Las casi mil páginas de la novela El principio del mundo, de Jeremías Gamboa, son casi de lectura obligatoria para asomarse a entender una parte del Perú. Permiten interiorizar cuán brutal es el proceso de migración de una mujer joven desde la ruralidad de un pueblo en Ayacucho a la ferocidad de una Lima informal y descarnada. Y, luego del cruce de espacio y tiempo que implica esa transición, la de adaptarse al trabajo de empleada doméstica, con la sorpresa e incertidumbre cotidiana de entender una forma desconocida de vivir, e irla asumiendo de a pocos en un entorno donde el maltrato y acoso son frecuentes y el racismo una constante que permea todos los estratos sociales. Encontrar a un empleador amable es la única salida que se busca a tientas en una urbe agresora.
No solo implica aprender un idioma desconocido, sino callar la lengua materna para evitar más discriminación. Esta última oración puede ser válida para cualquier migrante, no importa de qué idiomas hablemos. Rara vez nos ponemos a pensar que le ocurrió a un sinnúmero de compatriotas que solo sabían quechua y tuvieron que aprender español como sea.
Las vivencias y relatos son una herramienta mucho más potente que cualquier diagnóstico socioeconómico para ponerse en los zapatos de quienes han vivido la migración interna. Aunque cualquier historia se trate de un caso no representativo en términos estadísticos, los condicionantes de las historias de esa enorme cantidad de migrantes serranos probablemente son similares, por lo que aplican a una gran mayoría de casos.
Toda buena historia refleja el viaje íntimo que se forja por las situaciones y conflictos que les ocurren a los protagonistas. La narración de Gamboa describe, en un lenguaje que es a la vez tierno y desolador, esos procesos de interpretación del entorno —muchas veces hostil—, las reflexiones y lecciones tomadas de lo vivido y la determinación de hacia dónde ir. Podemos comprender lo que vive y siente el protagonista, su madre, sus amigos, su maestra de primaria.
Lo que les ocurre a los personajes muestra en carne viva cuán ausente está el Estado en un Perú rural extremadamente machista; el descuido de la escuela pública en primaria y la casi estafa que termina siendo la secundaria pública, incluso en Lima.
Si uno sigue algunas cifras e información sobre los desafíos que Perú tiene para un mayor desarrollo, va encontrando en la novela la narración concreta de algunas cifras: 70% de los colegios públicos no tienen servicios básicos. En esa mayoría de colegios las necesidades de los alumnos se convierten en una tortura, a veces aprovechada como herramienta de disciplina brutal. Podría seguir con ejemplos, pero no quiero espoilear a potenciales lectores.
Si bien la migración a Lima es traumática en el proceso de pasar de un país y época a otro en pocos días, es también una oportunidad de integración futura, si uno toma la responsabilidad de entender esa complejidad. La novela desarrolla el caso atípico de una familia que se autoexige estándares muy altos, obligando a la pregunta de cómo se multiplica la excepción para volverla semirregla.
En cada elección vuelve a preocupar cómo votará el sur andino del Perú, que tuvo voto identitario en la última elección. ¿Cómo ven los peruanos que viven en ese Perú atrasado a los focos modernos de desarrollo? ¿Tienen envidia, rabia, deseo de emular e incorporarse? ¿Cómo interpretan y a quién le echan la culpa de no ser parte del Perú moderno? ¿Hubo despecho debajo del voto identitario? ¿Cómo ha evolucionado? La desconfianza generalizada que sufre el Perú es incompatible con un seguimiento informado de la cadena de escándalos que son hoy las noticias políticas. Posiblemente, primen la desazón, desconexión y reafirmación de lo que ya se cree. No conozco un buen estudio de esa visión, con tal vez distintas versiones. Sería extremadamente útil.
En estas elecciones se juega mucho el Perú. En política económica, recuperar tasas de crecimiento que sí permitan reducir pobreza. Pero en lo institucional hay extremos que predican institucionalidad, pero practican lo opuesto.
PD: ¿Habrán entendido los partidos que era granja y no franja? Condorito haría flip-plops.