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La entrenadora de mi vida

“En la vida hay dos tipos de personas que aparecerán: los maestros y los entrenadores. Ambos te transforman, ambos son incómodos, ambos necesitan usar el rigor, ambos te cambiarán…”.

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La entrenadora de mi vida
"A veces quien te rompe, quien te quiebra, te está enseñando y después también te puede abrazar para seguir enseñándote".
Fecha actualización:
23/03/2026 - 13:48
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En la vida hay dos tipos de personas que aparecerán: los maestros y los entrenadores. Ambos te transforman, ambos son incómodos, ambos necesitan usar el rigor, ambos te cambiarán… Es necesario entender que no toda persona es maestro y que esa persona que te exige no es necesariamente tu enemigo.

A veces quien te rompe, quien te quiebra, te está enseñando y después también te puede abrazar para seguir enseñándote. El maestro expande tu conciencia, el entrenador expande tu capacidad. El primero te muestra, te quita el velo; el segundo te empuja a ir por ello, te estira. Mientras que uno ilumina, el otro fortalece. Ambos son necesarios, pero duelen distinto.

Tú eres la entrenadora de mi vida, la gran entrenadora, la entrenadora mayor, la que no vino a explicarme cómo funciona la existencia. Tú viniste directamente a hacerme fuerte para atravesarla. Y te he odiado unas cuantas veces porque has sido y sigues siendo incómoda. No eres suave, no consuelas, directamente exiges. Eres difícil, desafiante, complicada… Nunca explicaste nada, siempre fuiste directo a ponerme a prueba.

¿Para qué te mandó la vida a mi vida? Ahora entiendo que no fue para castigarme, sino para expandirme. El syllabus contenía los siguientes cursos: resiliencia, paciencia, tolerancia a la frustración, disciplina, capacidad para sostener la tensión, madurez emocional, límites, fortaleza interna. Me has enseñado a sostener.

Todo el tiempo poniéndome en ese lugar donde la única opción era confiar en mí, obligándome a poner límites, haciéndome perder algo para luego ir por ello, metiéndome en la selva. Eres inevitable en mi vida, así como los demás inevitables: la traición, el rechazo, la pérdida, la frustración, el conflicto… Todos inevitables, todos escapando a mi control, todos necesarios para entrenarme.

A veces pensé que eras villana. Menos mal que me fui dando cuenta de que mi mayor crecimiento venía de ti. No tiene por qué ser necesariamente cómodo, necesita ser transformador. Me has construido. ¿Cómo? Rompiendo mis estructuras, elevando mis estándares, obligándome a usar mi potencial, porque es necesario madurar.

Tú me exiges, me confrontas, me sacas de mi zona cómoda, me obligas a crecer. Yo quería que me abrazaras más, pero no era necesariamente tu rol. Tú viniste a fortalecerme, a desarrollar mi musculatura emocional.

Era tu rol colocarme en situaciones donde la única opción era convertirme en alguien distinto, porque de otra manera no las iba a poder sostener. Ahora entiendo cuánto amor. Elegiste, tal vez quién sabe, el más incomprendido de los papeles. Ese que recién se devela al final de la película y pasa de villano a héroe.

Nunca discutiste ideas conmigo, directamente trabajaste sobre mis miedos, mis impulsos, mis reacciones. No esperaste a que estuviera listo, simplemente presionabas hasta que lo estuviera. Nunca me pudiste hablar sobre la paciencia, más bien me llevaste siempre a la impaciencia, esa que todo lo destruye. No me explicaste qué son los límites, de frente me arrinconaste hasta que los necesité usar. No me hablaste de resiliencia, me tiraste a la adversidad para poder atravesarla. Todo lo anterior muy necesario para desarrollar mi temple.

Has trabajado y aun ahora que ya te estás apagando sigues trabajando ahí, en el borde, en el límite de mi incomodidad. Me llevas a decisiones complejas, conversaciones difíciles, emociones intensas, incertidumbre, frustración. Y ya entendí que no es porque me quieras ver sufrir, sino porque es justamente ahí, en el borde, donde el crecimiento ocurre. No me has dejado escapar, nunca hubo margen para las justificaciones porque, si no, no había cambio. Siempre me obligaste a hacerme cargo.

Cuando lograba adaptarme, subías automáticamente el estándar, duplicabas la apuesta, ampliabas el desafío todo el tiempo. Contigo siempre hay un siguiente nivel.

Y ahora parece ser que es el momento de decir: tarea cumplida. Unos últimos ajustes a la incomodidad y ya estás lista para partir. Creo que estás siendo generosa dándome un tiempo extra como para poder asentar el entrenamiento, revisar cada punto del syllabus y hacer el último check in para poder continuar con mi destino.

¿Tu mejor regalo en mi vida? Hacerme fuerte, autónomo. Mientras me entrenabas no podía agradecértelo. Paradojas de la vida, hoy lo entiendo. El entrenamiento duele mientras está ocurriendo, pero después te fortalece. Y ahora que comienzo a mirar para atrás entiendo que no fue castigo, fue evolución.

Me pasé muchos años sintiendo y pensando: qué injusta que es la vida conmigo, ¿por qué una mamá tan difícil, tan incómoda, tan desafiante?… Y poquito a poco, con el tiempo, fui descubriendo algo profundo: que muchas de las cosas que hoy me sostienen me las enseñaste tú. No siempre con palabras, no siempre con suavidad, pero sí con presencia. Cuando me exigías me entrenabas, cuando me ponías frente a las consecuencias me entrenabas, cuando no resolvías lo que yo necesitaba aprender me entrenabas.

De niño no entendía muchas de esas cosas, de adolescente las odiaba todas. Hoy, con la perspectiva que regalan los años, ya puedo ver que estabas preparándome. Preparándome para la vida, para las caídas, para las decisiones difíciles, para sostener mis miedos, para hacerme cargo de quien soy.

Gracias por no sobreprotegerme, gracias por no hacerme creer que el mundo era fácil, gracias por enseñarme que la dignidad aparece cada vez que nos levantamos.

Reconozco que mucho de lo que me define, mi forma de afrontar, la manera en que insisto, quién soy cuando sostengo, mi voluntad de seguir, la fuerza para aun en tensión continuar, todo eso nació de tu entrenamiento silencioso, constante. Hoy, desde el adulto que soy, puedo reconocer que me diste estructura, carácter y una forma de pararme en el mundo.

Estoy un poco molesto conmigo…

¡Cómo no me pude dar cuenta antes!

 

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