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Diseñadora de modas

Alessandra Durand: "El mundo del diseño ve el arte textil peruano como algo extraordinario”

Tras estudiar en Oxford y Stanford, fundó Kené Kaya para difundir el arte shipibo-Conibo en las pasarelas de la alta costura.

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Alessandra Durand: "Para mí, las mujeres shipibo-conibo con quienes trabajo son artistas en todo el sentido de la palabra".
Fecha actualización:
12/01/2026 - 15:50
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Se considera un puente. “Mi rol es abrir puertas, conectar mundos y llevar el arte peruano indígena a espacios donde históricamente no apareció”, dice. “El mundo del diseño internacional ve el arte textil peruano como algo extraordinario, sofisticado y profundamente contemporáneo. Falta visibilidad, no calidad”.

Es una de las 100 latinas más poderosas para “Hola”.

Para mí es un honor profundamente emocional, porque este reconocimiento no es solo mío: es de las artistas shipibo-conibo que han confiado en mí para integrar y presentar su arte en escenarios globales.

 

Entiendo que estudió en Stanford y Oxford. Su tesis fue sobre la extracción de la selva. ¿Cuál fue la hipótesis?

Mi tesis e investigación en Stanford y Oxford se enfocó en la responsabilidad social corporativa en industrias extractivas en el Perú. La hipótesis central era que los modelos tradicionales de extracción, sin participación comunitaria, generan ciclos de pobreza, desigualdad, degradación ambiental y pérdida cultural; mientras que enfoques inclusivos —donde las comunidades tienen voz y agencia— pueden producir desarrollo sostenible a largo plazo. Esa reflexión académica fue mi punto de partida para entender por qué la sostenibilidad tiene que ver con personas, no solo con materiales.

 

¿Cómo definiría su concepto de Kené Kaya?

Kene kaya significa “el espíritu del diseño” en la lengua shipibo-conibo. Mi marca es un proyecto de moda ética que combina estilo contemporáneo y arte ancestral. No se trata solo de incorporar arte ancestral, sino de crear caminos de desarrollo económico, visibilidad y preservación cultural para las comunidades con las que trabajo.

 

¿Qué elementos del diseño indígena ha incorporado? ¿Qué la inspiró?

Trabajo principalmente con el Kené, el arte ancestral de la nación shipibo-conibo, que es un lenguaje visual cargado de cosmovisión, geometrías sagradas y memorias ancestrales. Me inspira porque crecí rodeada de culturas diversas alrededor del mundo y desde niña entendí que la moda puede contar historias profundas. Cuando conocí a la comunidad shipibo-conibo de Cantagallo en 2019 y el colectivo de artesanas liderado por Olinda Silvano, sentí una conexión inmediata: su arte era único, pero poco representado en el mundo. Quise ser un puente para amplificarlo sin distorsionarlo y que sea más conocido a nivel mundial a través de la moda, para que algún día el peruano empiece a valorar su arte y artesanía.

 

En la selva el arte textil suele priorizar los diseños geométricos.

En el mundo shipibo-conibo, el Kené representa la estructura de su cosmovisión. Las líneas, interconexiones y patrones geométricos simbolizan caminos espirituales, equilibrio, sanación y vínculos entre lo visible y lo no visible. Cada diseño tiene una intencionalidad, no es decorativo: es un mapa de conocimiento ancestral y refleja el alma de cada artista.

 

¿Cómo explica el concepto de “colaboraciones éticas”?

Una colaboración ética es aquella en la que el artista indígena es cocreador, no una fuente barata de mano de obra; hay retribución justa; se respeta la autoría cultural y autonomía creativa; el proceso es sostenible en el tiempo; se construyen relaciones humanas, no transacciones. En Kené Kaya no “uso” arte indígena: lo creo junto a las maestras, respetando sus tiempos, su visión y su identidad. Desde que lancé la marca, han surgido otras marcas que incorporan el kené y que utilizan el lenguaje de sostenibilidad y de “cocreación”, pero muchas veces con poca transparencia y sin un compromiso real con las comunidades. Mi propósito es demostrar cómo se puede trabajar de manera justa y respetuosa, protegiendo el patrimonio cultural y asegurando un impacto positivo tangible, más allá del greenwashing o de la moda ética como estrategia de marketing.

 

¿Cómo identificar el respeto por el arte indígena?

Cuando hay respeto genuino, se nota. La narrativa no borra al artista ni se apropia de su historia: lo visibiliza. Hay créditos claros, transparencia, beneficios compartidos y una intención de preservar —no explotar— la cultura. Hay un aporte a la comunidad, que necesita apoyo urgente en un país todavía profundamente marcado por la desigualdad. El respeto genuino no imita superficialmente en campañas de marketing vacías: honra el origen y lo amplifica con responsabilidad.

 

Hay un viejo debate sobre artesanos y artistas.

Para mí, las mujeres shipibo-conibo con quienes trabajo son artistas en todo el sentido de la palabra. El calificativo “artesanía” muchas veces ha sido usado para desvalorizar complejidad, técnica, autoría y visión. Su obra es conceptual, simbólica y profundamente estética con muchos años de experiencia.

 

¿Qué falta para empoderar más nuestro arte textil?

Falta reconocimiento institucional, inversión en capacitación, acceso a mercados globales, educación sobre derechos culturales y políticas públicas que protejan a las comunidades creadoras. Pero, sobre todo, falta que el Perú entienda que su arte textil no es “artesanía”: es patrimonio vivo, sofisticado y capaz de competir en las capitales más importantes del diseño. Además, necesitamos protección real de la propiedad intelectual para las comunidades indígenas. A diferencia de países como México o Colombia, donde existen leyes y mecanismos que reconocen y defienden los diseños ancestrales de los pueblos originarios, en Perú aún no contamos con una estructura sólida que evite la apropiación o explotación sin reconocimiento y beneficio para los creadores. El fortalecimiento de estos derechos permitiría a las comunidades proteger su patrimonio cultural, recibir un reconocimiento justo y generar un impacto económico sostenible, garantizando que su arte siga siendo una fuente de identidad, orgullo y desarrollo para las próximas generaciones.

 

AUTOFICHA

“Crecí en un hogar donde la justicia social, la ética y el servicio no eran ideas abstractas, sino valores vividos día a día. Mi padre fue Francisco Durand, un politólogo profundamente respetado en el Perú. Mi madre es abogada de derechos laborales con maestría en Trabajo Social”.

“Tuve el privilegio de crecer bajo la influencia espiritual de mi tío abuelo, monseñor Ricardo Durand Flórez, arzobispo de Cusco y el Callao. Me enseñó el valor del amor al prójimo, la compasión y la importancia de servir con humildad. Su ejemplo me marcó”.

“Trabajo con el colectivo de artesanas Shinan Imabo. La presidenta es Delia Pizarro. También trabajo con la lideresa Olinda Silvano. El colectivo son 35 maestras que incluyen mujeres muy talentosas, como Doris Gómez, Juana Reátegui, Betty Reátegui, Silvia Ricopa, Wilma Maynas Inuma y muchas más”.

 

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