El 8 de julio de 2011, el transbordador Atlantis despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, para cumplir la misión STS-135, la última del histórico programa de transbordadores espaciales de la NASA.
Con una tripulación de cuatro astronautas —Chris Ferguson, Doug Hurley, Sandra Magnus y Rex Walheim—, el vuelo puso punto final a una etapa que durante 30 años transformó la manera en que Estados Unidos realizó misiones tripuladas al espacio.
Por segundo año consecutivo, la institución logra colocar a una de sus beneficiarias en esta pasantía internacional.
La misión tuvo como principal objetivo abastecer a la Estación Espacial Internacional (EEI). Para ello transportó el módulo logístico multipropósito Raffaello, cargado con más de cuatro toneladas de alimentos, equipos científicos, repuestos y suministros esenciales que garantizarían el funcionamiento del laboratorio orbital durante varios meses.
Además, llevó un conjunto de experimentos destinados a ampliar el conocimiento sobre la vida y el trabajo en condiciones de microgravedad.
Uno de los mayores logros de la STS-135 fue demostrar, una vez más, la confiabilidad del transbordador Atlantis, que completó con éxito su misión tras permanecer casi nueve días en el espacio.
Durante su estancia, la tripulación realizó labores de transferencia de carga, mantenimiento y coordinación con los astronautas de la EEI, fortaleciendo la cooperación internacional que caracteriza al complejo orbital.
La misión también representó un cierre simbólico para uno de los programas más ambiciosos de la exploración espacial. Desde el lanzamiento del Columbia en 1981, los transbordadores espaciales realizaron 135 misiones, desplegaron satélites, pusieron en órbita el telescopio espacial Hubble, participaron en la construcción de la Estación Espacial Internacional y permitieron el desarrollo de investigaciones científicas fundamentales para futuras expediciones espaciales.
El aterrizaje de Atlantis, ocurrido el 21 de julio de 2011 en el Centro Espacial Kennedy, marcó el retiro definitivo de la flota de transbordadores de la NASA.
Con el fin del programa, Estados Unidos dejó temporalmente de contar con un vehículo propio para transportar astronautas al espacio y dependió durante casi una década de las cápsulas rusas Soyuz para llegar a la EEI, hasta el inicio de la era de las misiones comerciales tripuladas.
A quince años de aquel histórico vuelo, la STS-135 continúa siendo recordada como una misión de transición hacia una nueva etapa de la exploración espacial.
Su éxito permitió cerrar con seguridad uno de los programas más influyentes de la historia de la astronáutica y sentó las bases para el desarrollo de nuevas naves, como Orion y las cápsulas comerciales de SpaceX y Boeing, que hoy impulsan el regreso de la exploración humana más allá de la órbita terrestre.
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