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Te odio con todo mi amor

“Las parejas no son sólidas porque no haya conflictos. Las parejas son fuertes porque logran transformar sus diferencias”.

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carlos galdós
Fecha actualización:
20/07/2026 - 07:09
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Quien diga que amor y odio son polos opuestos me parece que se está equivocando. En vínculos de significativa importancia pueden coexistir momentos de profundo amor con momentos de intensa rabia, frustración, resentimiento y hasta odio momentáneo. Y eso no significa que la relación esté rota. Ojo, tampoco quiere decir que todas las relaciones deban permanecer juntas, sostenidas en el tiempo. La magia está en cómo se gestionan esos estados.

En los vínculos existe algo llamado ambivalencia. Es decir, la capacidad de amar y odiar al mismo tiempo a la misma persona. Odiar a tu pareja no necesariamente significa que se acabó el amor.

Hay una obsesión en la cultura del amor romántico por encontrar a la “pareja perfecta”. Vivimos engañados pensando que en algún lugar del globo terráqueo existe un ser humano con el que jamás discutiremos; alguien que entenderá exactamente lo que sentimos sin ni siquiera preguntarnos, solo leyendo nuestra mente. Alguien que nunca nos decepcionará, alguien que completará todo eso que siento incompleto en mi ser.

Y cuando finalmente “encontramos” a alguien, descubrimos que ese alguien hace sonidos al masticar, deja la tapa del wáter con gotitas de pichi, nunca avisa cuando se acaba el papel higiénico, dice “ya voy” y aparece cincuenta minutos después. Alguien que se puede pasar tres días sin responder un mensaje y luego te pregunta si estás molesto y por qué.

Es justamente después de todo lo anterior, y más, que comenzamos a pensar que a lo mejor nos equivocamos de humano, y salimos a la búsqueda de una nueva opción de reemplazo. ¿Por qué hacemos eso? Porque nadie nos enseñó que el amor adulto justamente no consiste en “encontrar” a alguien que nunca nos saque de nuestros cabales. Consiste, más bien, en descubrir que la persona que más amas, tarde o temprano, será la persona que más capacidad tendrá para desesperarte.

La explicación es la siguiente: solo puede herirte quien ocupa un lugar importante. Cualquier transeúnte puede insultarte y seguro te incomodará, pero también ocurrirá que cinco minutos después pasará al olvido. En cambio, si tu pareja dice o hace algo que te incomode, podría generarte un huaico emocional. Porque el dolor no tiene que ver con las palabras, sino con quién las dice. Es decir, con el lugar de donde vienen.

Las personas importantes de tu vida tienen acceso directo a nuestras heridas más profundas. El problema no es el conflicto; el problema es la fantasía de que nunca debería existir. Y esa es la versión más peligrosa e infantil del amor.

Las telenovelas y las películas, después de un momento incómodo, terminan todas con un beso. Nunca muestran las discusiones cotidianas por la tapa del wáter no levantada, por quién saca la basura o quién lava los platos esta noche. Jamás aparece la escena de la pelea porque uno es ahorrativo y el otro quiere viajar. Menos aún retratan el silencio de tres días después de una discusión. El cansancio, la crianza, las deudas, las discusiones con la familia política y las heridas de infancia no son rentables en el guion de una teleserie romántica.

Amar también significa odiar por momentos, y es una verdad que no nos gusta escuchar porque asociamos odio con violencia, destrucción o maldad. Nadie nos explica que, cuando aparecen esos momentos de frustración, nuestro sistema nervioso interpreta a quien tenemos al frente como una amenaza. Es en esos segundos que aparecen los siguientes pensamientos: “No lo soporto”, “quiero desaparecer”, “no quiero volver a verlo”, “no aguanto más”... Y media hora después estamos abrazando a esa misma persona.

¿Cómo es posible que pase eso? Pasa porque las emociones no son estáticas. Son más bien como nubes que van pasando; son como las olas del mar.

Cuando nos sentimos atacados, ignorados, rechazados o humillados, nuestro cerebro emite las mismas señales que cuando estamos frente a un peligro físico. No tiene la capacidad de distinguir entre un tigre o una mandada a la mierda por parte de nuestra pareja. Para el cerebro, ambos son interpretados como peligro. La amígdala cerebral se pone en alerta, nuestro cuerpo libera adrenalina, el corazón se acelera, la corteza prefrontal deja de razonar y, de pronto, estamos en medio de una pelea de padre y señor mío, como si nuestra vida en esos momentos dependiera de quién tiene la razón. El cerebro no ama; el cerebro sobrevive.

Todas las discusiones que tenemos no son por lo que parecen. Discutimos por la toalla mojada, pero jamás se trata de la toalla. Nos mechamos por dinero, por sexo, por los hijos, por los suegros. Pero, en una capa más profunda, lo que hay es la siguiente pregunta: ¿soy importante para ti? ¿Me ves? ¿Puedes tomarme en cuenta? ¿Puedo confiar en que cuidarás de mí?

Tú no estás peleando con la pareja que tienes. Estás peleando con su historia, su pasado, sus creencias, con su árbol genealógico, con su manera de amar. Él aprendió que hablar es peligroso; ella aprendió que callar era abandono. Ambas son maneras de esconder el miedo. El primero necesita distancia para regularse; el otro necesita contacto físico inmediato para regular sus emociones. Y ambos creen que su forma es “la normal”.

Cuando descubrí que todas mis parejas no fueron producto de la casualidad, sino que despertaban mis heridas más antiguas y que es justamente por eso que las elegí, todo cambió. Entendí que lo que ocurría era que mi cerebro buscaba terminar las tareas emocionales que estaban pendientes. Buscaba, sin saberlo, eso que era bastante conocido para mí. Y no por conocido significaba que fuera bueno o sano.

La vida en pareja es el escenario perfecto para volver a “representar” escenas de nuestra infancia, pero con actores diferentes. Eso sí, con el mismo libreto. La idea está en que el protagonista interprete diferente.

La pareja no crea tus heridas; más bien las revela. Tu pareja no fabrica tus inseguridades, las encuentra. Si cuando te critica sientes que tu autoestima se destruye en el acto, lo más probable es que esa autoestima ya haya estado destruida mucho antes. Si el silencio de tu pareja te da pánico, a lo mejor ese miedo empezó cuando eras niño. Las parejas vienen a iluminar nuestras heridas.

Amar no es encontrar a alguien que no nos haga sentir rabia, frustración o decepción. Amar es descubrir que, aun sintiendo lo anterior transitoriamente, puedo seguir encontrando en esa persona ternura y muchas razones para pedir perdón, reparar y elegirnos otra vez.

Las parejas no son sólidas porque no haya conflictos. Las parejas son fuertes porque logran transformar sus diferencias. Y es ahí donde hallan oportunidades para seguir conociéndose y volver a empezar.