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Chavín de Huántar: el bien y el mal en matiné

"Lo que más lo impactó fue algo que no ha abundado en su tiempo de vida marcado por la corrección política: una delimitación moral sin ambigüedades. El bien y el mal diferenciados sin notas intelectuales al pie”.

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(MIDJOURNEY/PERÚ21)
(MIDJOURNEY/PERÚ21)
Fecha actualización:
23/11/2025 - 07:05
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Más de un millón de espectadores ha visto Chavín de Huántar: el rescate del siglo. Mi hijo es uno de ellos. Tiene 13 años y no necesitó aprobación ajena para querer verla. Algunos ningunearon la película al estrenarse reduciéndola a propaganda fujimorista. Pero no salía Fujimori, por lo que su propia hija salió a reclamar. Ese incierto equilibrio entre el fuego cruzado político y sus fantasmas, pero a favor de la gesta de los comandos, terminó tocando un nervio. Sobran villanos. Se reclaman héroes.

Mi hijo ya había visto conmigo todo tipo de películas: buenas, mediocres, pésimas, incluso esas tan malas que ya son buenas. Varias dentro del género bélico clásico donde el comando aliado derrota a los nazis. La película sobre la operación Chavín de Huántar, una proeza militar en su propia ciudad, le encantó.

Le gustó por varios motivos. Para empezar, porque parecía una película peruana de verdad. Le gustó el nexo del nombre con la cultura prehispánica y sus laberintos en Áncash. Aunque le pareció excesiva la escena donde un terrorista intenta asesinar al personaje del canciller y cae abatido por un comando que entrega su vida para salvarlo. ¿Eso pasó de verdad?, preguntó incrédulo ante un acto de heroísmo, gesto escaso en el Perú contemporáneo.

Pero lo que más lo impactó fue algo que no ha abundado en su tiempo de vida marcado por la corrección política: una delimitación moral sin ambigüedades. El bien y el mal diferenciados sin notas intelectuales al pie. Agresores y agredidos. Secuestradores y secuestrados. Terroristas armados y fuerzas del orden. En sus propias palabras: los terroristas pedían justicia haciendo algo injusto.

Relativizar la violencia según el contexto político parece haber cansado a muchos. Puede deberse a la violencia cotidiana del crimen y las extorsiones. A fin de cuentas, cuando el encañonado eres tú o tu familia, se acaba el relato y empieza el dato: o te defiendes o pasas a engrosar la estadística.

Al salir del cine, mi hijo me arrinconó con una pregunta:

—¿Y tú dónde estabas cuando pasó eso?

La verdad es la verdad. Esa noche, diciembre de 1996, probablemente estaba con unas copas de más.

Extrañamente, estaba invitado a la recepción en la residencia del embajador de Japón. Era periodista de Caretas, medio que desde el golpe de Fujimori era —a mucha honra— opositor del régimen a pesar del más del 80% de aprobación a la ruptura constitucional. El principismo editorial trajo consecuencias: la Sunat fiscalizaba velozmente a todo anunciante que anunciara en la revista. Varias marcas, algunas japonesas, desaparecieron de nuestras páginas. Fujimori, burlándose, decía que Caretas era una piedrecita en el zapato. La invitación era o un descuido o una burla o una cortesía nipona extrema.

El tema es que antes de ir a la recepción quedé en encontrarme en otro evento —celebración de CPN en el Swissôtel— con un colega carismático y dicharachero: Ricardo Rondón, a quien conocí en un viaje de prensa a la convulsionada Colombia de entonces.

Lima era otra ciudad. Abimael ya había sido detenido, pero tanto los mil ojos y oídos de Sendero como los agentes del Servicio de Inteligencia Nacional seguían activos. La presión del periodismo exige desfogue, decía el maestro Zileri, y el que practicábamos con Rondón era acudir a la Calle de las Pizzas al cierre de nuestras redacciones. Ahí arreglábamos el país e intercambiamos informaciones en lo que llamábamos con obvia autoironía la Mesa del Conocimiento. Una mesa de plástico con sillas de plástico, como las de Bad Bunny. Rondón era músico amateur y enciclopedia viva del chisme del espectáculo. En la Mesa del Conocimiento conocí, entre otros, el secreto personalísimo del actor Eduardo Cesti, Gamboa, con la cafetería Haití. No sé si algún día estaré en capacidad de revelarlo.

Rondón, al mismo tiempo, tenía un vínculo oblicuo con el Ejército, escindido por la influencia de Montesinos. Por el contacto de un contacto de un contacto alguna vez acabé en un café del Centro frente a un agente del Escuadrón Júpiter de Montesinos que, luego de darme un material, me advirtió de los códigos de un género periodístico que me era ajeno: Bedoyita, no seas huevón. A estas reuniones no vienes solo. Mira la mudita debajo de la mesa. Se refería a una pistola con silenciador oculta a la vista pública.

Luego de las sesiones en la Mesa del Conocimiento, solíamos caer en un bar de música bailable en la calle Alcanfores frecuentado por señoras de las cuatro décadas. Las admirábamos por esa plenitud que da la experiencia y un par de cicatrices bien puestas. Rondón conocía al músico residente, el chalaco Dino Cabello, ex primera voz de grupos de rock del primer puerto, como Los Delfines, y amor imposible de la despampanante Amparo Brambilla, referente generacional de lo que debía ser un poto peruano, generoso e inabarcable. Estar frente a Dino Cabello interpretando El Corazón es un gitano era como estar frente al Mago de Oz tocando guitarra.

Como nota al pie, un asistente recurrente de ese bar era un breve y pelucón economista que aparecía en televisión opinando engoladamente. Era el mismo que luego sería rehén en la embajada. Y, más trágicamente, presidente del Perú. Hoy, Alejandro Toledo cumple condena de 20 años de cárcel. En cambio, el buen Rondón triunfa en la radio con su programa Contra el Tráfico, donde el segmento Tres al Hilo  funge de servicio público de cochinadita recreativa que convierte el tráfico final del día en un mal menor. Tragedias, dramas y culifruncidos ya tenemos bastantes.

La noche de los hechos, entre licor, señoras y baladas, el tiempo voló y salí tarde hacia la embajada. Al llegar había una balacera feroz alrededor de la Clínica Italiana: patrulleros contra el tránsito, policías corriendo sin orden, ráfagas de ametralladora y carajazos desorientados. El MRTA acababa de tomar la residencia.

En Caretas usábamos bíper. Y por bíper, batallando contra el alcohol antes que contra el miedo, la juventud es inmune, reportaba a La Comisaría —la Unidad de Investigación que lideraba el anatómicamente abundante Jimmy Torres— que el fotógrafo Roberto Cores de Ellos y Ellas estaba dentro como rehén.

Durante los cuatro meses del secuestro iba y venía de la embajada. A veces para llevar comida al mítico Víctor Chacón Vargas, escondido con su cámara en el jardín de unos vecinos. Otras para sacarles datos a los periodistas japoneses que tenían todo el presupuesto del mundo: alquilaban departamentos en las torres vecinas mientras Chacón se escondía entre geranios sin otra ventaja que su visión exacta de los instantes que apuntan a ser eternos.

Durante semanas una mujer me meció con el cuento del rollo de fotos que Cores había perdido dentro. Le invitaba café en La Bombonniere para que me enseñara negativos medio velados donde se veía un coctel y señoras orientales. El entusiasmo identificaba a una de ellas como la madre de Fujimori. Al final pidió dinero. En Caretas no pagábamos por información. No lo hacíamos por  principio, y porque no lo teníamos.

Durante esos cuatro meses Caretas publicó 18 portadas sobre el secuestro. Se mantuvo el estilo agudo de la casa, apuntando ocasionalmente hacia la posibilidad de una salida pacífica, pero nunca perdiendo de vista que los agresores eran los terroristas del MRTA: la tibieza estaba descartada. Las otras portadas fueron sucesos. Un presunto parricidio en Las Casuarinas y —cinco días antes de la Operación Chavín de Huántar— otra denuncia más contra el siniestro asesor de Fujimori. La imagen mostraba a un obeso y sonriente Vladimiro Montesinos rodeado de dólares.

A la semana siguiente, sin dejar de ser oposición, Caretas reconocía la pulcritud de la operación militar del gobierno que combatíamos y el valor inmenso de Juan Valer. Era 1997, Montesinos mandaba. No era 2025, cuando es bastante más fácil, y correcto, ser antifujimorista y —por un extraño contagio mental— anti Chavín de Huántar. Todo desde la comodidad del home office o el celular.

Ahí estuve esa noche, le dije a mi hijo algo avergonzado por el desorden y la ausencia de arrojo. A diez minutos de ser rehén y de lo que pudo ser el reportaje de una vida, o el último. Mi apellido tal vez habría incordiado a Cerpa Cartolini, líder de los terroristas. Luis Bedoya Reyes fue abogado de Cromotex, fábrica que Cerpa tomó siendo sindicalista y cuyo desalojo tuvo víctimas mortales. Siempre es fácil ser valiente luego de los hechos. Pero la única manera de saber cómo actuaría uno en casos extremos es viviéndolos.

Mi hijo guardó silencio. Luego, sin mirarme a los ojos respondió con una madurez inesperada: Felizmente no llegaste. Si no, tal vez no estarías acá contándomelo.

Tenía razón. En el Perú la suerte es impuntual. Los héroes, en cambio, lo son por decisión propia. 

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