PUBLICIDAD
HOMENAJE

El amigo que fue: recordando a Bryce

Hace un mes, el 10 de marzo, partió Alfredo Bryce Echenique. El escritor Harry Belevan lo recuerda en este artículo.

Imagen
Alfredo Bryce Echenique
Alfredo Bryce Echenique en su última instantánea para Perú21. (Foto: Martin Pauca).
Fecha actualización:
10/04/2026 - 07:30
Escucha esta nota

El paso del tiempo, siempre implacable, decanta las más firmes convicciones, disolviéndolas a veces hasta límites insondables. Salpica todo, incluyendo las amistades. Puedo, así, afirmar que durante muchos años me sentí cercano a Alfredo Bryce y, si he de atenerme a lo que él dijo de mí en Doce cartas a dos amigos (Ed. Peisa, 2003), yo también fui para él, y lo cito, un “excelente amigo y escritor”. Esto fue posible porque mantuvimos durante décadas una relación estrecha, y hasta cómplice podría decirse, pues tantas veces nos reímos sanamente de las vanidades, veleidades y otras flaquezas veniales de algunos de nuestros cofrades literarios.

Fue a inicios de los setenta que conocí a Alfredo en Bruselas, en la inauguración de una muestra colectiva de Carlos Revilla y Alfredo Ruiz Rosas. Me lo presentó Julio Ramón Ribeyro, que había viajado con los tres desde París para asistir al vernissage previo a la exposición. Desbordante con su calidez y afectividad innatas como podía serlo hasta el contagio, se inició así un vínculo inmediato que fue estrechándose con mis frecuentes viajes a París, en donde siempre encontrábamos el tiempo para vernos y perdernos en cavilaciones inacabables en compañía de Julio Ramón; (fue en una de esas veladas que nos propusimos escribir a seis manos un libro circunspecto, pero en son de humor, sobre el origen imaginario de los dichos y refranes en nuestra lengua aunque, como tantos proyectos de la nocturnidad, como lo habría dicho el propio Alfredo, se esfumó con el amanecer...).

Mis inconstancias diplomáticas domiciliarias interrumpieron aquellos encuentros parisinos que, sin embargo, se reiniciaron, intermitentes, en Roma, Lisboa y más tarde en Viena, en donde volveríamos a estar juntos para ironizar sobre nuevas anécdotas de los colegas extranjeros más acartonados del oficio, pues de los peruanos ya habíamos agotado hasta los chismes tiempo atrás. También hubo reencuentros en Lima, si bien el humor conspirativo de antaño fue cediendo calladamente ante una gradual esquivez incitada, quizá, por ciertas amistades suyas acaso más devotas del halago dócil que de la conversación espontánea.  

Mis últimos contactos con Alfredo fueron cuando, hace un par de años, le propuse regularizar su corresponsalía con la Academia Peruana de la Lengua, para que ingresara de pleno como numerario de la corporación. La idea lo entusiasmó. Le indiqué repetidamente el sencillo procedimiento. Pero allí quedó finalmente todo, silenciándose lentamente mis reiteraciones, hasta que cesaron por completo ante la ausencia del interlocutor. Por eso, cuando leí las palabras que Mirko Lauer escribió sobre Alfredo dos días después de su fallecimiento, no pude evitar asumirlas, aunque lo hice con algún desencanto nostálgico: “... una amistad que fue muy real... pero que luego... con los años se fue perdiendo, hasta casi desaparecer en un recuerdo”.

 

Recibe tu Perú21 por correo electrónico o por Whatsapp. Suscríbete a nuestro periódico digital enriquecido. Aprovecha los descuentos.   

 

VIDEO RECOMENDADO

 

TAGS RELACIONADOS
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD