“Frisaba los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana”. Así empieza la historia, sin que el personaje tuviese nombre cierto y necesitase buscarse uno: “… Puesto nombre y tan a gusto a su caballo, quiso ponérselo a sí mismo, en este pensamiento duró otros ocho días y al cabo se vino en llamar don Quijote”. El misterio, si lo hubo, se revelaría al final, moribundo: “… Dadme albricias, buenos señores, yo fui loco y ya soy cuerdo, fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano”. Tenía sentido, porque Quijote es Quijano con la terminación “ote”, utilizada por los héroes de las novelas de caballería. Para muestra, en la España del siglo XVI, que es cuando se escribe la novela, el referente era sir Lanzarote (Lancelot), el más famoso de los caballeros del Rey Arturo, los de la mesa redonda. Sin embargo, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes, 1605) no es una novela de caballería, sino una sátira: el caballero es larguirucho, su armadura está oxidada, su espada inservible por desgaste y tiene un caballo desgarbado. Parece que trata sobre la realidad, porque no hay dragones por vencer ni princesas por rescatar, pero se vuelve ficción con ese caballero luchando contra unos molinos de viento que lo terminan venciendo.
Pero no ha sido ese tono de comedia lo que ha convertido a El Quijote en la obra más leída de la historia, después de la Biblia, sino el dilema de Cervantes: creó una ficción para entender mejor la realidad y le dio locura al Quijote para explicarnos mejor la razón. La novela es un viaje por lo cotidiano en el que, buscando defender causas nobles, el Quijote se va topando con duques, mercaderes, bandidos, dueños de fondas y demás gentes. En cada encuentro es golpeado, engañado, despreciado o humillado. No aprende, porfía, para perder siempre. Esa parece ser su locura, insistir en causas imposibles. Pero hay un detalle clave: nunca se da por vencido, seguirá luchando. Por eso, lo que parecía una burla termina recuperando el esplendor de la caballería y el Quijote se convierte en el más caballero de todos, porque rescata el honor y la resiliencia para luchar por las causas justas. La razón otorga lucidez, pero esa inteligencia puede ser un límite si no hay acción, porque puedes quedar acomodado entre lo que hay, tolerando incluso lo malo. La locura con la que Cervantes viste al Quijote es para vivir en un mundo mejor, es la chispa para ver más allá de la realidad, imaginar lo imposible y luchar para alcanzarlo. Esa es la letra de “Un sueño imposible” para el musical de El hombre de la Mancha (Mitch Leigh, 1965). En otro contexto, se atribuye a Walt Disney la frase de “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”, y a las protestas de París (mayo de 1968): “Seamos realistas, exijamos lo imposible”.
Cada cinco años, las elecciones obligan a pensar en el país. Por ahí salen las medallitas: tuvimos disciplina fiscal, controlamos la inflación y nuestra moneda está superbuena; o, el Estado realizó proyectos de irrigación, promovió la inversión privada, liberó mercados y ahora somos líderes mundiales de agroexportación. Para lo demás el diagnóstico es malo: como vienen las cosas, el nuevo gobierno se la pasará naufragando entre los males conocidos y ojalá que no aparezcan otros peores: criminalidad controlando la economía, brechas que se agrandan hasta que estallen revueltas sociales, fraccionamiento territorial, incapacidad de mejorar por falta de educación. Pero el diagnóstico debiera ser otro, porque lo que está mal no son las cosas, sino nosotros. No hay peor locura que la nuestra, tener la lucidez de estimar los riesgos y quedarnos tan tranquilos, que otros se encarguen. Necesitamos estar locos a lo Quijote, asumir que tendremos que encargarnos de la política. Las universidades, las comunidades y sindicatos, los colegios profesionales, los gremios empresariales se debieran convertir en las nuevas plazas del buen gobierno. Tenemos que encargarnos de los asuntos públicos, aunque quiebre nuestra comodidad, aunque parezca un sueño imposible.