Si el lío hubiese sido puertas adentro, habría tenido un resultado similar. Veamos: Trump es el representante de Estados Unidos, que es acreedor de una Venezuela quebrada, que ha sido pésimamente administrada por Maduro. Las leyes nacionales reconocen, por ejemplo, que los incapaces no pueden ejercer ellos mismos sus derechos y les designan unos curadores; entonces Maduro habría sido sustituido por Delcy Rodríguez. También establecen que, cuando una empresa está quebrada, su reflotamiento lo deciden sus acreedores y no sus accionistas; entonces habría estado bien que la reestructuración de Venezuela la decidan los americanos y no los venezolanos. Eso es, exactamente, lo que está pasando. Entonces, ¿por qué una solución normal, conforme al derecho nacional, parece no serlo conforme al derecho internacional? Porque no hay juzgados internacionales que resuelvan los conflictos entre Estados ni policías que obliguen a cumplir sus sentencias. Hay algunas cortes internacionales (la de La Haya o la Penal), pero no tienen competencia en este problema. Regreso al punto: si un Estado tiene un derecho sobre otro y no puede exigir que se cumpla, ¿puede usar la fuerza? No puede, una norma internacional lo prohíbe.
Pero Estados Unidos ha ejercido su derecho con violencia y generado un empate de antipatías: Trump es un matón, aunque Maduro fuese un dictador. Eso tampoco es atípico. Es verdad que el derecho se construye precisamente para excluir el uso de la fuerza, pero olvidamos que su origen usualmente es la violencia. Las grandes constituciones nacieron luego de matar el orden jurídico anterior: la Constitución inglesa nació de una rebelión de los lores contra el rey Juan (1215), la americana de la guerra de la independencia contra el Imperio británico (1787), la francesa de su revolución contra Luis XVI (1791) y la nuestra de un golpe de Estado para implantar una economía liberal (1993). Si los promotores hubiesen perdido, habrían sido criminales, pero ganaron y fueron constituyentes. En nuestro tiempo, de la Segunda Guerra Mundial nació un nuevo orden internacional. Primero una Guerra Fría de puro equilibrio entre Estados Unidos y la Unión Soviética; luego, esta cae en desgracia y parece el fin de la historia: Estados Unidos es la única potencia, el capitalismo domina y caen las fronteras para un libre mercado; más recientemente, resucitan Rusia con una antigua versión de prepotencia política y China con una nueva versión de capitalismo; y en el último capítulo, Estados Unidos, para recuperar terreno, reniega de sí mismo, inicia una guerra de aranceles contra el libre mercado y amenaza a sus socios comerciales y a sus aliados militares.
Vamos hacia un nuevo orden internacional y en esa transición el derecho no parece útil, porque va perdiendo la fuerza de lo antiguo, pero aún no adquiere la fuerza de lo nuevo. El antecedente más próximo son los años treinta: los alemanes, uno de los pueblos más instruidos del mundo, le entregaron el poder a Hitler, quien incumple las limitaciones impuestas por la derrota de la Primera Guerra Mundial, rearma Alemania y anexa primero Austria y luego Checoslovaquia. Inglaterra y Francia se lo toleran para llevar la fiesta en paz, hasta que invade Polonia y estalla la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo frenar la violencia que se viene? Hay dos reglas fundamentales. La primera es que la ley no ampara el abuso del derecho, esto es, que aun cuando exista un derecho, no se puede ejercer plenamente si produce un daño mayor. La segunda es que las obligaciones se interpretan de acuerdo con la voluntad de las partes, esto es, que la buena fe vale más que la letra chica de los contratos. Cuando el derecho se debilita, busca fuerza en la ética. Puede que la violencia triunfe en el corto plazo, pero no es sostenible en el tiempo, por eso, debemos prepararnos para derrotarla con sabiduría y ética. Nosotros más que otros porque, si por seguridad nacional, Trump amenaza quitar Groenlandia a Dinamarca, que es su aliado militar, seguiremos nosotros, porque si el puerto de Chancay, el mercado eléctrico y las inversiones mineras del Perú están en manos chinas, también pueden afectar a los Estados Unidos. El lío de Maduro parece lejos, pero está más cerca que nunca.