Perú21 conversa con Edgar Osuna a través de las ranuras de un gran muro. Él desde el lado mexicano de Nogales, en Sonora, mientras nosotros lo hacemos desde el lado estadounidense en Tucson, Arizona.
La alianza Escudo de las Américas reunió en Florida en marzo a cerca de la mitad de los países de América Latina y el Caribe, a invitación de Trump, aprovechando el marcado giro conservador de la región, encabezado por países como Argentina, Chile, El Salvador o Ecuador.
Entre los dos hay una barrera de nueve metros de alto de acero pintado color negro, una hilera de sensores y alambres de púas. Pero eso de momento no importa: nos une una conversación sobre tacos de cabeza en un puesto callejero instalado exactamente en el muro.
“¿Los conoces en Perú?”, pregunta Edgar. Le digo que no. Él sonríe y dice que me estoy perdiendo de mucho. Nogales es pequeño, dice, pero se vive bien. Hay mucho comercio. La comida es buena. Y este muro, el mismo que hoy nos separa, es parte de la cotidianeidad de quienes hacen su vida en esa zona de la frontera entre Estados Unidos y México.
“Este muro antes se lo brincaban. Nosotros les llamamos los ‘hombres araña’. Lo trepaban y se lo brincaban. Hoy no, ya es más difícil”, dice sin dejar de masticar.
Tiene razón. Lo que está frente a nosotros es más que solo una gran barrera que divide dos países. Es todo un sistema que ha reforzado el actual mandato de Donald Trump para la lucha contra el tráfico de drogas, la trata de personas y el crimen organizado.
El Sector Tucson de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos es, por su dimensión, el mayor de los nueve que operan a lo largo de la frontera suroeste con México. Su área de responsabilidad cubre 90,000 millas cuadradas —aproximadamente 234,000 kilómetros cuadrados— y 261 millas, unos 421 kilómetros de línea fronteriza.
Es en ese terreno arenoso, quebrado, con temperaturas que en verano alcanzan los 45 grados Celsius, donde los agentes buscan personas que emprenden un camino para cruzar la frontera de manera irregular y terminan perdidas en alguna parte del desierto.
Construir un kilómetro de barrera fronteriza puede tomar entre seis y ocho meses de obra.
El sector cuenta con 3,200 agentes. De ellos, 270 tienen formación médica avanzada —paramédicos o técnicos en emergencias médicas—. El resto tiene instrucción básica de primeros auxilios. No es un dato menor: históricamente, este sector del desierto del suroeste registra el mayor número de muertes de migrantes en toda la frontera con México.
Más que un muro
Lo que la gente llama “el muro” es, en términos operacionales, un sistema de tres componentes que los agentes del sector denominan “smart wall”. Primero, la barrera física: bolardos de acero de nueve metros de altura —tres pisos— separados por espacio suficiente para ver el otro lado, pero no para pasar el cuerpo. Segundo, una red vial construida en paralelo a la barrera, que permite a los agentes responder rápidamente a cualquier punto. Y tercero, tecnología de vigilancia: torres de cámaras con alcance de hasta 16 kilómetros, sensores sísmicos enterrados en el suelo que detectan pisadas, y unidades móviles de cámara que se despliegan donde se registra mayor actividad. A eso se suman drones de reconocimiento para zonas de acceso difícil.
“Cuando el muro se levantó, no se trató solo el muro. También se obtuvo una carretera, tecnología y cámaras de vigilancia. Es más seguro para patrullar, más fácil llegar donde se necesita y más rápido para responder”, explicaron a Perú21 agentes de la Patrulla Fronteriza del sector.
Solo en el Sector Tucson hay 229 millas de barrera fronteriza instalada. Las 31 millas restantes de su perímetro están cubiertas por barreras naturales: cordones montañosos donde construir es técnicamente inviable por el momento, según señalaron. En esas zonas, se combinan patrullas a caballo —más que efectivas en terreno quebrado y nocturno—, motocicletas de todo terreno y unidades de bicicleta en los sectores urbanos como el centro de Nogales.
Ojo. Los túneles y drenajes son las rutas principales que muchos usan para ingresar de manera irregular a Estados Unidos. La línea amarilla es la frontera con México.
Los checkpoints internos completan el esquema. Cada estación del sector opera al menos un retén sobre las carreteras que conectan la frontera con el interior del país. Dicen tener una lógica de embudo: quien logre evadir la barrera de manera irregular y caminar varios días hasta alcanzar una carretera enfrenta aún un punto de control con unidades caninas entrenadas para detectar personas y narcóticos.
Personas que viven en la zona mexicana de Nogales aseguran que justo el tramo donde hablo con Edgar fue, durante la administración del expresidente Joe Biden, uno de los puntos más activos del sector. La construcción del muro quedó inconclusa en esos años y el área permaneció abierta, lo cual significó un ingreso masivo de migrantes.
“Había cientos, a veces hasta miles de personas al día que venían, cruzaban de manera irregular y se entregaban a la Patrulla Fronteriza”, cuenta a este diario Jesús Basavilbaso, supervisor con 17 años en el Sector Tucson. “Apenas estaban entrando a los Estados Unidos. No habían caminado todavía. Quienes no se entregaban podían caminar entre 30, 40, hasta 60 kilómetros hasta la siguiente carretera o población”.
Una frontera más segura
Basavilbaso nació en México. Hoy porta uniforme verde del Gobierno de Estados Unidos. Cuando se le pregunta por el estado actual de la frontera, no duda: “En los 17 años que llevo como agente, nunca había visto que la frontera estuviera tan segura como hoy”, dijo en entrevista con Perú21.
La reducción del cruce irregular es el argumento central. Los cárteles de droga que hasta hace poco movían personas en volumen ya no hacen, en sus palabras, “el dinero que estaban haciendo a manos llenas hace dos o tres años”. Pero el negocio no desapareció, sino que se contrajo y se reconfiguró.
El precio del cruce irregular varía según la nacionalidad del migrante. Desde México, puede costar desde 3,000 dólares. Desde China, hasta 20,000. “Todo depende de qué país sea el ciudadano que quiere entrar a Estados Unidos”, dice Basavilbaso. La diferencia refleja la distancia, la complejidad logística y el nivel de desesperación —o de recursos— de quien paga.
Con mentiras. Los cárteles cobran hasta 20,000 dólares por cruzar a ciudadanos asiáticos. “Ellos traen a las personas engañadas, diciéndoles que van a poder quedarse, pero la realidad es otra”, advierte Basavilbaso a Perú21.
En los años de mayor flujo, el sector procesó personas de países que los propios agentes no conocían. Basavilbaso recuerda una oleada desde Mauritania, un país del África occidental. “Yo nunca había escuchado de ese país. Pero llegaban, y de muchos otros así, de todas partes del mundo”.
Las drogas siguen cruzando, pero por otra vía. “La mayoría la estamos viendo en las áreas de inspección, en los retenes”, señala el supervisor. Las sustancias más frecuentes que incautan: fentanilo, cocaína y heroína.
Las redes de reclutamiento también migraron. Los agentes del sector documentan el uso de Facebook Marketplace e Instagram para captar a jóvenes locales, muchas veces menores de edad, o personas sin empleo, con ofertas de hasta 5,000 dólares por viaje para transportar migrantes desde la frontera hacia el interior.
Lo cierto es que el muro no detiene a las miles de personas que cruzan legalmente entre Nogales, Sonora y Nogales, Arizona.
Con visa de turista, con residencia permanente o permiso de trabajo; Edgar Osuna menciona que lo hace con regularidad. “Con visa pasas como si nada. La espera en la línea es de una a dos horas. Del lado mexicano están los dentistas que atienden a pacientes con seguro médico estadounidense, porque es más barato. Del lado americano, tiendas y servicios que los nogalenses de Sonora visitan sin mayor trámite”.
“¿Y qué pasa ahora con los ‘hombres araña’?”, le pregunto. “La tienen muy muy difícil”, responde Edgar. Luego se ríe y agrega que en Nogales se vive tranquilo, que hay libertad. Que allí todos son amigos siempre y cuando haya cerveza.