El Perú ha logrado sobrevivir a décadas de inestabilidad política gracias a un activo pocas veces valorado en su verdadera dimensión: la confianza macroeconómica. En ese equilibrio, Julio Velarde no solo ha sido presidente del Banco Central de Reserva; ha representado una señal internacional de estabilidad, disciplina monetaria y protección del valor del sol.
Su eventual salida abrupta o reemplazo por criterios ideológicos antes que técnicos podría convertirse en uno de los mayores errores económicos de las próximas elecciones.
No se trata únicamente de un nombre. Se trata de confianza. Los mercados reaccionan no solo ante medidas, sino ante señales. Si el Perú transmite incertidumbre sobre su autonomía monetaria, el impacto podría ser inmediato: fuga de capitales, presión cambiaria y una escalada del dólar que podría acercarse peligrosamente a niveles de S/5 en escenarios extremos de crisis política o populismo económico.
¿Y qué significa eso para la familia peruana?
Significa alimentos más caros. El trigo, aceites, medicinas, combustibles, tecnología, transporte y productos importados subirían rápidamente. La canasta básica familiar sería golpeada con dureza, afectando principalmente a jóvenes, trabajadores emergentes y sectores medios que nunca vivieron directamente la hiperinflación de los años 80, cuando decisiones irresponsables destruyeron ahorros, empleo y esperanza.
Muchos jóvenes hoy votarán sin haber experimentado una economía devastada por populismo. No vivieron colas, devaluación extrema ni pérdida acelerada del poder adquisitivo. Por eso, el voto de 2026 no puede basarse en discursos emocionales, improvisación o promesas inviables, sino en planes concretos que fortalezcan inversión, empleo, competitividad y estabilidad institucional.
El futuro presidente debe comprender que destruir confianza toma semanas; reconstruirla puede tomar décadas.
Perú necesita reformas sociales, sí, pero con responsabilidad técnica. Necesita crecimiento con inclusión, no aventuras económicas. Necesita liderazgo capaz de fortalecer instituciones como el BCR, no debilitarlas.
La historia económica del país ya enseñó el costo del desorden. La pregunta ahora es si aprenderemos de ella o si una nueva generación tendrá que sufrirla para entenderla.
Porque cuando el dólar se dispara, no cae primero Wall Street.
Cae tu bolsillo. Cae tu mesa. Cae el país.