PUBLICIDAD

¿Cuánto cuesta, caserita?

"Si estamos mal, no solo es por la economía criminal y por la política corrupta; también somos muy responsables de este deterioro por haber aplaudido o callado tanta bronca”.

Imagen
(Midjourney/Perú21)
(Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
18/01/2026 - 07:06
Escucha esta nota

Alemania perdió dos guerras mundiales. Tras la primera, agobiada por inestabilidades políticas y empobrecida por hiperinflaciones, entrega el poder a Hitler, quien arma un holocausto y le hace perder otra guerra. Terminada esta segunda, físicamente destruida por bombardeos y dividida por cortinas de hierro, la Alemania occidental entrega el poder a Adenauer, quien la reconstruye y recupera liderazgo. La misma miseria en las dos posguerras, pero finales distintas porque el vencedor actuó diferente. Francia, vencedora en la primera guerra, vecina y enemiga eterna, se quedó con parte del territorio de Alemania y le impuso indemnizaciones impagables en el Tratado de Versalles. Era cuestión de tiempo, porque, tras la ocupación nazi en la segunda guerra, Alemania obligó a Francia a firmar un armisticio en el mismo vagón en el que, veinte años antes, Francia la había humillado. En cambio, Estados Unidos, el líder vencedor de la segunda guerra, no tenía conflictos directos con Alemania, la incluye en el Plan Marshall para la recuperación de Europa, obliga a la liberación de presos para que retornen a Alemania y, cuando la Unión Soviética aísla Berlín Occidental, arma un puente aéreo para alimentar a su gente. La gran diferencia fue que en el primer caso Alemania siguió siendo enemiga; en tanto que, en el segundo, se transforma en aliada, y lo sigue siendo.

A nosotros nos sobran historias de hacer y mantener enemigos. 2000: Fujimori renuncia, el Congreso no la acepta y, para despreciarlo, lo vaca por incapacidad moral. Con eso creó una vacancia por juicio político no prevista en la Constitución. En adelante, se puede bajar a un presidente si se tienen los votos suficientes. Así cayeron Kuczynski, Vizcarra, Castillo y Boluarte. Ojo, no era el Congreso mafioso, como se le llama ahora, sino uno bendecido por la autoridad moral de la izquierda, que reivindicaba la transición a la democracia y que auparía a Paniagua y a Toledo. 2006: llueven rentas fiscales por el boom de los minerales, empieza la regionalización, se transfieren recursos, pero sin capacitar a funcionarios locales, y solo se les autoriza a gastar en asfalto y cemento, sin poder invertir en infraestructura productiva. Resultado: otra oportunidad de desarrollo que se desperdicia y se universaliza la corrupción. 2016: la derecha se recupera y, entre Kuczynski y Keiko, tienen los votos para hacer y deshacer. Sin embargo, en lugar de las reformas de segunda generación que faltan, se torpedean unos a otros. 2018: incapaz de derrotar a Keiko, la izquierda utiliza a los fiscales para atacarla y la meten presa preventivamente, sin razón alguna como se ha resuelto hace poco. 2019: la derecha conserva los votos para elegir al Tribunal Constitucional; no obstante, en lugar de seleccionar a los mejores se prefiere a los parroquianos, Vizcarra pide como “cuestión de confianza” un protocolo de transparencia en la selección de candidatos, el Congreso insiste, pero recula cuando ve que puede perderlo todo. Vizcarra gana, ya tiene su protocolo, pero, sin estar obligado, aprovecha y disuelve el Congreso. 2020: en medio de la pandemia, se elige un nuevo Congreso, más de lo mismo, que vaca a Vizcarra en revancha. 2024: la guerra política en la justicia es abierta y total, se pelea institución a institución, puesto a puesto. 2025: sigue la guerra, como los fiscales abusan de sus potestades, la política se defiende con leyes que terminan beneficiando a los criminales. 2026: elecciones, pero ¿aún tenemos democracia? (Paolo Sosa, IEP 2025).

Como ve, si estamos mal, no solo es por la economía criminal y por la política corrupta; también somos muy responsables de este deterioro por haber aplaudido o callado tanta bronca. Hemos regresado a lo básico: necesitamos con urgencia que el Estado funcione y debiera ser fácil ponernos de acuerdo. Sin embargo, necesitaremos valentía para no devolver golpe por golpe; generosidad para postergar intereses particulares; sensatez para construir mínimos de confianza, y grandeza para pasar de enemigos electorales a aliados políticos. Ese es el precio que tenemos que pagar, no para comprar más, sino para no vendernos, para que nuestra sociedad no caiga en manos criminales, para seguir siendo sociedad.

TAGS RELACIONADOS
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD