Keiko Fujimori perdió el debate del domingo. A pesar de su participación en cuatro segundas vueltas frente a perfiles tan variados como un exmilitar, un banquero y un profesor de Chota, la candidata mostró una alarmante falta de reflejos ante los ataques y mentiras que, con total desparpajo, soltó Roberto Sánchez. Quienes defienden su desempeño argumentan que hizo bien en priorizar las propuestas sobre la confrontación. Sin embargo, en el tablero político el silencio otorga, y Fujimori dejó pasar oportunidades de oro para desarmar por completo la narrativa del congresista.
La candidata bien pudo recordarle al electorado que Sánchez fue ministro cuando Pedro Castillo entregó el indignante cheque falso a niños con cáncer, o evidenciar su doble moral al mostrar cómo, mientras él firmaba compromisos públicos en Lima, su equipo pactaba bajo la mesa con mineros informales en Arequipa. Asimismo, desaprovechó la ocasión para recriminarle sus constantes y casi diarios cambios de plan de gobierno; una irresponsable improvisación que se agrava drásticamente si consideramos el inminente fenómeno de El Niño.
Aunque en términos técnicos y objetivos Keiko haya estado bien, para el fujimorismo ganar a secas no es suficiente. Frente a un bolsón de indecisos con tendencia antifujimorista y antiestablishment, no basta con hacerlo bien, sino que se requiere lucirse y desnudar la precariedad del oponente.
A pocos días de acudir a las urnas, los peruanos enfrentamos una decisión crucial. Los errores del fujimorismo son innegables, pero no minimizan la destrucción institucional que el castillismo ejecutó en apenas 16 meses y que hoy pretende retornar al poder. Ante la amenaza de un fenómeno de El Niño devastador y el riesgo latente de desastres naturales, la simpatía personal pasa a un segundo plano; lo que urge es capacidad de gestión estatal. Sánchez representa la improvisación de los planes a último minuto, mientras que Fujimori, con todos sus pasivos, ofrece una estructura superior para gobernar. Es momento de votar con madurez, desterrando odios que solo terminarán pasándonos la factura a nosotros mismos.