Fabián Zignago sabe que hacer una carrera musical ya no es lo que era. Antes había una pauta clara: armabas un showcase para una disquera, firmabas, grababas un disco, elegías el hit y te ibas de gira. Algo así fue el camino de su padre, Gian Marco. Hoy, en cambio, sacas una canción y no sabes si pasará desapercibida o si te cambiará la vida.
El deportista no se encontraba en el inmueble al momento del desastre, ya que se dirigía a reunirse con su familia cuando ocurrió el terremoto.
A sus 23 años, Fabián ha elegido meterse de lleno en este camino incierto, apostando todas sus fichas a su carrera como cantautor. Esa determinación lo mantiene en constante movimiento. Anda entre Ciudad de México, Miami, Madrid y Lima, con la mentalidad de comerse el mundo.
Este sábado 27 toca por primera vez en Selvámonos, el esperado festival que vuelve a Oxapampa tras dos años de ausencia, compartiendo cartel con bandas como Bándalos Chinos y Los Cafres. Saldrá a escena cerca del atardecer, convencido de que la energía de un escenario todavía pesa muchísimo más que cualquier algoritmo.
Andas de ciudad en ciudad todo el tiempo, ¿eso te suma o cansa?
Me siento un nómada total, estoy por todos lados. Aparte soy joven, siento que está chévere vivir la vida así. Los viajes, conocer gente nueva, quedarme en sitios donde nunca me había quedado, eso me ayuda bastante. No estoy molesto con ser nómada ahorita.
De chico, en vez de juguetes, agarrabas guitarras. ¿Cuándo dejó de ser juego y se volvió una necesidad?
Fue un poco inevitable. A los 12, 13 empecé a hacer canciones en Logic, agarraba los loops, hacía melodías, me enteré de lo que era una interfaz, un micrófono, un compresor, todas esas cosas. Y me di cuenta de que ni siquiera era cuando estaba aburrido, era casi una necesidad tocar guitarra. No creo que viva un día sin tocar una. Ahí entendí que lo hacía por amor a la música, no tanto por mi papá.
¿Eres de escribir todo el tiempo o de esperar a que llegue la inspiración?
Soy más de temporadas. Vivo un tiempo, junto experiencias, y después me encierro dos semanas completas a escribir cuatro o seis canciones de corrido. Son etapas: la música es muy rara, muy espiritual. A veces llega y a veces tarda meses; a veces nunca llega. Y escribir es como abrir un caño que llevaba años cerrado, como decía Ed Sheeran en un podcast: los primeros segundos sale agua oxidada y de a pocos se va aclarando.
¿Recuerdas la primera vez que le mostraste una canción a tu papá?
Sí, como a los 13, 14. Me dijo: “Está chévere, sigue”. Me dio su feedback. Él sabe, por experiencia, que la composición va mejorando con el tiempo.
Con Abril y Nicole ya son tres hermanos haciendo música en simultáneo. ¿Cómo se vive esa dinámica?
Es difícil no emocionarse cuando las ves en el escenario. Nicole ya tiene una carrera, hace poco hizo un concierto y le fue muy bien. Abril también se presenta pronto. Cada uno tomando sus pasos a su tiempo, haciendo su música, y todos somos tan distintos. La paso muy bien con ellas.
Trabajaste en la producción del disco de Joaquina, nominado al Latin Grammy. ¿Te sientes cómodo como productor?
Descubrí que podía producir a los 19, 20. La primera canción que produje en serio fue una mía y dije: bueno, hagamos un demo a ver qué tan lejos la llevo. Y llegó lejos. Después cayó lo de Joaquina y trabajar en eso fue increíble. Cuando ese disco fue a los Latin Grammy lo sentí como una palmadita: “dale, también puedes tener esto”. Son dos gorras, la de artista y la de productor, y hay que aprender cuándo quitárselas. Pero firmé con Universal hace dos años y eso me dio la seguridad de dedicarme a esto al 100%. Mi vida es la música, honestamente no tengo un plan B. Si esto no funciona, no sé qué haría.
En “Pared”, el solo del final suena muy a John Mayer. Tienes una mezcla de sonido anglo con letras en español.
Sí, eso es lo que estoy intentando. John Mayer es la Biblia de cualquier guitarrista. Lo fui a ver en su gira acústica y nunca había llorado por un hombre hasta que lo vi salir al escenario. Sin darme cuenta tal vez le tomo cositas en las producciones. Un sueño sería que escuche una canción mía, le mostraría algo que no tenga nada que ver con su mundo, para que diga: “uh, ¿qué es esto?”.
En tiempos de IA y redes sociales, ¿crees que tocar en vivo es la mejor manera de que conozcan tu música?
Lo que más me funciona son los shows en vivo. Apenas salgo del escenario noto mucho más conexión que cuando subo un TikTok. Un teléfono nunca podrá con eso: la conexión humana es irreemplazable.
¿Y cómo te llevas con la inteligencia artificial?
Exploré una aplicación y tenía miedo de que me gustara. Felizmente, no me gustó para nada, y eso fue un alivio. Para preguntarle cuánta melatonina puedo tomar antes de dormir, chévere. Pero para el arte no lo veo.
¿Cómo imaginas el disco que estás cerrando?
Va a ser un disco de 12 a 16 canciones. Soy muy de discos, me encanta escuchar uno sin skips, en el orden que el artista lo puso. Para mí el peor invento fue el shuffle. En tu playlist haz lo que quieras, pero el disco déjalo tal cual: un artista se pasó meses pensando ese orden.
Soñamos con una industria peruana más grande, y llegas a Selvámonos en un buen momento para el pop. ¿Sientes ese crecimiento?
Me da mucha felicidad. El pop subió de nuevo, son temporadas, la música tiene esas cosas. Y ver a tantos colegas ahí, gente con la que he compartido y quiero, nos apoyamos y crecemos. Queremos que la industria crezca muchísimo más de lo que ya lo hace.
AUTOFICHA
“Soy Fabián Zignago Moro, tengo 23 años y estudié música en el Abbey Road Institute, en Miami. Escribí mi primera canción a los 13: me había terminado mi enamorada. Soy cantante, compositor y productor, aunque ahora estoy dedicado a ser solista”.
“No aguanto el silencio, me resulta rarísimo. Siempre tengo algo sonando, música o un podcast; mis oídos necesitan escuchar algo. Siento que elegí bien mi camino: cuando quiero desconectarme de todo, lo que hago es ponerme un disco y escuchar música”.
“En 2022 toqué en el Estadio Nacional, por los 30 años de carrera de mi papá. Pensé que estaría más nervioso, pero en una tarima tan grande, con la luz de frente, solo ves las primeras filas y el resto es una pared de sombras. Me intimida más un show chiquito e íntimo; igual, siempre disfruto tocar en vivo”.