Uno de los aspirantes a primer ministro en el próximo gobierno de Fuerza Popular es Luis Galarreta, el actual vicepresidente electo. De asumir el cargo, Galarreta sería la primera persona con discapacidad en tener tamaña responsabilidad. Un detalle no menor en el Perú, un país tan hostil hacia los discapacitados.
En sus inicios en la política, Galarreta contó que su madre consumió talidomida, un medicamento que décadas atrás se recetaba para aliviar las náuseas en mujeres gestantes. Con el tiempo, estudios clínicos demostraron que el fármaco provocaba graves malformaciones congénitas en miles de casos alrededor del mundo. A los tres meses de vida, los médicos recomendaron la amputación de ambas manos.
Una historia de superación que explica la postura provida del político. Sintomáticamente, solo los medios extranjeros hablan de su condición. Su discapacidad no ha sido lo suficientemente politizada, más allá de promover algunas leyes desde el Congreso.
¿Por qué Javier Diez Canseco es visto como un luchador por los derechos de los discapacitados y no Luis Galarreta? Una pregunta análoga aplica para la representación femenina y afroperuana del fujimorismo, salvo el pionero trabajo de Martha Moyano en el Museo Nacional Afroperuano. ¿Por qué la senadora electa Susana Matute es percibida como una activista afroperuana y no la actual parlamentaria Rosangella Barbarán? El fujimorismo siempre ha rechazado el discurso victimista y el activismo oenegero en temas de minorías, pero al hacerlo le dejó la cancha libre a la izquierda en comisiones, ministerios e instituciones clave para instaurar políticas de acción afirmativa. Y fue así como perdió esa narrativa política.