PUBLICIDAD

No soy el papá perfecto

"El error nuestro es creer que criar es solamente acompañar el crecimiento de nuestros hijos… FALSO. Criar es, además, trabajar en mí para luego poder poner eso en mis hijos".
Imagen
Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
18/05/2026 - 07:00
Escucha esta nota

En esta época en que hay montones de libros sobre crianza, abundan los pódcasts sobre inteligencia emocional, y levantamos la tapa del water y aparecen terapeutas hablando de vínculos, es decir, estamos frente a una generación de padres “informados”. Sin embargo, nunca hubo tantos niños ansiosos, tantos adolescentes deprimidos, tantos padres destruidos emocionalmente y tanta desconexión a pesar de habitar el mismo techo.

Algo no está funcionando y, quién sabe, quizá no tenga que ver con la falta de información, sino más bien con el ejercicio de mirarnos a nosotros mismos, con la introspección. ¿Quiénes somos nosotros cuando estamos siendo padres?

¿Quién soy yo cuando mi hija adolescente tira la puerta de su cuarto? ¿Quién soy yo cuando nadie me obedece?

Tenemos muy a la mano las típicas quejas entre padres de adolescentes: “Mi hijo me saca de quicio”, “mi hija me vuelve loco”, “ya no sé qué hacer”…

¿Y si decidimos asumir primero que nosotros somos los adultos del clan y, segundo, nuestro rol de acompañamiento a esos seres humanos que son nuestros hijos? Lo primero que debería aparecer es la responsabilidad del adulto que puede gestionar lo que siente, lo que lo invade emocionalmente frente a tal o cual hecho o situación.

Porque atribuirle a un hijo la creación de nuestro caos emocional es sumamente irresponsable. Más bien, lo que está ocurriendo es que nuestro propio caos emocional está siendo expuesto.

El regalo de nuestros hijos es justamente ese: venir a mostrarnos lo que nos está faltando resolver, trabajar en nuestro universo. Por ende, lo que hace un niño es mostrarte todo lo que llevas escondido, años y años debajo de la alfombra, y que ya es hora de trabajarlo.

Nuestra impaciencia, nuestra falta de control, nuestro miedo al rechazo, nuestra incapacidad de tolerar la frustración, nuestra obsesión por la perfección, nuestra ansiedad… Todos nuestros caramelos expuestos.

Y es por eso que criar duele tanto, porque nos obliga a enfrentarnos a esa oscuridad que hasta ese momento no habíamos revisado.

El error nuestro es creer que criar es solamente acompañar el crecimiento de nuestros hijos… FALSO. Criar es, además, trabajar en mí para luego poder poner eso en mis hijos.

Nuestros hijos no aprenden por lo que les decimos. El ser humano no aprende por lo que le dicen. Los seres humanos aprendemos por lo que vemos en nuestro entorno; aprendemos por modelaje.

Cada acto nuestro va modelando su conducta.

Si te pasas el día entero diciéndole a tus hijos que “no griten”, pero lo que ven es que tú explotas cada vez que te frustras y gritas a diestra y siniestra…, tu “no griten” se desactiva en el acto. Más bien, lo que aprenderán es a encabronarse cada vez que algo los sobrepase.

Los hijos no escuchan discursos. Los hijos son esponjas que absorben emociones, energía emocional.

Nos matamos todo el día deseando que nuestros hijos sean sanos emocionalmente, cuando somos nosotros los primeros que necesitamos sanar.

Hay familias enteras heredándoles a sus hijos miedo, culpa, vergüenza, exigencia, violencia, silencio y abandono emocional. Y lo más peligroso es que todo lo anterior es endosado desde el disfraz del “amor”.

“Te lo digo por tu bien”, “así me criaron a mí”, “eso me hizo fuerte”…

NO. ESO NO TE HIZO FUERTE.

Eso te hizo incapaz de llorar, incapaz de pedir ayuda, incapaz de hablar de lo que sientes, incapaz de conectar.

Estamos obsesionados con ser los “padres perfectos”. Vivimos obsesionados con no equivocarnos criando, y estamos cayendo en la trampa de hablar perfecto, jamás gritar, decir a todo que sí, ser impecables, regularlo todo.

¿Cuál es el resultado de todo lo anterior?

CULPA. AGOTAMIENTO.

Porque sentimos que fracasamos todo el día, todos los días.

Nuestros hijos no nos necesitan perfectos. Nuestros hijos nos necesitan conscientes.

Y ser consciente no necesariamente significa ser impecable. Ser consciente significa PRESENTE.

Ser consciente significa ser capaz de decir:

“Me equivoqué”.

“Perdón”.

“Eso que hice no tenía que ver contigo”.

“Eso que hice tuvo que ver conmigo”.

“Estoy aprendiendo”.

Porque lo más sanador para un hijo es tener un padre humano.

Necesitamos cambiar la mirada frente a nuestros hijos, es decir, dejar de mirarlos como propiedad.

Amar a nuestros hijos tal y como son, no como nosotros quisiéramos que fueran.

Enamórate de tu hijo tal cual es y deja de idealizarlo: que si es deportista, que si es brillante, que si es exitoso, que si es perfecto, que si va a estudiar lo mismo que yo, que si va a continuar con el negocio familiar.

En todo lo anterior lo que hay es una tragedia silenciosa.

Nuestros hijos comenzarán a sentir que son valiosos cuando son quienes nosotros queremos que sean, no cuando son quienes realmente son.

Sin tanto trabalenguas: tu hijo siente que debe actuar un personaje para merecer amor.

Todo para no decepcionar.

Todo para pertenecer.

“Si yo soy yo mismo, dejo de ser amado”.

¿Estamos criando seres humanos o currículums humanos?

La obsesión por el futuro está destruyendo el presente.

Niños sobrepasados de actividades, sin tiempo para aburrirse, sin tiempo para imaginar, sin tiempo para ser niños.

El aburrimiento es el mejor regalo que le podemos dar a un hijo, porque es ahí cuando aparecen la creatividad, la introspección, la autonomía y el pensamiento propio.

Pero como nosotros somos especialistas en el horror al vacío, los llenamos de pantallas, ruido, actividades… estimulación pura y dura constantemente.

Y después, cuando ya están adolescentes, nos preguntamos por qué hay tantos chicos que no resisten quedarse solos consigo mismos.

Resolverles los problemas a tus hijos, hacerles las tareas, hablar con sus profesores para que les den una oportunidad más, justificar sus conductas, evitarles ratos incómodos, llenarlos de placeres todo el tiempo… Todo esto es ABANDONO EMOCIONAL.

Tenemos miedo a que sufran, miedo a que fracasen, miedo a sentirnos malos padres, y lo que está ocurriendo es realmente peligroso: estamos criando seres sin ningún recurso emocional propio.

La fortaleza emocional no aparece evitando la incomodidad. La fortaleza aparece cuando la atraviesas.

Nuestros hijos necesitan perder, frustrarse, caerse, esperar, equivocarse, sentir tristeza, tolerar el rechazo.

La sobreprotección extrema no prepara para la vida; más bien, los prepara para la dependencia emocional.

EL DRAMA DE ESTOS TIEMPOS ES QUE PADRES EMOCIONALMENTE ANALFABETOS ESTÁN CRIANDO HIJOS EMOCIONALMENTE SENSIBLES.

NO PRETENDAMOS FABRICAR HIJOS IMPECABLES.

CREEMOS ESPACIOS DONDE NUESTROS HIJOS PUEDAN CONVERTIRSE EN SÍ MISMOS, SIN MIEDO A DEJAR DE SER AMADOS.

TAGS RELACIONADOS