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En el nombre de la madre

"La sabiduría de las madres está más allá del debate político de ahora; interesa poco que unos se alíen para votar contra el otro, no creen en las promesas de tantas frustraciones...".

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
10/05/2026 - 07:05
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Cuando la palabra valía algo, un apretón de manos era suficiente. Las obligaciones se cumplían sin tanta vaina. Luego, para más solemnidad, se le agregaba un juramento. Nuestros ministros, por ejemplo, juran por Dios y por la patria. No juran obedecer la Constitución y las leyes, ni se comprometen a trabajar por algo, ni a hacerlo con responsabilidad y eficiencia, sino que juran desempeñar el cargo leal y fielmente, según lo dispone la fórmula de la liturgia política. Curiosa obediencia al que manda. El tiempo y las miserias humanas deterioraron ese compromiso. Pero hay otros juramentos que brotan de lo más profundo. Cuentan que los torturados, cuando ya no pueden más del dolor, casi desmayados de cansancio, sin siquiera poder inventar lo que los verdugos quieren oír; en ese momento, gimen bajito que no saben más, por su madrecita. No hay otro argumento que valga; jurar en nombre de la madre es el último recurso. Es que, cuando la muerte está encima, cuando parece que todo termina, uno regresa al comienzo, al refugio de la madre. Ella, por proteger a sus crías, es capaz de todos los sacrificios y eso le da una sabiduría emocional que no tiene comparación. Es esa inteligencia la que buscamos, sin saberlo, porque viene disfrazada de amor.

Le cuento una historia. Eran las elecciones de 1962. Mi madre era miembro de mesa en un colegio a un par de cuadras de la quinta donde vivíamos en Breña. Acompañé a mi padre a recogerla por la tarde. “¿Quién quieres que gane?”, le pregunté de regreso a casa. “¡Ay hijito!”, me contestó, “yo solo quiero que funcionen los semáforos”. Hacía unos días que estaban malogrados y, aunque el tráfico no era lo que es ahora, resultaba difícil cruzar la Alfonso Ugarte o la Arica por la plaza Bolognesi. Ella, como buena trujillana, era aprista. De niño, intercaladas con las fábulas de Esopo, me contaba las revueltas del partido en 1932 y 1948, los asesinatos de sus mártires, la cárcel o el destierro de sus dirigentes, cómo habían tenido que pasar a la clandestinidad y cómo, después de muchos sacrificios, el partido volvía a ser legal a punto de ganar la presidencia. Tenía sus ideas políticas, pero dejó que yo tuviese las mías cuando crecí. Dejó que aprendiese de los golpes de Estado de 1962 contra Haya de la Torre y de 1968 contra Belaunde, de las desgracias de las expropiaciones de Velasco, del terrorismo y de la hiperinflación y, más recientemente, del fracaso de la democracia. Incluso cuando me tocó ser ministro no recuerdo ningún consejo, solo sus bendiciones para que me fuese bien. Desde esa lejana tarde de 1962, en los siguientes sesenta años que me acompañó, nunca hablaría de política. No hizo falta; toda su sabiduría la había concentrado en ese pedido, que funcionasen los semáforos.

Las madres son las heroínas de lo cotidiano. En los años setenta, migrantes, sin ayuda, domesticaron arenales, construyeron sus primeras casas con palos, esteras y banderas de esperanza, hasta convertirlos en los distritos pujantes que son ahora. En los años ochenta, analfabetas, sin experiencia, en pobreza extrema, levantaron la empresa de logística más eficiente que se haya visto: los comedores populares, que salvaron del hambre a miles y fueron una trinchera contra Sendero. Seguro que son mujeres con fuertes convicciones políticas, nacidas precisamente de esas batallas diarias, pero, si les preguntamos quién quieren que sea el próximo presidente, como mi madre, nos responderían que solo quieren que el país funcione. Es un pedido urgente y con mucho dolor, porque, habiendo plata, no hay educación de calidad, ni atención médica oportuna, ni medicinas, ni seguridad, ni transporte público, y las obras del Estado están paralizadas. La sabiduría de las madres está más allá del debate político de ahora; interesa poco que unos se alíen para votar contra el otro, no creen en las promesas de tantas frustraciones y no les escandaliza tanto trapo sucio que le sacan a cada candidato. Preocupa, más bien, que de una vez se nombren profesionales capaces en puntos clave de la administración, con liderazgo, apoyo político y presupuesto suficiente. Como quien dice, más Velardes. Debiera haber un acuerdo nacional para que el país funcione, gane quien gane, por las madres, en su día.

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