Llevaban aplaudiéndolo de pie como siete minutos. En el éxtasis, alguien lanzó un “¡Viva el papa!” y todos respondieron con un “¡Viva!” fortísimo, emocionado, más allá de cualquier protocolo. No estaba visitando un monasterio, rodeado de religiosos; ni era una multitud esperándolo en una plaza para una misa; estaba en sesión solemne, con diputados y senadores en el Congreso de España, cuya Constitución, como la nuestra, establece que es un Estado laico, separado de cualquier Iglesia. Entonces, como el papa no podía participar siendo un líder religioso, se le invitó por ser jefe de otro Estado, del Vaticano. En su discurso criticó a todos. A la derecha le cuestionó su política contra los inmigrantes y refugiados: “… su situación exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la gestión de flujos”. A la izquierda le cuestionó sus políticas a favor del aborto y de la eutanasia: “… toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”. Sin embargo, lo más importante fue que les recordó la grandeza que une a los españoles: desde los Reyes Católicos hasta Unamuno, de la potencia mundial que fueron, no solo por haber conquistado y evangelizado América, sino porque, a raíz de ella, dominicos y jesuitas supieron reconocer los derechos humanos, mucho antes de que los proclamaran las revoluciones de los Estados Unidos y Francia: “…hace 500 años los maestros de Salamanca se atrevieron a cuestionar el uso de la fuerza y establecieron que toda autoridad conlleva responsabilidad, reconociendo al ser humano como sujeto de derechos. Salamanca sentó las bases de una comunidad regida por principios morales y no solo por intereses”. A unos y a otros les pidió que se entendieran: “…la firmeza no exige desprecio, la discrepancia no conlleva humillación, las palabras pueden abrir caminos”. Como epílogo, presionado por los independentistas, también les habló en catalán, pero para comprometerlos por la unión: “… esta comunidad, barceloneses y catalanes, tiene una vocación y una responsabilidad especial para convertirlos en constructores de unidad”. Estaba dando una lección moral: buscar más encuentros que desencuentros. Por eso, los papas atraen multitudes y llenan estadios como si fuesen superestrellas; a pesar de los crímenes que se han cometido en nombre de la Iglesia; a pesar de que su doctrina social sigue siendo conservadora, aunque se escriban encíclicas sobre inteligencia artificial; porque, finalmente, despiertan esperanzas cuando nos recuerdan lo básico: que la política no debe ser una guerra para dirimir diferencias, sino el espacio para superarlas.
Por eso lo aplaudían. Pero eso mismo dicho por cualquier otro mortal sería una ingenuidad, porque la política viene siendo el arte de la agresión. El reto no está en lo que se dice, sino en el liderazgo de quien lo dice para jaquear conciencias y ponerlas a trabajar. Ese es nuestro problema, porque, como están las cosas, hay una mitad del país que no quiere a la otra. ¿Qué hacemos? Si Keiko gana las elecciones: ¿le hacemos la vida imposible, le imputamos maldades y le saboteamos todo para que fracase y se muera políticamente para siempre? Si Sánchez pierde las elecciones, tendrá todo el derecho a protestar y hacer oposición. Pero así vamos a desperdiciar cinco años más y el Perú no lo aguanta, sufrimos cosas que no pueden esperar: los desastres de El Niño que ya vienen; la crisis alimentaria, con anemia, desnutrición y hambre; la violencia criminal que va subiendo, y la falta de salud y educación pública de calidad. Por eso, el futuro inmediato del Perú no dependerá tanto del que gane las elecciones, sino del que las pierda, porque deberá tener el liderazgo para convencer a su gente y a sus aliados de renunciar a la victoria fácil de destrozar al que gobierna, para conciliar un programa mínimo para atender esas urgencias. No es olvidar culpas ni perdonar responsabilidades, que se deben ventilar para madurar políticamente. Pero se trata de abrir camino para que el Perú sea gobernable. Quizá así, mostrando esa responsabilidad política que los tiempos exigen, quien pierda las elecciones ahora las gane después. Así funcionan las democracias sanas.