El mundo del arte peruano perdió a una de sus figuras más influyentes. Carlos Runcie Tanaka, artista y ceramista que marcó generaciones con su obra silenciosa, espiritual y profundamente identitaria, falleció la noche del viernes a los 67 años, según confirmaron personas cercanas a su familia.
El sumo pontífice recuerda su testimonio, el cual se convierte ahora en un llamado a la unidad y a la misión para la Iglesia universal.
En las últimas semanas, su estado de salud había motivado una estricta vigilancia médica, incluso en unidades de cuidados intensivos.
Aunque su primera vocación fue la filosofía, Runcie encontró en la cerámica el lenguaje que definiría su vida. Su búsqueda personal lo llevó a Japón, donde se sumergió en una formación rigurosa y casi monástica bajo la guía del maestro Tsukimura Masahiko.
Ese periodo, marcado por la disciplina, la introspección y la estrecha relación entre artesanía y espíritu, dejó una huella permanente en su trabajo.
Más adelante continuó especializándose en Italia y Brasil, sumando nuevas miradas a su universo creativo. Sin embargo, el diálogo con las culturas prehispánicas se convirtió en uno de los pilares más sólidos de su obra.
A su regreso al Perú, abrió en su casa un taller que, desde 1978, funcionó como espacio de producción, enseñanza e intercambio para jóvenes artistas.
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