La única certeza que, a lo largo del tiempo, tenemos como especie humana es que las personas vienen de las personas, es decir, de una madre. El antropólogo Bronislaw Malinowski reportó hace 100 años que en las islas Trobriand, en el Pacífico sur, la idea de que los hombres fecundan a las mujeres era inexistente y que son los espíritus los que embarazan a la mujer. El bebe reconocía a su tío materno como el verdadero padre. A su vez, la antropología ha reportado casos donde el bebe no es cuidado solo por la madre, sino por las hermanas de esta, que reciben un nombre similar a “mamá” en idioma nativo.
Si bien en muchos casos los panteones religiosos han sido masculinos, los cultos a diosas han sido no solo importantes, sino persistentes, y hasta el día de hoy podemos ser testigos de pagos a la mama pacha. Muchas momias retornaban en posición fetal como regresando en concepción circular del tiempo al vientre materno. O la Luna con su ciclo de veintiocho días ha sido asociada con el periodo menstrual y la fecundidad.
En la naturaleza también se da una relación constante entre las madres y sus crías, e incluso en mamíferos cercanos a nosotros, como los grandes primates, tenemos casos no solo de lactancia, sino de madres educadoras que enseñan a sus hijos a cazar, obviar comidas y defenderse. Cosa curiosa, la paternidad no es frecuente en el reino animal y, salvo contadas excepciones, podemos sugerir que la idea de papá es una creación cultural muy importante y, lamentablemente, muy descuidada.
Con la llegada de la conquista, el control de la mujer fue parte de una estrategia de dominar a toda la sociedad, y las mujeres, en teoría, fueron relegadas a la casa, mientras que los hombres podían ejercer el poder político desde fuera del espacio doméstico. La religión católica trajo el concepto del marianismo, que sugería la idea santa de la madre y también del honor que era reservado como carga para las mujeres. Han pasado cinco siglos y los hombres se pelean ante los insultos hacia la madre o la hermana, pues es una afrenta al honor de la casa.
La casa, pues, se volvió un reino y una cárcel para las madres. A su vez, se ha convertido en un injusto callejón sin salida para las chicas a las que, amén de sus propias intenciones, se les presiona indirectamente a dar “nietos”, “sobrinos”; es decir, sí o sí ser madres.
A partir de las constantes crisis económicas y el descuido estatal, en la década de los ochenta el trabajo de madre dejó de ser labor única, y todas las mujeres saliendo del colegio buscaban una carrera. Los trabajos llamados “femeninos” pasaron a ser prolongaciones de la labor materna, como enfermera, profesora de inicial, obstetra, cocinera. Esta última labor solía ser femenina hasta que aumentó su estatus y pasó a llamarse “gastronomía”, y con ello a volverla masculina y territorio de chefs. Sin embargo, eso no resta ningún ápice a las mujeres que se organizaron para crear los comedores populares y apoyaron en los programas de Vaso de Leche y mantuvieron activas las formas de distribución de alimentos, una labor nunca suficientemente reconocida.
Tampoco es reconocido el hecho de que las mujeres que trabajan, a diferencia de los hombres, al llegar a la casa no pueden siquiera descansar porque tienen que ocuparse de las labores domésticas y maternales sin el apoyo usual de los varones, a los que la sociedad parece amparar de la doble labor.
Las niñas son socializadas de manera temprana para “ser mamás” y sus juguetes no suelen coincidir con las pelotas de fútbol o los muñecos de personajes aventureros que reciben los niños, sino con cocinitas, máquinas pequeñas de coser y, para colmo de los colmos, muñecas en forma de bebe, en un verdadero simulacro de un camino hacia la maternidad que cada vez se está volviendo menos obligatorio.
Nuestra ritualidad colabora bastante. Poesías para el Día de la Madre, composiciones escolares, declamaciones en el patio ante las madres invitadas, canciones melodramáticas y periódicos murales son el ambiente que surge en este día; y cómo no, trabajos manuales hechos a último minuto (en no pocos casos por la misma mamá) generan una suerte de ícono cultural que parece sagrado.
Antes los avisos que irrumpían eran los de regalos que en el fondo afianzaban el rol de ama de casa para los demás; entonces, “regálale a mamá una lavadora, una licuadora, una plancha”. Hoy la sensibilidad ha mutado y se promueven los almuerzos, las cenas de gala y los espectáculos con la pléyade de cantantes de balada de Yo soy, donde destacan el Juan Gabriel y el José José locales, para que las mamás evoquen sus tiempos de soltería. Me siento mayor: en el colegio las agasajábamos con Elvis y Paul Anka, y las profesoras nos sugerían quiénes eran las estrellas del pasado materno.
La imagen de la madre ha incursionado en la política peruana, como cuando Dina Boluarte se alzó como la mamá de todos los peruanos, hecho que reafirmó, según muchas versiones, cuando le gritó “tu mamá” a un opositor que la tildó de corrupta durante el desfile militar. Esto no ha sido muy común, puesto que el espacio público ha sido masculino y los congresistas son pésimamente llamados “padres de la patria”.
Hoy celebramos a las madres, podemos dejar de lado el aspecto comercial del agasajo y pensar no solo en quien nos dio la vida, sino en las personas que, sin ser madres o nuestras madres, mediante su amistad, su cariño y su cuidado nos hacen sentir que este mundo es aún tierno. Hay algo de lo que se habla poco, pero todos queremos ser protegidos, cuidados y, de alguna forma, integrados en el calor humano. Seamos maternales cuando nos corresponda y feliz día a las mamás.