Alonso quedó en visitar a Alfredo este sábado. Pero Germán Coronado, editor de Bryce, le dijo que el doctor prefería que no tuviera ninguna alteración, porque estaba delicado de salud.
"He llevado mi vida a buen puerto", dice el escritor en esta entrevista con Perú21. Y anuncia su despedida literaria.
La última vez que se vieron Alonso y Alfredo fue hace casi un mes. En aquella oportunidad almorzaron. Un encuentro que el autor de La hora azul describe como cordial, simpático y bueno. Como en otras ocasiones, Bryce evocó la década del sesenta, en la que había ilusión y fe en el futuro. Recordaba cómo él caminaba por las calles de París de mayo del 68 junto a su amigo Fico Camino. Y él caminaba por la vida con esos vientos parísinos: que es posible cambiar el mundo.
—Se identificó mucho con eso y creo que logró cambiar el mundo con sus novelas, que son documentos de cómo son los aristócratas en el Perú y cómo son los inmigrantes andinos. Cómo es la maldad cuando uno la descubre muy joven. El mundo de Julius entre nosotros —me dice telefónicamente Alonso Cueto, escritor y amigo de Alfredo Bryce Echenique, que ayer partió a la eternidad.
¿Cómo conoces a Bryce?
Yo estaba en el colegio, en quinto de media, y apareció Un mundo para Julius. Esa novela me conmovió, por la mirada tan tierna, tan inocente del protagonista, y luego también por ese universo lleno de elegancia e injusticia. Y está la agilidad para rescatar la forma como habla la gente. Con esa novela él retrató como nadie a una clase social que vivía de espaldas al país y que, a la vez, se afirmaba en su identidad exclusiva. Uno de los personajes que más me conmovió fue el de Vilma, la empleada doméstica. Me acuerdo de una frase de la novela cuando Julius se refiere a los empleados domésticos y dice “qué bárbaros para amar”. Una referencia a personas que no eran las más poderosas, sino las más débiles, pero que son las que tienen el mejor corazón… Luego un día caminando por una calle de Austin, en EE.UU., donde yo estudiaba Literatura, me encontré con (el crítico literario) Julio Ortega y con Alfredo, a quien no conocía personalmente. Julio me lo presentó y fue una amistad a primera vista. Desde entonces nos vimos con muchísima frecuencia. Él cantaba a voz en cuello en las reuniones y contaba tantas historias que brotaban naturalmente... Una de las historias que contaba es que cuando él era chico iba al cine en el auto de su familia, al cine Drive In, que quedaba por Javier Prado, que tenía un ecran a punto de caerse, porque estaba en muy mal estado. Decía que en ese cine daban películas románticas y de cowboys, pero que en realidad eran de suspenso, porque uno nunca sabía cuándo se iba a caer el ecran (ríe). Luego también contó que lo habían asaltado en Madrid y que le preguntó a los ladrones si habían leído El Quijote.
Cuando se conocieron ¿se entendieron rápidamente? Porque deduzco que tenían personalidades distintas.
Sí, pero había una capacidad y vocación por la alegría que te arrastraba...
¿Te dio algún consejo?
Yo tenía una novia norteamericana y me acuerdo que le dije: “Mira, yo me quiero casar con ella y me quiero ir a vivir al Perú. ¿Qué te parece?”. Y me dijo: “Hazlo, se va a adaptar al Perú y se va a adaptar a Lima”. Y tenía razón, porque ahora hemos cumplido 40 años de casados.
¿Alfredo era bien enamoradizo?
La pasión de Alfredo fue la amistad. En Lima nos reuníamos con frecuencia a almorzar con un grupo en el que estaban Abelardo Sánchez León, Germán Coronado, Armando Benítez y Fernando Ampuero. Nos reuníamos en el restaurante Fénix y me dicen que hasta ayer ha preguntado “¿cuándo es el próximo almuerzo en el Fénix con nuestros amigos?”. En su obra el amor falla a veces, pero la amistad no falla, la amistad permanece.
Y celebrar la noche…
Sí. Celebrar a la noche, celebrar la compañía. Y su lenguaje, su estilo también es una celebración porque es un estilo suelto, desenvuelto, capaz de llegar a los extremos de las cosas. Uno siente la agilidad, la alegría, la densidad, la velocidad de las palabras cuando él las hace parte. Uno siente en sus libros que no está leyendo, sino que está oyendo a los personajes. Esa es una de las grandes proezas de él. Y me lo dijo: “Eso es lo máximo a lo que yo he aspirado, dar la ilusión de que la gente en vez de estar leyendo está escuchando lo que yo escribo”. Fue un maestro para mí y al mismo tiempo fue un gran amigo.
Se preocupaba por contar, antes que por mostrar el artificio detrás de...
En una ocasión contó que pasó una noche de juerga en Lima, tomó un avión y se fue a La Habana, a un congreso. En el hotel le dieron una habitación, fue y había alguien durmiendo. Volvió y el conserje le dio otra habitación. Subió y también había alguien durmiendo. Regresó donde el conserje y le dio una tercera habitación. Subió, abrió la puerta y había alguien más durmiendo ahí. Entonces, cayó desmayado. Despertó en una camilla en un hospital y el doctor le dijo: “Usted tiene agotamiento”. “Claro que tengo agotamiento, si no he dormido la noche anterior y llego acá y todas las habitaciones están con alguien durmiendo”, respondió. El doctor le dijo: “Tiene que irse a descansar a su hotel”. Y él le contestó: “No me voy a ir de acá porque la única camilla libre en toda Cuba es esta en la que estoy echado. Así que me quedo aquí donde estoy”.
Si en este momento aparece donde estás —se escuchan ruidos como si estuviera en un espacio público—, ¿qué le dirías?
No le diría nada, me echaría a llorar y le daría un abrazo. Y casi estoy llorando cuando te contesto esto, Mijail...
Autoficha:
-“El tema del humor está en la raíz de su vida y en su obra, y todo lo que veíamos se convertía en un comentario humorístico. Según Alfredo (Bryce), el humor es la única manera de comprender una realidad tan contradictoria como la que vivimos”.
-“No me dio un consejo literario, pero sí leyó mis novelas y me mandaba mensajes, cartas, comentarios sobre los libros que escribí. Escribió también sobre algunos de mis libros. He aprendido de él la libertad de escribir, la libertad del lenguaje, la libertad en busca de la oralidad”.
-“Hay unos ensayos suyos sobre la depresión. La depresión es un tema muy común entre los escritores. Pero al mismo tiempo sus personajes son alegres, festivos, locos, llegan a los extremos de las cosas. Y siempre entre amigos. Le rindió culto a los amigos. Y ese culto está en su obra”.
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