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Cuando la tierra nos grita

"Perú comparte con Venezuela algo más que la condición de país sísmico. Compartimos también una enorme vulnerabilidad urbana."

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(foto: AFP)
Fecha actualización:
05/07/2026 - 07:00
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Las imágenes que hemos visto todos estos días de Venezuela son difíciles de procesar. Edificios convertidos en montañas de concreto, familias enteras aún esperando noticias de quienes siguen bajo los escombros, vecinos excavando con sus propias manos, barrios que, en cuestión de segundos, cambiaron para siempre. Muchas personas han perdido la vida y más han resultado afectadas por estos terremotos devastadores.

Los peruanos sabemos lo que significa vivir con el miedo permanente a un gran sismo.

Sabemos lo que implica reconstruir una ciudad, una casa o una familia después de que la tierra se mueve o se la lleva el huaico. Sabemos, también, que en esos momentos son las personas quienes suelen responder primero: los vecinos, los bomberos, las brigadas, las organizaciones civiles, las manos anónimas que aparecen cuando más se necesitan, y es frente a una tragedia de esa magnitud que la primera reacción ha sido la solidaridad.

Pero la solidaridad, por importante que sea, llega siempre después del desastre. La verdadera pregunta es qué hacemos antes.

Perú comparte con Venezuela algo más que la condición de país sísmico. Compartimos también una enorme vulnerabilidad urbana. Décadas de crecimiento informal han llenado nuestras ciudades de viviendas autoconstruidas, muchas levantadas sin supervisión técnica, con materiales inadecuados, sobre laderas inestables o en suelos de alto riesgo. En Lima, millones de personas viven en edificaciones que nunca fueron diseñadas para resistir un terremoto de gran magnitud.

Paradójicamente, convivimos con ese riesgo como si no existiera. Hablamos de inseguridad todos los días. Discutimos sobre transporte, corrupción o limpieza pública. Son problemas reales y urgentes. Sin embargo, el riesgo de desastres permanece prácticamente invisible en la conversación pública.

La última encuesta de Lima Cómo Vamos lo demuestra con claridad.

Apenas el 2.9% de los limeños menciona la falta de prevención ante desastres como uno de los tres principales problemas que afectan su calidad de vida. Es, por mucho, el tema menos mencionado de todos los evaluados. Mientras la inseguridad ciudadana alcanza el 75.2% de las respuestas y el transporte público el 39.8%, la prevención simplemente desaparece del radar ciudadano.

Y, sin embargo, un gran terremoto podría multiplicar todos esos problemas en cuestión de minutos.

La inseguridad aumentaría. El transporte colapsaría. Los hospitales dejarían de funcionar con normalidad. Miles de familias perderían sus viviendas. La economía se paralizaría durante meses o años. No existe problema urbano que un gran terremoto no pueda agravar dramáticamente.

La prevención tiene una dificultad política evidente: cuando funciona, parece que no pasó nada. Un edificio que no colapsa no sale en las noticias. Un simulacro exitoso no genera titulares. Una vivienda reforzada no produce fotografías impactantes. Por eso, suele perder frente a las urgencias del día a día. Pero precisamente esa invisibilidad es la que salva vidas.

No podemos evitar que ocurra un terremoto.

Lo que sí podemos decidir es cuántas víctimas dejará. Porque la diferencia entre un desastre natural y una catástrofe humana rara vez está en la fuerza del sismo. Está en la fortaleza de nuestras ciudades.

Hoy acompañamos con dolor al pueblo venezolano. Pero la mejor forma de honrar a sus víctimas no es únicamente enviar ayuda o expresar nuestra solidaridad. Es aprender la lección antes de que la tierra decida gritarnos a nosotros. Pero la mejor forma de honrar a sus víctimas no es únicamente enviar ayuda o expresar nuestra solidaridad. Es aprender la lección antes de que la tierra decida gritarnos a nosotros.

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