En México, el silencio periodístico es imposible de medir. Se alimenta de la precariedad laboral y de la desconfianza en los medios, y se profundiza con el miedo que se reactiva cada vez que un periodista es insultado, amenazado, judicializado o silenciado a balazos.
En su balance anual, Reporteros sin Fronteras advierte que 67 periodistas fueron asesinados desde diciembre de 2024. La organización denuncia impunidad, ataques deliberados y un deterioro global sin precedentes.
Frente a este escenario, el periodismo crítico no desaparece: se reorganiza y resiste desde múltiples territorios y generaciones, como documenta El oficio de resistir: periodismo, poder y violencia, libro de la politóloga Julieta Brambila, publicado por Editorial Siglo Veintiuno.
Reporteros sin Fronteras publicó su reporte anual y México figura como el segundo país de mayor riesgo para los periodistas. Es un panorama terrible. ¿Cómo lo ves?
—La situación de las y los periodistas en el país —sobre todo de aquellas y aquellos que tratan temas críticos, con cierta profundidad o que tocan asuntos sensibles— es crítica. Es un problema estructural. Lamentablemente no depende de un gobierno u otro, ni únicamente de dinámicas territoriales, aunque estas influyen. Está atravesada por múltiples limitaciones. Comenzaría por una de las más graves: la precariedad, las condiciones económicas en las que se ejerce el oficio. A ello se suman mutaciones constantes del periodismo, la devaluación de la noticia como vehículo para conocer la realidad y la crisis de los modelos de negocio. Los acosos, las violencias y, a veces, la discriminación atraviesan de manera especialmente punzante a las y los periodistas mexicanos.
Politóloga Julieta Brambila analiza la situación de los periodistas en México.
Gaza —un lugar de guerra— es el sitio más violento para la prensa. Y le sigue México.
—México sigue siendo uno de los lugares más riesgosos para ejercer ciertos tipos de periodismo. La nota roja o la cobertura cercana a hechos de crimen y violencia puede ser sumamente peligrosa en varias partes del país, no solo por crimen común sino por dinámicas criminales y territoriales complejas. También el periodismo de investigación sobre corrupción, ecocidios o grandes desarrollos industriales enfrenta riesgos.
Cuando se ejerce un periodismo basado en la imagen, como el documentalismo con una mirada crítica y profunda, existen peligros; lo mismo ocurre en el trabajo cotidiano de periodistas, fotógrafas y fotógrafos que cubren la vida nacional. No adoptaría un enfoque de balance anual de “mejora o empeora”; los datos muestran que, estructuralmente, la prensa crítica sigue siendo muy vulnerable.
El periodismo en México hoy es resistir, como señala el nombre de tu libro. También se han creado zonas de silencio, donde se ha dejado de informar para no morir. Tamaulipas es un ejemplo.
—En lugares como Tamaulipas, Michoacán o Zacatecas, la crisis de la noticia, la precariedad y la violencia han desplazado lo noticioso del centro de la conversación pública. Ese espacio lo ocupan el humor, las medias verdades y contenidos que no sirven a una ciudadanía que necesita información verificada.La “zona de silencio” no es ausencia total de información, sino ausencia de información verificada. El vacío se llena de rumores y contenidos muy consumidos en redes, con efectos inmediatos en la comunidad.
Resistir es parte de la vocación periodística en México.
Vemos un binomio constante: violencia–resistencia.
—Donde existe un poder que busca acallar, acosar o intimidar, aparecen formas diversas de resistencia. No hablo de una visión heroica; el libro propone una mirada sociológica. No todas y todos resisten igual. Quienes lo logran suelen tener experiencia profesional, apoyo decidido de medios —algo excepcional— y redes de apoyo: contactos periodísticos y aliados cívicos que sostienen historias complejas. En estas historias hay dolor y resignificación.
¿Cómo defines esta resistencia?
—Resistir es parte de la vocación periodística. Entrevisté a más de 80 periodistas durante varios años y el patrón fue claro: algunos cuentan con recursos —económicos, simbólicos y culturales— para sostenerse; otros han debido dejar el oficio, cambiar de rumbo o emigrar. El periodismo es un campo con múltiples interacciones; el libro pone esos elementos sobre la mesa para comprender la complejidad de las historias críticas.
¿El periodista está perdiendo relevancia frente a influencers y creadores de contenido?
—Las barreras de entrada al periodismo han cambiado. A inicios del siglo XX también se debatía quién era periodista. Hoy vemos creadoras y creadores de contenido, influencers y ciudadanos que denuncian asuntos de interés público. Esto complejiza la ecuación, sobre todo en contextos de violencia.
Organizaciones como Artículo 19 o el CPJ discuten quién es periodista cuando hay violencia generalizada. Al mismo tiempo, los riesgos aumentan cuando las fronteras del campo son porosas. Lo que no debe perderse es el método periodístico. Los valores del oficio se mantienen. Quienes resisten lo hacen porque creen en esos valores y en el método. Nadie debería expresarse con miedo, sea o no periodista.
LA PRENSA Y LA CUARTA TRANSFORMACIÓN
Un representante de Artículo 19 dijo que durante el gobierno de AMLO aumentaron los ataques a la prensa. Entiendo que eres servidora pública, pero debes tener una opinión.
—Mantengo una mirada analítica desde mi formación académica y separo claramente mis funciones públicas del trabajo académico. El libro ofrece una mirada estructural: más allá de quién gobierne, muchas agresiones se concentran en niveles municipales y estatales, donde las instituciones deben fortalecerse. Ahí está uno de los grandes desafíos.
Las Mañaneras —que continúan con Claudia Sheinbaum— han sido duramente criticadas. ¿Cómo las ves?
—En distintos contextos latinoamericanos, cuando un gobierno usa el espacio público como interlocución con la ciudadanía, se reconfigura la relación con los medios. Las conferencias matutinas son una figura poderosa: pese a las críticas, siguen siendo una oportunidad para cuestionar al poder cuando se pregunta. No es el único espacio; los grandes medios, los medios públicos y lo digital siguen moldeando la opinión pública. Es un ecosistema cambiante con oportunidades que el periodismo debe aprovechar.
¿Propaganda o rendición de cuentas?
—Está a mitad de camino. Es una plataforma central de comunicación gubernamental, pero también un espacio de intercambio con la prensa que antes era escaso y controlado. Eso también es parte de la realidad.
¿Qué debería cambiar en los próximos meses, considerando que periodistas han sido asesinados incluso bajo protección?
—Se requiere una mirada de largo aliento. El Mecanismo de Protección nació hace más de 15 años y debe seguir fortaleciéndose, especialmente su coordinación local.
La prensa también necesita una reflexión profunda que incluya a propietarios de medios: hay corresponsabilidad. Con frecuencia, cuando un periodista es agredido, quienes primero lo dejan solo son sus propios medios.
Las audiencias son clave. El respaldo social al periodismo crítico sigue siendo insuficiente. Todo apunta a fortalecer una estructura sólida de seguridad y derechos humanos.
¿La impunidad está en la base de esta violencia?
—Sí. Los crímenes persisten porque siguen siendo “baratos” en términos judiciales y de rendición de cuentas. La impunidad subyace a la violencia contra la prensa.
¿Crees que Claudia Sheinbaum gobierna con los medios en contra?
—No lo plantearía así. La relación entre gobierno y prensa es compleja en cualquier democracia. La prensa debe ser crítica; las tensiones son inherentes.
¿Llegaron todas con Claudia Sheinbaum? La politóloga responde.
Con Claudia Sheinbaum, ¿realmente llegaron todas?
—Llegamos más de las que estábamos, pero no todas. Persisten brechas profundas para muchas mujeres. Hay que cerrarlas.
Como mujer trans, ¿cómo sientes la evolución en inclusión y trato?
—Partí desde una posición de privilegios que muchas personas trans no tienen. Eso confirma que soy una excepción. Persisten enormes retos en salud mental, violencia, acceso al trabajo y derechos. Hay avances legales que reconocer, pero queda muchísimo por hacer. Quienes tenemos visibilidad debemos impulsar estas agendas y combatir estigmas y violencia contra la población LGBT+, especialmente trans.
DATOS
-El libro se construye a partir de 80 testimonios de periodistas de más de 15 entidades federativas, recogidos durante una década de investigación que inició como proyecto académico y evolucionó hacia una obra dirigida tanto a periodistas como al público general.
-Las entrevistas revelan historias crudas sobre violencia, precariedad y riesgos estructurales; el libro combina esta mirada coral y territorial con un análisis histórico de casi un siglo para mostrar que la violencia contra la prensa es una constante del oficio en México.
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