Miguel Hernández, durante la guerra civil española (1936-1939), fue comisario político, encargado de supervisar que todos estén alineados con las ideas y planes del partido comunista y de castigar a los disidentes. Era razón suficiente para que lo fusilaran los que habían ganado la guerra. No fue necesario, se venía muriendo a plazos por las terribles condiciones carcelarias. Lo remató una tuberculosis mal curada (1942). Su mayor dolor fue cuando su esposa, Josefina, le escribió que su hijo solo tenía pan y cebollas para comer. Desgarrado, porque no podía aliviar el hambre de su familia, en lugar de estallar de rabia, produce uno de sus poemas más bellos: “Nanas de la cebolla”, una canción de cuna para su hijo, que transforma la cebolla amarga en un alimento dulce y le pide que no se derrumbe. Hernández vence su sufrimiento para escribir un canto de esperanza (1939), Joan Manuel Serrat pondría música a sus poemas (1972).
Hablando de prisiones, en este Perú tenemos aún heridas abiertas por los muertos en la lucha contra el terrorismo, por las protestas sociales y por los conflictos con la minería ilegal. Enjuiciados los casos, cada parte políticamente interesada capturó el sistema para sabotear la justicia. El Estado boicoteó los procesos para evitar sanciones contra los policías y militares: el caso Cabitos (Belaunde 1984) demoró 41 años, el caso Cayara (García 1988) demoró 36 y el caso Pativilca (Fujimori 1992) demoró 32; la demora buscaba la prescripción de los delitos o que los culpables no fuesen a la cárcel por tener más de 80 años. Pero la oposición hizo lo mismo: en el caso Bagua (García 2009), fueron absueltos todos los dirigentes procesados por el asesinato de 23 policías; y, en el caso Chavín de Huántar (Fujimori 1997), a los comandos, héroes por el rescate de rehenes, se les procesó durante 13 años. Entonces, cuando se reclama la autonomía de jueces y fiscales, hay que exigir que tanto el Estado como la oposición saquen sus manos. Ese debería ser un primer paso.
Pero luego, tratándose de los verdaderos asesinos, estamos frente a un dilema. Si favorecemos a policías y militares, no estaremos dando justicia a las víctimas; si los metemos en prisión, después no les podremos exigir que nos defiendan de peligros. Esa es la tragedia de los dilemas, siempre hay alguien que pierde. Para estos casos, se privilegia la paz y la reconciliación, en algún punto intermedio entre la justicia pura y la gobernabilidad. La izquierda tuvo esa oportunidad en 2001, se restauraba la democracia con Toledo, tenía superioridad moral contra la corrupción del gobierno de Fujimori y el informe de la Comisión de la Verdad había hecho un buen análisis de los años del terrorismo. Pero no buscó la reconciliación, sino vengarse de Fujimori, estirando las figuras penales, para sentenciarlo por pruebas indiciarias y condenarlo por asesinatos de lesa humanidad, para que nunca fuese indultado, salvo para que muera a domicilio.
Los casos judiciales del terrorismo están llegado a su final y habrá que resolver el dilema de si se da justicia o se amnistía a militares y policías; los 50 muertos en Juliaca esperan su tiempo para que se juzgue a Dina Boluarte, y se acumulan los muertos por los conflictos mineros. No son muertos de Keiko, pero ella los cargará políticamente según se resuelva, porque el dolor continúa en hijos y nietos. Quizá sea el asunto más difícil que afronte el nuevo gobierno. Para irlo resolviendo habrá que dejar de escuchar a los halcones, para oír otras voces discrepantes, capaces de cuestionarnos éticamente, hasta dar con alguna solución. Hubert Lanssiers, recoleto, capellán de prisiones, hizo una pastoral para liberar a personas injustamente condenadas por terrorismo. Fujimori tuvo la virtud de escucharlo e indultó a muchas de ellas (1996). Keiko ha sufrido prisión y salió de ella sin amarguras; debiera estar, como su padre, dispuesta a oír a otro Lanssiers. Será nuestra última oportunidad para reconciliarnos y evitar que los rencores regresen con más violencia. Será responsabilidad de todos aprender a curar las heridas, a comer cebollas amargas imaginando que son dulces, para no derrumbarnos, para amanecer con esperanza, para empezar a ser mejores.