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Pequeñas f(r)icciones: Esperando a Cerrón

"Esta semana, el Tribunal Constitucional dejó sin efecto la orden de prisión preventiva que pesaba sobre Cerrón. Apenas escuché la noticia sentí un ánimo inexplicable. Por alguna razón, tan vergonzosa noticia me generó un enorme interés: ¿Cómo habían tomado la noticia mis amigos del restaurante?".

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esperando a cerron yuri
Columna por Yuri Rodríguez. (Foto: Composición P21)
Fecha actualización:
25/07/2026 - 07:05
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En una no tan conocida calle, de un bastante conocido distrito limeño, existe un restaurante poco conocido, pero de una atención y comida exquisitas. Acudo a ese lugar con cierta frecuencia, tanto que ya los mozos y el administrador me conocen. No soy un sibarita, pero algunas de mis preferencias culinarias pueden calificarse de muy exigentes. Otras, sin embargo, son absolutamente pedestres. Me gusta sentarme en la mesa que está pegada al ventanal. Lo que me llamó la atención desde la primera vez que fui, hace como tres años, fue la mesa del centro, con capacidad para cuatro personas cómodamente sentadas. No era distinta a las demás, pero resaltaba porque siempre estaba sobre ella un pequeño aviso que indicaba: reservada. Y, cuando, algún comensal, por distraído o porque el local ya estaba lleno, se acercaba a ella, el mozo se apresuraba a darle el encuentro y avisarle, de la manera más cortés posible, que lo sentía, pero —le señalaba el aviso— aquella mesa estaba reservada. Lo desconcertante, para mí y para cualquier otro cliente asiduo, era que pasaba el tiempo y la mesa seguía así, reservada.

Antes de preguntar, me vino a la mente una serie de posibles explicaciones. Primero, pensé que se trataba de una mesa especial para el dueño, quizá algo relacionado con alguna pérdida familiar, con algún episodio amoroso, quizá era un homenaje a alguien, o quizá no era que estuviera reservada, sino que esa reserva era, en realidad, la manera menos dramática que tenía el dueño de decir que nadie, nunca jamás, iba a volver a ocupar ese espacio. También conjeturé que quizá el dueño había ideado eso solo para crear una suerte de misterio, de hecho curioso que llame la atención de la clientela. Pero, ¿y si todo era pura casualidad? Quizá simplemente mis visitas se habían dado justo cuando alguien reservaba la mesa y luego, por distintas razones, no aparecía.

Resolví averiguar la verdad, o al menos, la versión oficial del restaurante. Ese día, antes de pedir la carta, como para que no quede duda de mi pregunta y como para no darle tiempo a inventar, le pregunté al mozo directamente: ¿por qué esa mesa siempre está reservada y nunca nadie se sentaba ahí? Su respuesta me dejó todavía más confundido y abrió, a su vez, un abanico de hipótesis, una más absurda y entreverada que la otra. “Esta mesa está reservada para el señor Vladimir Cerrón”. “Pero Cerrón está prófugo”, le dije, “es buscado por la policía”. “La verdad, señor, es que la reserva la hizo justo horas antes de que ordenaran su captura”, me respondió. “Eso puede ser, pero, ¿cómo se les ocurre que va a aparecer aquí de un momento a otro?”. El mozo se encogió de hombros, se inclinó levemente hacia mí y habló en voz baja, casi subterránea: “Es cosa del dueño”.

A partir de entonces iba al restaurante motivado, desde luego, como siempre, por el tema culinario, pero también para comprobar hasta dónde llegaba el absurdo. Los días, las semanas, los meses iban pasando y la mesa reservada seguía ahí, intacta. En cierta ocasión, me acerqué a hablar con el administrador. Mi intención era conocer más detalles de tan desconcertante medida, pero no obtuve nada distinto a lo que ya me había dicho el mozo, que, en buena cuenta, no era nada.

Tiempo después, no sé por qué, el asunto ya no solo me intrigaba, ya hasta me molestaba. ¿De qué se trata esto de reservar la mesa para un prófugo de la justicia? ¿Quién era el dueño? ¿Qué relación tan cercana podría tener con Cerrón? Hice la tarea. Guardé el comprobante de pago, luego investigué la razón social y terminé obteniendo el nombre del representante legal. Esa unión de nombre y apellido no me decía nada. Por más que quise saber más, por más que pedí ayuda a algunos amigos más sabuesos que yo, llegué a un punto muerto. Fue la misma semana en la que en los medios estalló la noticia del famoso vehículo presidencial, de la sospechosa visita de la entonces presidenta Dina Boluarte y de la conjetura bastante sensata en torno a un encuentro secreto entre Boluarte y Cerrón. ¿Habrían renovado el acuerdo: una haciendo lo posible para no buscar al prófugo y el otro callando lo que sabía de los enjuagues financieros de los Dinámicos del Centro?

Algunas noches después, fui a cenar. La mesa, como era de esperar, seguía vacía y con ese cartelito insultante de: reservada. Lo que debería reservarse es el derecho de admisión, pensé yo y, luego no solo lo pensé, se lo dije al mozo. Sin embargo, me arrepentí en el acto: el mozo solo hacía su trabajo. Direccioné entonces la frase y la molestia al administrador. Otra vez me arrepentí. Con todo, el administrador también era solo un trabajador. Sin embargo, ello no impidió que, utilizando la lógica del sentido común, le preguntara cuál era el límite, cuál era la fecha máxima de espera, cuál era la verdad detrás de toda esa farsa. El administrador, después de un silencio temeroso, se limitó a señalar hacia arriba. ¿Qué era eso? ¿De quién estaba hablando o de qué? ¿De Dios, del destino? ¿De las altas esferas? ¿De las manos que mecen la cuna?

Esta semana, el Tribunal Constitucional dejó sin efecto la orden de prisión preventiva que pesaba sobre Cerrón. Apenas escuché la noticia sentí un ánimo inexplicable. Por alguna razón, tan vergonzosa noticia me generó un enorme interés: ¿Cómo habían tomado la noticia mis amigos del restaurante? Llegué, me senté en la misma mesa junto al ventanal, y, como si fuera un día más, pedí la carta ya por pura costumbre (a estas alturas, ya me la he memorizado). Nadie me dijo nada, pero, cuando vi los cambios que le habían hecho a la mesa reservada, comprendí que no era necesario. Aquella transformación lo decía todo. El mantel era notoriamente nuevo. El cartelito que descansaba sobre la mesa era otro, más grande, más claro, de mejor material y las letras más gordas, más altas, más nítidas.

La próxima semana volveré y, quizá, hasta lo haga diariamente. No puedo concebir que, después de haber estado tan pendiente de la extraña historia de la mesa reservada, me pierda el momento en que Cerrón entre por la puerta y se siente, al fin, en esa suerte de espacio de culto que le han guardado. ¿Qué le diré, entonces? ¿Me acercaré, le diré: a mí no me engañes, dime cuál es la verdad sobre los Dinámicos del Centro? ¿Le pediré que confiese, que diga lo que todos ya saben, que desde el poder lo han protegido y su búsqueda ha sido inexistente? Pero, sobre todo, ¿le demandaré que me explique por qué en ese lugar lo han esperado con tanta paciencia y devoción? No sé. Quizá lo único que consiga es que me veten del lugar y, valgan verdades, ahí se come muy bien y la atención es más que buena. Entonces, ¿vale la pena arriesgar eso por Cerrón? Tengo mis reservas.


El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!

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