"Julio Polar se ha largado de este mundo. Infarto", dice el primer crudo mensaje que aparece en mi teléfono al aterrizar en Trujillo la tarde del viernes 30. Es mi amigo Juan Carlos que, más que apenado, está furioso con sus colegas dibujantes que ahora se llenan la boca hablando del gran talento de Julio, cuando nunca le dieron una oportunidad. Yo también estoy molesto –pero conmigo– por haberlo abandonado como todos los demás. Alguna vez, hace como siete años, Julio Polar le dijo a mi amigo Andrés Edery –que, hoy con la misma pena que yo, lo ha dibujado en esta página– que se había enterado de que yo había contraído cierta cruel enfermedad. No era cierto e ignoro de dónde lo sacó, pero me molesté tantísimo que no volví a verlo nunca más. Por esa razón ridícula –una cojudez– lanzamos por la borda una amistad fantástica. Cuando yo tenía 18 años y estudiaba Derecho, y estaba aburrido y frustrado porque sentía que lo que quería hacer no era litigar sino dibujar, Julio Polar se apareció en mi vida como un endemoniado genio de la lámpara, como una fabulosa maldición que hoy agradezco por la poderosa influencia que tuvo en mí este loco maravilloso, eterno indignado, chalaco cultísimo y radical, el dibujante al que botaban a gritos de todas partes, el único artista verdaderamente underground que yo he conocido. Qué suerte que la primera chamba de mi vida haya consistido en pasarme las tardes y las noches a su lado, imaginando, escribiendo y dibujando –por kilos– chistes e historietas que pudieran llenar de cabo a rabo el Suplemento ¡NO! Trabajábamos ambos como obreritos asalariados en el taller de un famoso humorista gráfico y, como no debía notarse que entre los dos nos volteábamos las 16 páginas completitas, nos dábamos el lujo de escribir y dibujar con estilos y seudónimos distintos para que nadie se diera cuenta de que éramos un ejército de dos. La mañana del viernes 30, constatando que no me quedaría tiempo para entrevistar como Dios manda al pintor Eduardo Tokeshi, le propuse la idea absurda de caricaturizarnos mutuamente en televisión. Al hacerlo, al volver a dibujar después de décadas de no hacerlo, le estaba rindiendo a Julio Polar un homenaje involuntario, ignorando que, en esos instantes, la feroz molotov que lo había mantenido 67 años jodiendo sobre la tierra acababa de lograr el estallido perfecto. Perdóname la prosa, oh, Viejo profesor de rebeldía. Mañana, cuando regrese a Lima, espero alcanzar a leer en voz alta a Baudelaire sobre el cofre que contenga tus cenizas. Perdóname la prisa, pero hay un solazo allá afuera y yo ya no quiero seguir hablando de tu muerte, de mi muerte, de ninguna muerte. Perdóname la prisa, pero los patas me están esperando con dos cajas de cerveza en la maletera. La vida todavía aguarda allá afuera, esplendorosa, y esta tarde vamos a chupar hasta morir.