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Reconocer los miedos del otro

“En una elección ya polarizada, atacar puede ser gasolina. Reconocer temores del otro puede parecer agua tibia, pero sirve para apagar incendios”. 

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kf
Fecha actualización:
16/05/2026 - 09:32
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Para variar, la segunda vuelta nos pone de vuelta y media. Los dos candidatos con mayor antivoto, esta vez sin siquiera representar al 30% de los votos válidos, nos obligan al 70% restante a la guerra de los dos cucos. La candidatura que para unos es el mal menor asusta a otros, y viceversa. La tentación, tan humana como inútil, es decirle al otro que exagera, o que no es posible que no entienda que nuestro miedo es mucho más relevante.  

Pedí a la inteligencia artificial un resumen sobre qué dice la investigación académica sobre si es útil atacar al otro bando en contextos políticos polarizados. Su respuesta: sirve para ordenar la tropa propia, pero rara vez persuade a quien duda o ya desconfía. Ya en 2007 Lau, Sigelman y Rovner, realizaron un metaanálisis sobre campañas negativas, encontrando que la publicidad negativa usualmente no sirve para ganar votos, aunque sí puede ser más memorable y aumentar algo el conocimiento de campaña. En resumen, el ataque se fija en la memoria, pero no cambia la convicción del atacado.  

En sociedades polarizadas, además, la información llega con camiseta puesta. Nyhan y Reifler mostraron en 2010 que incluso corregir información puede no reducir percepciones equivocadas entre grupos ideológicamente opuestos, e incluso genera agravarlas en algunos casos. La evidencia posterior ha matizado este último aspecto, pero no ha eliminado el problema central: cuando una persona siente que atacan a “los suyos”, evalúa menos la afirmación y más la intención del atacante. No escucha un argumento; escucha una amenaza al grupo al que siente que pertenece y que forma parte de su identidad.  

La negatividad funciona, a veces, para movilizar adeptos. La polarización afectiva —no solo discrepar del otro, sino rechazarlo emocionalmente— puede aumentar la participación electoral. Garzia y Ferreira da Silva encontraron en 2024, en 87 elecciones de 13 democracias parlamentarias, una asociación positiva entre sentimientos polarizados y participación. Pero hay que mirar el costo: se convoca no a construir consensos, sino a impedir que “ellos” ganen. Eso puede generar más conflictos postelectorales.  

La evidencia comparada también advierte sobre ese costo. Martin y Nai encontraron en 2024, estudiando 16 países y 17 elecciones, que la campaña negativa entre partidos se asocia con mayor polarización afectiva, especialmente cuando el partido de uno ataca o es atacado. Kim y Kim, en 2019, mostraron que la incivilidad en comentarios políticos en Facebook aumentaba emociones negativas y polarización de actitudes. No sorprende. Si el debate se convierte en una competencia de desprecio, cada bando termina entrenando al otro para no escucharse.

Criticar propuestas, antecedentes, incumplimientos o riesgos es indispensable, pero transmitir que todos los que apoyan al rival son ignorantes, corruptos, resentidos, o cualquier otra etiqueta puede ser contraproducente. Haselmayer, en su revisión de 2019 sobre campañas negativas, subraya que no toda negatividad es igual. Una cosa es señalar un riesgo; otra, convertir al votante ajeno en parte del riesgo.

Si el bando que considero el mal menor genera temores razonables en otros, no ayuda negarlos. Reconocer esos temores no equivale a adoptarlos. Significa admitir que el otro tiene motivos para tenerlos. La frase políticamente adulta es “entiendo por qué eso te preocupa; mi desacuerdo está en cuál riesgo es más grave, más probable o menos reversible”.

La literatura sobre moral reframing va en esa dirección. Feinberg y Willer mostraron en 2015 que los argumentos persuaden más cuando se formulan en valores que la audiencia que piensa distinto reconoce como propios. Si alguien teme desorden, no sirve responderle solo con igualdad. Si teme autoritarismo, no sirve hablarle solo de eficiencia. Hay que tomar en serio el valor que está defendiendo y discutir qué opción lo protege mejor.

La empatía que sirve es con el grupo que piensa distinto. Simas, Clifford y Kirkland advirtieron en 2020 que la empatía dentro del grupo puede llevar a más integración con los propios y más sesgo contra los otros. La empatía útil es cruzada, incómoda, sin aplauso de nuestra tribu.  

En una elección ya polarizada, atacar puede ser gasolina. Reconocer temores del otro puede parecer agua tibia, pero sirve para apagar incendios.