Esta semana, Keiko Fujimori va a ser proclamada por el JNE presidenta del Perú por los próximos cinco años. Esto es inexorable y lo que corresponde a todo demócrata es primero aceptar los resultados electorales, reconocer la investidura presidencial y respetarla.
Dicho esto, su proclamación tampoco exime una investigación seria sobre las irregularidades del proceso electoral; no puede quedar en el aire una sospecha documentada sobre la modificación de la digitalización de las actas de votación que vienen del extranjero y que, además, se haya hecho con una simple medida administrativa de la ONPE a días de la segunda vuelta.
Si Keiko Fujimori quiere enviar un mensaje potente de reconciliación al país, tiene que hacerlo con gestos y esto pasa por ordenar a su esbirro que tiene en el Congreso para que deje de festinar con el presupuesto público del Parlamento. Aunque sea por cuidar las apariencias, debería exigirle que deje de fregar al país con sus leyes de impunidad y, sobre todo, que deje de perseguir a los operadores de justicia porque, si no, Keiko estaría preparando un camino escabroso para su juramentación.
Repito lo que expresé esta semana en una entrevista en Willax: Keiko necesita tender puentes y buscar la aceptación de ese otro 50% del país que no votó por ella y, no solo eso, que no la quiere, rechaza su elección y no va a aceptar su proclamación. En consecuencia, tiene que tener gestos políticos que le ayuden a construir legitimidad porque, por más que haya ganado las elecciones, tiene un serio problema de legitimidad, lo que pone en riesgo la gobernabilidad.
A mí me preocupa la conflictividad social que podría generarse si Keiko y el cogollo fujimorista siguen haciendo de las suyas en este mes de julio y, peor aún, cuando sean gobierno. Con los antecedentes que tienen, sería la peor estrategia para su próximo gobierno, porque esto encendería rápidamente la pradera y el Perú no puede seguir sobreviviendo en medio de una nueva crisis política.
Agudizar las contradicciones es una tesis marxista-leninista-maoísta que ha originado grandes problemas en la historia; aplicarla en un futuro gobierno fujimorista sería una bestialidad. Keiko Fujimori tiene la oportunidad de reconciliar al país, buscar el diálogo y los consensos mínimos para encaminar el desarrollo; así suene a utopía, es la única alternativa que veo para el futuro gobierno. Ahora, si quiere repetir las prácticas de su padre, a quien le gustaba “agudizar las contradicciones”, nos llevaría inexorablemente a un baño de sangre que las y los peruanos no queremos.