El nombre de Rafael de la Puente Benavides quizá le diga poco, a no ser que lo recuerde por su seudónimo, Martín Adán, que tampoco le dirá mucho, salvo que aprecie su poesía. Poeta difícil, surrealista, irónico, es uno de los fundadores de la poesía peruana, junto a Vallejo, Eguren y Oquendo. Su prosa es más conocida. La casa de cartón es un conjunto de relatos que llegan a formar una historia, sin personajes ni argumento. Pero vale la pena, es un buen retrato de Barranco cuando era balneario, con sus tranvías, sus gentes, sus costumbres y la arquitectura de sus palacetes. La primera edición (1928) fue apadrinada por Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui. Pues bien, ese poeta tan complejo nos regaló el análisis político más simple. Era octubre de 1948 y el general Manuel Odría había dado un golpe de Estado contra el presidente José Luis Bustamante y Rivero. “Hemos regresado a la normalidad”, comentó.
Tenía razón. Hacemos cuentas de que llevamos ocho presidentes en diez años. Pero si miramos nuestra historia, veremos que siempre ha sido así. Fundada la república, en los primeros 24 años tuvimos 53 jefes de gobierno, uno cada cinco meses y medio. Si contamos hasta el presente, hemos tenido 144, un año y medio por cabeza. Lo regular es que nuestros presidentes no acaben su mandato. Antes era a la bruta, con golpes de Estado; ahora es más sutil, mediante vacancias o censuras, siguiendo protocolos constitucionales, interpretados al gusto del poder de turno. Entonces, la volatilidad presidencial, que en cualquier otro lugar civilizado sería una crisis enorme, para nosotros es lo de costumbre. Históricamente, se explicaba por la ambición del líder que llegaba, a la mala, para servirse del poder o, a la buena, para llenar algún vacío. Pero esta vez pareciera ser distinta la cosa. Los especialistas analizan que estamos mudando de modelo constitucional, donde el poder se ha desplazado del Ejecutivo al Congreso. El presidente inicial seguirá siendo elegido por voto popular, pero su suerte queda finalmente en manos del Congreso, que puede vacarlo y sustituirlo. Sin embargo, en esos modelos, la continuidad del gobierno descansa en una burocracia relativamente estable, que nosotros no tenemos, porque la volatilidad presidencial arrastra a ministros, jefes de gabinete, directores generales y superintendentes. Un dato: los ministros duran apenas seis meses (Videnza Consultores). En tan poco tiempo nadie puede hacer una gestión pública eficiente ni, mucho menos, hacer planes para el largo plazo. Otro dato: tampoco gobierna el Congreso, no solo por la mala calidad técnica de los grupos que lo integran, sino porque no es un órgano de ejecución sino de deliberación. Para peor, cuando se ha metido a gobernar ha dispuesto gasto público (que lo tiene prohibido por la Constitución) y ha despilfarrado ingresos fiscales mediante leyes populistas para contentar al pueblo.
Entonces, ¿quién gobierna? Pareciera que nadie. Pero no es así; un desgobierno de tanto tiempo no puede ser casual, debe haber alguien que se aprovecha y que lo está provocando. ¿Quién? Tenemos al crimen puro y duro, son los nuevos terroristas, cuyas mafias controlan territorios para la extorsión y la esclavitud; están las empresas mercantilistas, que viven de estafar al Estado mediante licitaciones públicas amañadas; y, por último, la minería informal, la tala ilegal de bosques y el narcotráfico. Cada uno de ellos, a su modo, necesita del desgobierno porque prospera por la debilidad del Estado. Se estima que la corrupción le cuesta al país 4.9% del PBI (incluye ineficiencia en el gasto público) y se deja de recaudar tributos por 11.4% del PBI (incluye exoneraciones ineficientes). Sumados dan 16.3%, casi tanto como el total de ingresos fiscales, estimado en 18.8% del PBI. Es una guerra donde nos matan seis peruanos por día, capturan territorios donde ya no hay comisarías ni agencias fiscales, y saquean un equivalente al 86.7% del total de los ingresos fiscales. Como en toda guerra, recuperar un buen gobierno no es un problema de estética política, es una condición de sobrevivencia. Las guerras se pierden cuando se especulan intereses y se discuten cojudeces. Las guerras se ganan cuando la sociedad sale al frente.