Una vez más, nuestro mapa electoral revela un país fracturado. Nuevamente, el sur se volcó hacia la opción más radical. La visión capitalina es que votaron como un acto de protesta, arraigada en la pobreza y en el deseo de cambiar el sistema. Pero esta lectura ya quedó chata.
Nuestra sierra no es un monolito. Para empezar, es gigante. De Cerro de Pasco a Juliaca hay la misma distancia que de Londres a Roma. Es cierto que muchas zonas andinas siguen abandonadas, pero no se puede generalizar.
Algunas ciudades no dejan de crecer. Claro ejemplo: Puno. Un reporte del BCR de enero 2026 detalla que, en un año, la minería creció 29%, la pesca 48% y la manufactura 14%. El turismo bajó, pero casi sin impacto en las cifras generales, indicando claramente la nueva dirección puneña.
Los números desmienten la narrativa de la sierra como un lugar sin dinamismo, sin agencia propia y también desnudan esa visión condescendiente del voto de los pobres. Puno está boyante, aunque su particular boom viene amarrado al florecimiento de economías ilegales: minería, comercio y el control de una de las fronteras más porosas de Sudamérica, Desaguadero.
Bajo este lente, el voto por Sánchez no es necesariamente uno de protesta, sino uno por mantener intereses y el statu quo: crecimiento desenfrenado mientras la economía puneña se desconecta de Lima y se arraiga en la informalidad.
Para muchos, electoralmente hablando, Puno es una plaza perdida, un lugar donde todo ya está decidido, mejor es invertir tiempo y recursos en otros lugares. Pero esto alimenta el círculo vicioso: una sierra cada vez más desconectada. Pues Puno, como cualquier otro lugar, tiene problemas en común con el resto del país.
La inseguridad ha explotado, la tasa de homicidios es más alta que la de La Libertad. Esto fue evidente para mí en una reciente visita a Juliaca, tanto por las conversaciones que mencionaban asaltos o asesinatos por oro o droga, o por los letreros que se veían en zonas residenciales: “Prohibido el ingreso de delincuentes, PENA DE MASACRE, Vecinos Organizados”.
Además, la contaminación de la minería, tan teórica para muchos en ciudades como Lima o Arequipa, es una triste y tangible realidad en Puno: ríos que nacen ya envenenados por el relave ilegal.
Con más de un millón de habitantes votando en bloque, por Castillo y ahora por Sánchez, no es descabellado afirmar que la Presidencia la definen los puneños. O se inicia un diálogo serio y real con la sierra o la damos por pérdida. Si me consideran exagerado, veamos lo que viene ocurriendo, cruzando el lago (Titicaca) en Bolivia. Cuando una población ve la economía formal y el Estado como algo ajeno, las reformas pasan de complicadas a imposibles.