El Perú es un país dividido. Tras las recientes elecciones, esta idea se repite con frecuencia. Se afirma que el sur va por un lado, y el norte por otro.
En los noventa, derrotamos a las organizaciones terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA. Ese momento pudo marcar el inicio de una nueva nación para todos. La victoria sobre el terrorismo debió unirnos y servir de base para promover un país más fuerte, inclusivo y próspero para todos. La mezquindad de la progresía lo impidió.
La victoria fue cuestionada por la progresía local e internacional. Se criticó el uso de jueces sin rostro y el accionar de las Fuerzas Armadas y la Policía. Se tomaron casos aislados para desacreditar toda la lucha antiterrorista y se negó el mérito del gobierno que logró derrotarlo.
No habíamos terminado de celebrar nuestra victoria cuando aparecieron unos “demócratas” a decirnos que, en realidad, las cosas no habían ocurrido como la vivimos, sino como ellos la iban a contar.
Crearon una Comisión para “reconstruir” el horror y reinterpretar lo ocurrido. Introdujeron expresiones como “conflicto armado interno” o “luchadores sociales” en vez de terrorismo y terroristas. El lenguaje nunca es inocente: al cambiar las palabras se modifica la forma en que una sociedad comprende su historia.
Así, los demonios rojos de Abimael, Polay y sus seguidores fueron presentados bajo una luz menos nítida, como si el problema hubiera sido la respuesta del Estado y no el terror que ellos sembraron.
Establecieron espacios donde pusieron en un mismo plano moral a quienes sembraron el terror y a quienes arriesgaron su vida para derrotarlo, diluyendo así la responsabilidad de los primeros.
Así, en vez de fortalecer una identidad nacional sobre ese hecho, se sembró la duda y se relativizó la responsabilidad de la izquierda terrorista que intentó destruir el Perú.
La nación que la izquierda no quiere es la que reconoce —sin complejos— la derrota del terrorismo como una gran gesta y que, sin seguridad, no hay libertad y, sin libertad, no hay democracia.
Treinta años después, sigue pendiente la tarea de construir una identidad nacional común, recuperar el orgullo por la derrota de Sendero y el MRTA y enfrentar a quienes hoy desafían al Estado de derecho mediante la extorsión, el narcotráfico y la minería ilegal.
Los países no se construyen sobre sus tragedias, sino sobre las victorias que les permitieron conquistar y preservar su libertad. La derrota del terrorismo fue una de esas victorias.