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Ahora me encargo yo

"Aquí entra a tallar nuestro cerebro, que jamás buscará que seamos felices. Su chamba es exclusivamente mantenernos vivos". 

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Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
29/06/2026 - 07:00
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No me autosaboteo porque quiero fracasar. Me autosaboteo porque una parte de mí cree que el éxito puede ser más peligroso que el fracaso. Noto que desarrollo una serie de acciones, pensamientos y decisiones casi suicidas que tiran al tacho todo lo que conscientemente quiero conseguir.

Sé muy bien lo que necesito hacer. Puedo hacerlo, tengo los recursos, pero no lo hago o, peor aún, lo hago cuando ya es demasiado tarde. Comienzo con mucho entusiasmo y luego aflojo, abandono. Salida de caballo, parada de burro.

Mi mente dice: “Quiero crecer”, pero mi identidad me responde que, para crecer, necesito dejar de ser la persona que un día creí que debía ser para que me quisieran. Y es justamente ahí donde se pudre todo.

El autosabotaje, aunque sea destructivo, aunque arruine relaciones, aunque haga perder mucho dinero, aunque destruya un matrimonio, aunque parezca absurdo... tiene una “intención positiva” y busca protegerme de algunos de mis dolores.

Si me va bien... ¿seguirán queriéndome?... MIEDO AL RECHAZO. Si cambio... ¿quién se quedará conmigo?... MIEDO AL ABANDONO. Si me expongo... van a criticarme... MIEDO AL JUICIO. MIEDO AL ÉXITO, porque este trae responsabilidades, exigencia, expectativas y exposición. MIEDO AL FRACASO. Entonces, mejor nunca terminaré las cosas para que nadie pueda decir que fracasé. En mi familia nadie prosperó, nadie fue feliz en pareja, nadie estudió, nadie tuvo éxito... Hay sistemas familiares que castigan psicológicamente a quien rompe el patrón... LEALTADES FAMILIARES.

Detrás del autosabotaje hay una vocecita diciéndome: “Si hago esto... algo malo ocurrirá”. Y viene disfrazada de distintas maneras: procrastinación, llegar tarde, distracción constante, elegir parejas incompatibles, decir sí cuando quiero decir no, perfeccionismo, querer controlarlo todo, abandonar proyectos, cambiar de objetivos todo el tiempo, trabajar demasiado, no trabajar, enfermarme justo antes de un desafío, gastar todo el dinero cuando comienzo a ahorrar, dejar conversaciones importantes para después... Todas las anteriores tienen un mismo patrón cuyas señales he aprendido a registrar.

SIEMPRE OCURRE EN MOMENTOS IMPORTANTES, no en cualquier día. Justo cuando aparece una oportunidad, cuando llega dinero, cuando llega una relación o cuando llega el reconocimiento. SE REPITE, con actores y escenarios diferentes, pero el final es parecido. SIEMPRE LE ENCUENTRO UNA EXPLICACIÓN LÓGICA. Mi mente fabrica argumentos bastante “sólidos”, pero la verdad es que todos vienen del miedo. REGISTRO UNA SENSACIÓN CONOCIDA, como si ya lo hubiera vivido en algún momento.

El patrón tiene una estructura que hoy puedo reconocer: SUEÑO (deseo, meta)... ENTUSIASMO... COMPROMISO... APARECE EL MIEDO... COMIENZO A CONSTRUIR EXCUSAS... BUSCO DISTRACCIONES... ABANDONO LA TAREA... SIENTO CULPA... PROMETO EMPEZAR OTRA VEZ... ME ENTUSIASMO NUEVAMENTE... REPETICIÓN DEL CICLO.

El autosabotaje busca “proteger” una identidad con la cual me siento valioso; por ende, cualquier cambio profundo lo viviré como una amenaza. Funciona como el “guachimán” de una herida que ya cicatrizó. El problema es que no le he informado al “guachi” que hoy soy una persona distinta y, mientras eso no ocurra, su misión seguirá siendo cuidarme de ese mundo que en algún momento creí que era peligroso. Por eso, se planta frente a la puerta del cambio y no deja pasar lo nuevo.

Aquí entra a tallar nuestro cerebro, que jamás buscará que seamos felices. Su chamba es exclusivamente mantenernos vivos. Está enfocado en nuestra supervivencia y, para que así sea, necesita predictibilidad. Es decir, aborrece lo nuevo y adora lo conocido porque le parece más seguro.

Así lo conocido sea mediocre, así sea una relación tóxica, así sea un trabajo que odias o una autoestima por los suelos, nuestro cerebro dice: “Esto es lo que conozco y de aquí nadie nos mueve porque necesitamos sobrevivir”. Lo nuevo implica incertidumbre y esta activa sistemas de alarma. Es por eso que, cuando empiezo algo nuevo, me quiero morder los codos de la ansiedad. Y si me sale bien, peor. No porque piense que el éxito es malo, sino porque el éxito significa entrar en un territorio desconocido, una nueva dimensión.

El autosabotaje es aprendido; no nacemos con él instalado. Durante nuestra infancia, nuestro cerebro aprende una pregunta fundamental:

¿Qué necesito hacer para seguir siendo amado?

Y cada sistema familiar responde esa pregunta de manera diferente. Algunos desde la obediencia absoluta; otros cuando sacan buenas notas; otros cuando no hacen bulla; otros cuando cuidan emocionalmente a sus padres. Y así, con una larga lista de condicionamientos, comenzamos a construir nuestra identidad. Una identidad no necesariamente auténtica, sino más bien como la plastilina: moldeable, adaptativa. Pura estrategia de supervivencia.

De pronto crecemos, nos hacemos adultos y hay formas de ser que consideramos necesario cambiar. Es ahí cuando aparece la resistencia, porque el cambio se contradice con la identidad construida que nos ayudó a sobrevivir.

Aquí también es importante hablar del apego. Son nuestros primeros vínculos los que nos enseñan cómo funciona el amor. Si el amor fue estable, nos sentiremos seguros. Si el amor fue impredecible, distante, crítico o invasivo, aprenderemos que el amor se puede perder. Y es justamente ahí donde muchas de nuestras decisiones van alineadas a buscar protección en vez de crecimiento.

Hoy entiendo, con mucho esfuerzo, que hay una parte de mí que me limita para protegerme. De nada me sirve odiarla. Más bien, le agradezco por sus servicios prestados, pero sobre todo le hago saber que ya no estoy en ese lugar donde todo empezó. Ya no lucho con mis síntomas; más bien, los escucho.

El autosabotaje no es mi enemigo. Es un guardián antiguo que busca proteger al niñito que fui. Pero hoy soy un adulto. Soy un adulto con recursos, trabajando en mi consciencia y con la libertad de reescribir mi historia.

Sigo trabajando en mí para comprender que ya no necesito esconderme para ser amado ni achicarme para poder pertenecer y mucho menos renunciar a mis sueños para sentirme seguro.

El día que mi identidad deje de confundirse con mis heridas, el autosabotaje, ese guachimán empecinado en no dejar pasar a nada ni a nadie nuevo, habrá perdido su función.

Señor guachimán, ya puede ir a descansar. Gracias por sus cuidados. Ahora me encargo yo.

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