A los 14 años decidí estudiar Psicología. Desde niño sentí que había pocas cosas tan dolorosas como el sufrimiento mental. Intuía también que había una demanda encubierta (en esos tiempos la gente no iba tanto al psicólogo como ahora) y percibí que la salud mental estaba como excluida de la salud. Estudié Psicología con felicidad y temor (me decían que me iba a “morir de hambre”). Amé la carrera. Pero cuando terminé, a los 24 años, la cosa se puso fea.
Me he sentido muy identificado con los jóvenes que no la están pasando bien. Las últimas dos semanas se ha publicado el Informe global 2025 de salud mental y claramente la calle está dura, especialmente para los jóvenes veinteañeros.
Las cosas han cambiado mucho en los últimos 25 años. Tuve la suerte de tener barrio, parque y calle; no crecí con pantallas ni con alimentos ultraprocesados, ni con redes sociales, pero coincidentemente sufrí en mis veinte lo que el informe concluye ahora que están sufriendo los jóvenes: desempleo (o poco empleo), angustia, vacío existencial, ansiedad, etcétera.
A los 24 terminé mi carrera, en el quinto superior; había ido a un buen colegio, cumplí bastante bien con mis deberes y, sin embargo..., no tenía chamba. Mis hermanos y mis amigos, todos, tenían trabajo. Yo estaba más misio que el Chavo del 8.
Tomé conciencia de cuánto había subido el costo de vida, lo difícil que era tener una casa, hijos. Me deprimí. Entré en una crisis existencial. Pensé que quizá me había equivocado de carrera y que los que me trataron de disuadir tenían razón. Mi padre había muerto un par de años antes y no estaba ahí para aconsejarme, aún estaba en duelo por él. Pude caer en todas las cosas que el informe nos dice ahora: adicción, ideación suicida, vacío existencial. Pero tuve suerte; pude acceder a la psicoterapia, al deporte, al estudio, y tenía buenas personas a mi lado.
En esos meses justo salió una película que me marcó: En busca de la felicidad, de Will Smith con su hijo de la vida real. La película muestra la dureza del mundo de hoy, sobre todo para los que empiezan, y el valor de la resiliencia, la lucha y la actitud.
Como decía Viktor Frankl: el sufrimiento es inevitable, pero la actitud que adoptamos frente a él es la que nos puede dar el “sentido” en nuestra vida…
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