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Astrid Gutsche: “La esencia no está en servir platos, sino en regalar momentos”

El Gran Premio SUMMUM 2025 fue otorgado a Astrid & Gastón, restaurante creado por Astrid Gutsche y Gastón Acurio. Conversamos con la cofundadora de este emblemático espacio.

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"Vivir para trabajar es una decisión hermosa y personal", dice Astrid Gutsche. Foto: Martín Pauca.
Fecha actualización:
04/10/2025 - 09:09
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Astrid & Gastón fue distinguido como el mejor restaurante del Perú y el mejor restaurante de comida contemporánea en los Premios SUMMUM 2025. Dos reconocimientos que confirman la vigencia de un espacio que, desde 1994, ha sido faro y emblema de la gastronomía nacional.

Fundado por Astrid Gutsche y Gastón Acurio, el restaurante abrió una puerta a lo imposible: demostrar que la cocina peruana podía ser contemporánea sin renunciar a la memoria, universal sin perder identidad, refinada sin dejar de ser cercana.


En la histórica Casa Hacienda Moreyra, en San Isidro, Astrid & Gastón es mucho más que un restaurante. Sus mesas han visto pasar generaciones: turistas que descubren el alma del Perú, familias que celebran su historia, parejas que convierten la cena en un ritual En esos salones se escucha la voz de una tradición reinventada, siempre unida al respeto por el producto local y a la curiosidad por explorar cada región del país.

Astrid, que desde niña se sentía fascinada por el Perú sin saber por qué, recibe los reconocimientos con humildad y en equipo. En el jardín de la casona, la mirada de Astrid se vuelve un lienzo donde se entrelazan felicidad y paz.

Algunos se preguntan: “¿Y dónde está Gastón?”. Astrid responde, risueña, que cuando ella está durmiendo Gastón seguro ha entrado a la cocina para ver cada detalle de sus platos.

Astrid, ¿en qué momento sentiste que el Perú se convirtió en tu patria emocional?

Desde que tengo uso de razón. En el kindergarten ya iba con poncho y chullo, y en las ferias internacionales me acercaba al stand peruano y compraba todo. Tenía una foto con mi tortuga de agua en un cuarto decorado como un mercado indio de Petit Thouars. No sé explicar por qué, pero me atraían la música, la vestimenta y la mística. Y todo fue mucho antes de que me enamorara de Gastón. El Perú me adoptó sin que yo me diera cuenta, y con los años entendí que mi identidad estaba también hecha de esta tierra. Hoy no concibo mi vida sin el Perú en mi corazón.

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"Hoy trabajamos con más libertad. Ya no con el miedo de fallar, sino con la alegría de hacer lo que amamos". Foto: Martín Pauca.

¿El idioma fue obstáculo?

Para nada. Hablaba alemán, francés e inglés, y escuchando música peruana captaba palabras en castellano. Incluso traduje simultáneamente en Le Cordon Bleu sin haberlo estudiado formalmente. Cuando empecé a salir con Gastón me animó a traducir entre varios idiomas y lo hice sin problemas. El idioma se me hizo natural porque siempre estaba rodeada de peruanos.

¿Cómo evolucionó el restaurante?

Abrir fue un reto enorme: éramos jóvenes, nadie nos conocía y había mucho estrés. Con apagones, un presupuesto reducido y un contexto difícil, no podíamos fallar. Me quedaba hasta la madrugada lavando y llevando manteles de un lado a otro, pero siempre con cariño. Poco a poco llegaron los clientes y se fue construyendo una comunidad. Cada pequeño avance era una victoria.

¿Qué significa este presente para ti?

Hoy trabajamos con más libertad. Ya no con el miedo de fallar, sino con la alegría de hacer lo que amamos. Para mí el restaurante es mi casa. Incluso en los días libres paso a ver cómo está todo. Amo decorar, elegir flores, luces, música. Quiero que la gente sienta que entra al hogar donde vivo, donde todos somos familia. La esencia no está en servir platos, sino en regalar momentos.

¿Siempre supieron que se llamaría Astrid & Gastón?

No. Pensamos en varios nombres, incluso en algo así como “el atelier”. Hasta que alguien dijo: “¿Por qué no Astrid y Gastón?”. Fonéticamente, fluía mejor y nos quedamos con eso. Nunca imaginamos que un nombre tan sencillo viajaría por el mundo como símbolo de la cocina peruana contemporánea.

La vida en un restaurante parece dura. ¿Cómo la describes?

Lo que ve el cliente es lo hermoso, pero detrás hay largas horas, cansancio y estrés. A mí hasta el estrés me parece hermoso, me alimento de él, pero no todos lo viven igual. Por eso digo que entrar en cocina o pastelería requiere madurez. Muchos restaurantes abren y cierran porque no esperan esa exigencia. Tu vida se vuelve tu trabajo; en mi caso eso es hermoso, pero no todos lo podrían asumir.

En redes sociales hay mensajes que dicen “no vivas para trabajar”. Tú le das la contra a este mensaje.

En la restauración el trabajo se vuelve parte de tu vida. Vivir para trabajar es una decisión hermosa y personal. Tenemos en el restaurante gente que lleva 28 o 29 años con nosotros y seguimos unidos como una familia. Esa conexión es única. Aun así, recomiendo no empezar demasiado temprano: mejor terminar el colegio y tomarse un año sabático.

¿Ese fue también el consejo para tus hijas?

Sí, casi las obligué a tomarse un año sabático. Ese tiempo sirve para probar, preguntar, conocer el restaurante y ver otras cosas. Todos podemos equivocarnos de carrera, pero si puedes pensarlo mejor, es ideal. La cocina exige intensidad, no hay pausas: todo debe estar listo al momento y siempre hay imprevistos. Por eso hay que tener madurez para resistir esa presión. 

“Nunca dejo de pensar en el restaurante: lo amo y aunque tomo vacaciones siempre estoy pensando en él. Es como mi bebé, me da felicidad y sentido. No soy hogareña; crecí en cocinas. En casa estoy un rato, pero al final el llamado del restaurante siempre me devuelve a mi verdadero hogar”

¿Cómo recibes hoy los reconocimientos para Astrid & Gastón?

Con gratitud. Antes lo tomaba de otra manera; hoy siento que pertenecen al equipo. Sin ellos, ni Gastón ni yo seríamos nadie. Hay jóvenes nuevos y otros que llevan décadas con nosotros. Cuando llega un premio, se lo doy a ellos, porque son los que entregan alma y corazón cada día. Hay que reconocer a todas esas personas que lo hacen posible.

¿Qué consejo darías a una joven que sueña con abrir su propio restaurante?

Que es una carrera hermosa, pero dura. Demanda tiempo, muchas horas, trabajar en fiestas y feriados. Hay estrés y cansancio. Reitero: al final no trabajas para vivir: vives para trabajar. Y si lo amas, es la vida más feliz del mundo. Yo soy una workaholic, y me gusta. Vienes al restaurante y me encuentras en todos lados, pendiente de cada detalle. Y me encuentras feliz. 

“Hoy la gente nos conoce y confía. Eso nos da respiro, trabajamos con menos estrés y tenemos más libertad para probar cosas nuevas. Con los años se aligera el peso de que todo debe salir perfecto, y así podemos crear con mayor autenticidad”.

¿Hay algunas palabras que recuerdes de aquellos tiempos en los que todo recién comenzaba?

Teníamos que salir adelante. Abrimos con un presupuesto pequeño, con lo que había, y no podíamos darnos el lujo de equivocarnos. Quizás eran días en los que nos decíamos que no íbamos a fallar. Y no se falló, pero fue duro.

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