A mi nana, la señora que crio a mis abuelos; había vivido con mi bisabuela y vino a cuidar a mi mamá y después a nosotros, y me prohibió que yo entre a la cocina. En mi casa comíamos mejor que en un restaurante. Se llamaba Panchita. A las 3, 4 de la tarde mi casa olía a pastel de acelga, a pan, a pie de manzana, rosquitas. Yo me ponía a hacer, pero Panchita me decía “no, tú tienes que estudiar”. Mi papá tampoco quiso y dije “bueno, estudiaré administración”. También quería estudiar arte y no pude ingresar.