"Sin haberlo pedido, tuvo el triste privilegio de asistir a su propio entierro político, en directo y con una nitidez de escándalo, porque, bien visto, una cosa es contemplar la debacle en una pantalla promedio y otra es verla en 8k, a través de 33 millones de píxeles, donde más que una derrota electoral parece una burla infame del destino, y en altísima definición".