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Campana sobre campana

"Celebremos estos tiempos reivindicando la pobreza de los pesebres, la magia de los belenes, la convicción de los compromisos, sin vergüenzas ni prejuicios, con mucha esperanza y que dure todo el año que viene”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
28/12/2025 - 07:05
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Es la época del nacimiento de un niño, en pobreza y adorado por ángeles, pastores y reyes. La historia ya la sabe, la cuenta Mateo hace dos mil años. Gobernaba Augusto, el primer emperador de Roma. El niño fue llamado Jesús y nació en Belén, en la actual Cisjordania. También le llamarían Mesías, el que vendría a cambiar la historia, según los libros sagrados. Es verdad que cambió la historia, no la de su pueblo, que era el judío y que lo sigue esperando, sino la de Occidente y de Oriente Medio. La cambió tanto que los tiempos empezaron a contarse “antes de Cristo” y “después de Cristo” (Cristo es “Mesías” en griego). Las fuentes históricas se refieren poco a Jesús: fue bautizado por San Juan, predicó amor y paz y, por eso, fue crucificado por Poncio Pilatos.

La prédica está en unos evangelios escritos tiempo después, con el frágil recuerdo de la memoria. Pero eso tiene su valor. La Ilíada, por ejemplo, no es la historia de la guerra de Troya (en rigor fueron varias) entre los aqueos (griegos) y los troyanos (turcos); ni la causa fue el rapto de Helena y la deshonra de Menelao, sino el control del comercio entre el mar Egeo y el mar Negro. La Ilíada fue escrita cinco siglos después de esas guerras. En todo ese tiempo, los poetas griegos recitaban las rapsodias de la Ilíada, manteniendo vivo el relato, pero, de seguro, eliminaron hechos, inventaron otros y distorsionaron casi todos. Sin embargo, la Ilíada tiene peso histórico porque es un testimonio de los valores de la cultura griega: el honor, el heroísmo y la gloria por la muerte en batalla. Lo mismo pasa con los evangelios. Es verdad que meten a Dios y a sus ángeles en el relato, y ajustan hechos para que calcen con las profecías (como la matanza de inocentes decretada por Herodes) o para reforzar mitos (como la huida a Egipto y su regreso, replicando la epopeya de Moisés). No obstante, al mismo tiempo, son el mejor testimonio histórico de la prédica de Jesús. Un buen resumen son las ocho bienaventuranzas del Sermón de la Montaña. Son un inventario de los sufrimientos (pobreza, dolor, abusos) y de sus antídotos (paz, misericordia, justicia). Ese mensaje decepcionó al poder religioso que esperaba un Mesías que los liberase del poder de Roma. En cambio, Jesús se dedicó a aliviar el alma de los marginados y, en el éxtasis, se metieron en el relato los milagros de la multiplicación de panes y peces para alimentar a la muchedumbre que lo escuchaba. Cristina Fallarás explica que, seguramente, fue una logística organizada por las mujeres (el “Evangelio según María Magdalena”, 2021). El mismo Jesús estableció la esencia de su doctrina: “Un mandamiento nuevo os dejo: ámense unos a otros como yo os he amado”. Funcionó para las primeras comunidades cristianas, perseguidas y obligadas a refugiarse entre catacumbas. Pero luego fueron legalizadas, la jerarquía religiosa fue seducida por el poder, fundaron los Estados Vaticanos y, con la excusa de extender el mensaje de Jesús, despacharon saqueos, torturas, asesinatos y guerras. Lo que debió ser una sola Iglesia cristiana hoy son al menos nueve: católica, ortodoxa, copta, luterana, anglicana, calvinista, bautista, pentecostal y adventista. Esta otra historia también la sabe.

El mensaje es muy potente y vale al margen de si Jesús realmente existió, de si es también el Hijo de Dios y de las mezquindades históricas de las iglesias cristianas. Aplica para la vida política, pero el amor debe ser recíproco. Se deben cumplir compromisos, sin garantía alguna de que los otros también lo harán. Es el riesgo por asumir, confiando, creyendo, amando. Es lo que hacen los niños: cumplen sin árbitros, ni jueces, ni policías. Es lo que Unamuno le rogaba a Dios: “Agranda la puerta, padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar; si no me agrandas la puerta, achícame por piedad, vuélveme a la edad bendita en que vivir era soñar”. Es lo que celebramos en Navidad: nacer, volvernos niños. Ese mensaje es universal, hace tiempo que dejó de ser solo cristiano. Celebremos estos tiempos reivindicando la pobreza de los pesebres, la magia de los belenes, la convicción de los compromisos, sin vergüenzas ni prejuicios, con mucha esperanza y que dure todo el año que viene.

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