Si la desnutrición crónica infantil —que subió de 11.5% en 2023 a 12.1% en 2024 para menores de cinco años— ya significa un duro golpe para la salud pública, las cifras de la anemia son realmente preocupantes. Según los resultados de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Endes) 2024, el 43.7% de los niños menores de tres años sufren esta enfermedad.
La situación es especialmente crítica en las áreas rurales, donde casi la mitad de los niños pequeños (44.7%) padecen esta condición, en contraste con el 31.2% en las zonas urbanas. Regiones como Puno (76.6%) se mantienen como las más afectadas, lo que evidencia la persistencia de brechas socioeconómicas y geográficas en el acceso a una nutrición adecuada y servicios de salud. Le siguen Loreto (62%), Apurímac (58.7%), Huancavelica (55.1%) y Ucayali (54.6%).
El otro lado de la moneda es el departamento de Lima, cuya tasa del 42.4% presenta una disminución de 5.5 puntos, una tendencia positiva que solo se repite en otros siete departamentos más del país, en Lima Metropolitana (32.9%) y en la Provincia Constitucional del Callao (34.9%). Estos últimos porcentajes son los más bajos a nivel nacional.
El incremento de la anemia de 2023 a 2024 fue de 0.6%, una cifra que a primera vista parece mínima, pero lo cierto es que desde hace más de dos décadas solo una vez se logró bajar el peligroso piso del 40% a nivel nacional.
Control constante. Es importante realizar exámenes de sangre para medir los niveles de hemoglobina, especialmente a los 6 y 12 meses de edad.
Evolución de la anemia en Perú
Históricamente, como país hemos enfrentado grandes desafíos en la lucha contra la anemia. Si bien se logró una reducción significativa entre los años 2000 (60.9%) y 2011 (41.6%), la prevalencia volvió a subir hasta el 46.8% en 2014. Posteriormente, se mantuvo estática en alrededor de 44% entre 2015 y 2018, logrando un descenso a 40.1% en 2019, justo antes de la pandemia.
Sin embargo, los años recientes han mostrado una tendencia preocupante al alza: 2020, 40%; 2021, 38.8%; 2022, 42.4%; 2023, 43.1%; y el año pasado, 43.7%.
Este incremento constante en los últimos años podría explicarse con las interrupciones en los servicios de salud, las crisis económicas y las dificultades en el acceso a alimentos nutritivos y suplementos de hierro que ha sufrido la población más vulnerable.
Los especialistas aconsejan que la primera acción debe ser garantizar la lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses y complementarla hasta los dos años. Después, es clave ofrecer alimentos ricos en hierro —vísceras, carnes rojas, legumbres y cereales fortificados— junto con vitamina C para mejorar la absorción. También es urgente que las gestantes reciban hierro y ácido fólico durante el embarazo, y que se amplíen las intervenciones en agua y saneamiento para evitar infecciones, que agotan los depósitos de hierro en los más pequeños.
Alimentar el futuro. Las ollas comunes y comedores populares son actores importantes en la nutrición de los niños. Platos a base de sangrecita, como este mousse, son parte de la oferta.
Huellas irreversibles
La anemia, especialmente en los primeros tres años de vida, tiene consecuencias irreversibles en el desarrollo físico y cognitivo de los niños. Afecta el desarrollo del lenguaje, la memoria, la capacidad de exploración y el aprendizaje, limitando sus oportunidades educativas y laborales futuras. Adicionalmente, la anemia también hace a los niños más susceptibles a enfermedades infecciosas y pueden mostrarse más retraídos o irritables.
Los expertos advierten que la anemia es devastadora para el desarrollo. Unicef ha documentado que reduce el coeficiente intelectual hasta en 9 %, perjudicando la memoria, el lenguaje, la motricidad y la sociabilidad.
En la etapa escolar, los niños anémicos muestran menos atención, mayor ausentismo por enfermedad y bajo desempeño académico. Por su parte, las madres anémicas tienen mayor riesgo de parto prematuro, hemorragias posparto y bebés con bajo peso al nacer.
A pesar de los esfuerzos del sector público, como el aumento en la distribución de suplementos de hierro —más del 30% de niños entre 6 y 35 meses los recibieron en 2024—, la situación demanda una reevaluación urgente de las políticas públicas.
Respuestas de hierro
Uno de los programas multisectoriales que obtuvo grandes resultados fue Buen Inicio. Sucedió entre 2000 y 2004, cuando la anemia infantil en zonas rurales de Cusco, Apurímac, Loreto y Cajamarca pasó del 76 % al 52.3 % gracias a la combinación de control prenatal, suplementación con hierro, alimentación complementaria y participación
comunitaria.
Huancavelica es un ejemplo más reciente. Debido a intervenciones que incluyeron atención integral en salud, mejoramiento del agua y campañas nutricionales, la anemia cayó del 65 % al 56.6 % entre 2022 y 2023. Incluso en 2024 logró bajar otro 1.5%. Son avances, sin duda, pero todavía resultan insuficientes para revertir la grave crisis de salud pública que aqueja al Perú.
Por ello, desde las comunidades, con ayuda pública y privada, ha surgido una respuesta propia. Platos sencillos, ricos en hierro y que son parte de la tradición de la cocina peruana, se han convertido en herramienta vital contra la anemia. La sangrecita —guisada o servida con pan como desayuno— y la chanfainita, hecha con bofe o pulmón de res, son algunas de las recetas más populares.
En zonas rurales de Loreto y Apurímac, el proyecto Reach Alliance ha promovido la distribución y consumo de Nutri‑H Galletas, creadas por el ingeniero Julio Garay especialmente para niños pequeños y mujeres gestantes, y que incorporan harinas locales, hierro y vitaminas.
En paralelo, la ley del arroz fortificado (Ley 31348) es una oportunidad pendiente por aprovechar. Al añadir hierro, ácido fólico y vitamina A en un alimento básico de alto consumo en el país, millones de peruanos recibirían un aporte diario contra la anemia. Sin embargo, su implementación ha sido lenta y aún carece de un monitoreo efectivo.