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El voto de la tragedia

"Las elecciones no van a resolver mucho, gane quien gane. La escena política es solo una locación, los políticos son un reflejo de lo que somos”. 

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
05/04/2026 - 07:05
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Llegó el tiempo en que los griegos se hartaron de sus dioses y pusieron a la gente en el centro de las historias. Les cuento dos. En la primera, Edipo, siguiendo la profecía del oráculo, mató a su padre y se casó con su madre, sin saberlo. Cuando lo supo, se sacó los ojos y huyó de la ciudad con su hija Antígona como lazarillo. Dos de sus hijos heredan el reino, alternándose un año Eteocles y otro Polinices, pero el primero no quiso dejar el poder y el segundo, aliado con enemigos, le hizo la guerra. Murieron los dos. Creonte, el nuevo rey, ordena funerales para el primero y castiga por traidor al segundo. El cadáver de Polinices queda tirado en el campo bajo pena de muerte a quien lo sepulte. Antígona reclama, desobedece, lo entierra y Creonte la condena. El pueblo protesta, Creonte la indulta, pero llega tarde: Antígona se ha suicidado en su celda. En la segunda historia, Agamenón, comandante de los griegos en la guerra de Troya, sacrifica a su hija Ifigenia para que la diosa Artemisa les dé buen viento. Su esposa, Clitemnestra, no se lo perdona y lo asesina a su regreso, en complicidad con su amante Egisto. Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, venga la muerte de su padre y mata a su madre y a su amante. Luego es procesado, para la ley nada justifica matar a una madre; en defensa, argumenta que se lo había ordenado el oráculo y que le debía obediencia. Hay empate en el jurado, la diosa Atenea, que lo preside, dirime y lo declara inocente: no había matado a su madre, sino a la asesina de Agamenón.

En las tragedias griegas (Sófocles, Esquilo y Eurípides) padres e hijos se matan unos a otros en una espiral sangrienta de venganzas. Era la antigua ley de la reciprocidad (Hammurabi): ojo por ojo, diente por diente. Sin embargo, marcan un corte histórico tremendo. Antígona se rebela y entierra el cadáver de su hermano, porque la ley civil no puede contradecir la ley divina. Orestes va más allá; luego de matar a Egisto, duda en matar a su madre y cuestiona la ley divina: “¿Qué clase de dios te dice que mates a tu madre?”. Sometidos a juicio, Antígona (tardíamente) y Orestes son redimidos. Por primera vez los mortales se rebelan contra las leyes autoritarias exigiendo que sean sobre todo legítimas (ha nacido la democracia) y sus actos son juzgados por un jurado (ha nacido la justicia autónoma del poder). Nosotros, en cambio, no tenemos Antígonas ni Orestes, no cuestionamos las leyes, simplemente las incumplimos, sean legítimas o no, sin que la justicia sentencie si actuamos bien o mal, y no pasa nada. La desgracia empezó en los años ochenta, cuando convertimos a los emprendedores en los héroes contra la crisis económica. Lo celebramos como si se tratara de una epopeya, pero estábamos fundando una cultura que incumple la ley y desprecia al Estado. Se hizo costumbre violar las normas de tránsito, las laborales, las tributarias, las de libre comercio, las de buen gobierno. Nos hicimos metástasis: del incumplimiento de las normas regulatorias involucionamos al crimen en la economía y en la política. Es tan grave que nadie se toma la molestia de justificar sus hechos, como si no existieran ley, ni ética, ni dios.

Las elecciones no van a resolver mucho, gane quien gane. La escena política es solo una locación, los políticos son un reflejo de lo que somos. Duele y debiera asustarnos tanto para empezar a cambiar. Tendrá que haber un nuevo pacto, y de eso no se ha hablado en la campaña electoral porque ahuyenta votos. En la educación, por ejemplo, la derecha ha pedido construir más escuelas, el centro más desayunos para eliminar anemia y la izquierda aumentar remuneraciones. Pero lo que se necesita son mejores maestros, que ganen por méritos y que se despida a los que no califiquen. Eso no será posible sin un pacto político serio en el que, simplificando, la derecha aprenda de derechos humanos y la izquierda de economía. Agregue abstinencia de corrupción y de informalidad. Será responsabilidad de todos, incluso de los buenos que no hacemos nada, porque, como están las cosas, esa pasividad también nos hace cómplices. Un ruego para que en esta última semana los candidatos no destruyan los puentes que necesitaremos cruzar en la segunda vuelta para abrazarnos en un nuevo pacto.

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