastante.
Votar es un acto existencial donde no solo elegimos presidente: nos elegimos a nosotros, te eliges a ti. Es el reflejo de nuestras contradicciones, impaciencia, esperanza, desorden y, sobre todo, optimismo. Porque, si realmente no creyéramos en nada ni nadie, simplemente no iríamos. Nos quedaríamos bien panchos en nuestra casa viendo memes.
Sin embargo, aún nos mueve levantarnos, buscar nuestro DNI, hacer la cola, entrar a la cabina y elegir. Y aquí es cuando materializamos que todavía vale la pena intentar. Prefiero actuar antes que paralizarme; acepto que no lo sé todo, pero decido; no tengo el control total, pero participo.
El problema no es solo quiénes nos gobiernan, el problema es quiénes somos cuando nadie nos está viendo. Cuando rompemos la regla, cuando exigimos lo que no cumplimos, cuando pedimos honestidad, pero celebramos la pendejada. Votar es decir: no me rindo, no me desentiendo, no me quedo mirando.
La democracia no es elegir bien siempre; es más bien seguir eligiendo así nos hayamos equivocado y apostar por algo mejor. Cuando votamos, somos también parte de la solución.