Hay un embotellamiento de tráfico terrible. Para estirar las piernas, la gente sale de los autos. Superan el mal rato, se conocen, se cuentan historias, se hacen amigos y comparten bocadillos recién hechos con las compras del mercado. Parece una fiesta. Hasta brota la pena cuando se destraba el atracón. Las gentes se despiden, regresan a los autos, arrancan los motores y las dos vías de la pista avanzan lentamente por igual. Sin embargo, llega el momento en que una avanza más que la otra. Es entonces que la frustración renace en los que van en la vía lenta, se amargan y maldicen. Paradoja: mientras todos estaban igual de mal, estancados en una situación adversa, pudieron hacer una fiesta; en cambio, cuando la situación se alivió y todos estaban mejor, unos protestaron porque no estaban tan bien como otros. Moraleja: el estado de ánimo no es absoluto, no depende de si estamos mejor o peor que antes; es relativo, depende de si estamos mejor o peor que otros.
Eso pasó en Chile. En esta parte del mundo, Uruguay es la sociedad con mayor índice de desarrollo humano. Se entiende, es una sociedad chica y relativamente homogénea que vive de exportar celulosa, carne, fútbol y servicios financieros, acogiendo las fortunas que huyen de las turbulencias políticas en Brasil y Argentina. Le sigue Chile, ejemplo de crecimiento económico, promovido por inversiones privadas, aseguradas por el desarrollo de sus instituciones. Pero el aumento del pasaje del metro prendió la pradera: “No son treinta pesos, son treinta años”, “hasta que la dignidad se haga costumbre”. Esos fueron los lemas de protestas que paralizaron Santiago, destruyeron edificios públicos y promovieron vandalismo. Murieron treinta y ocho (2019). Un chileno en promedio tiene el doble que un peruano, tiene mejores servicios públicos y su Estado funciona. ¿Por qué protesta? Porque, a pesar de estar mejor que muchos, sentían que otros chilenos tenían muchísimo más y que esa desigualdad hería su dignidad. Son sentimientos, pero en política pesan más que índices y ratios.
Para la izquierda, que lideraba las protestas, la causa era la Constitución liberal de Pinochet; decían que era hija de la dictadura (1980). Ignoraban que había sido reformada en democracia, con la participación de la misma izquierda, precisamente para eliminar los enclaves de Pinochet (2005). Pero la protesta necesitaba una enemiga y esa fue la Constitución. El pacto político fue modificarla (78% a favor en 2020). Hubo una primera asamblea, controlada por la izquierda, cuya propuesta fue rechazada (66% en 2022); y una segunda, controlada por la derecha, cuya propuesta también fue rechazada (55% en 2023). ¿Qué pasó? Dos factores: (a) la gente entendió que sus problemas no se solucionaban con cambios constitucionales, sino con políticas públicas; y, (b) el grupo que controlaba la asamblea impuso sus ideas en lugar de buscar consenso y, en eso, pecaron por igual izquierda y derecha.
La victoria electoral de Kast en Chile no ha sido una victoria de la derecha sobre la izquierda, porque no hubo confrontación de ideas en el proceso electoral. Tampoco ha sido el péndulo de la política, que tras un gobierno de izquierda (Boric) debería seguir uno de derecha (Kast), porque el margen de victoria ha sido abrumador (16 puntos porcentuales, el mayor de la historia reciente de Chile). Más parece una doble sanción contra la izquierda, que controló la Constituyente y el Ejecutivo con Boric, y fracasaron en la gestión. Aprendamos de esas lecciones, porque aquí en Perú llevamos años de mala gestión pública, engolosinados con las buenas cifras macro, sin mirar desigualdades enormes que hieren y producirán violencia. Están dormidas porque la minería ilegal produce bonanza popular, pero estallará cuando la bonanza acabe. El riesgo de estas elecciones es ofrecer medidas populistas que generan la ilusión de alivio, pero que será peor cuando se descubra que no funcionan. Ese engaño alimentará más frustración y violencia. A futuro, la inseguridad, que es nuestra mayor preocupación, no vendrá solo de las bandas criminales; podría venir también de nosotros si no buscamos consensos y creamos políticas públicas eficaces. Pasó en Chile, puede pasar en Perú. Seremos responsables si ocurre.