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Las radioterapias y retrovirales de segunda vuelta

Reseteo de segunda vuelta

La segunda vuelta es una nueva elección. No solo se vuelven a barajar las cartas. También cambian las estrategias, las tácticas, los jugadores y hasta los electores y sus expectativas.  

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Perú tiene, además, casi dos meses hasta la elección de segunda vuelta (7 de junio). Uno de los periodos más largos del mundo. Suficiente tiempo para que un candidato se reinvente y un elector se convenza de lo que quiere convencerse.
Fecha actualización:
12/04/2026 - 07:10
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La segunda vuelta es una nueva elección. No solo porque se vuelven a barajar las cartas. También porque son otros jugadores, distintas consideraciones y nuevas estrategias. Pero incluso son diferentes electores.

 

RADIOTERAPIAS Y RETROVIRALES

El elector de primera vuelta no es el mismo que el votante de segunda vuelta. El de la primera es exigente y criticón. Es meticuloso revisando el CV, el historial, los tuits y la declaración jurada de cada aspirante. Escucha los debates, revisa el pasado en el archivo, toma nota y cuestiona todo lo que ve. Suele votar por convicción o por identidad. Y suele ir a la urna con algo de fe, ingenuo optimismo y amplitud de miradas.

En la segunda vuelta, en cambio, el elector promedio se despoja de toda esperanza. Y muchas veces, se convierte al cinismo, al pesimismo o incluso al derrotismo. El flash dominical suele ser un baldazo de agua fría. Es como una constatación de que finalmente estamos en el Perú y todo se hace un poco a la peruana, parafraseando al periodista Mario Campos. En ese sentido, la derecha en realidad es cualquier cosa, la izquierda es más bien chicha, los conservadores son una nulidad, los progresistas son hipócritas y los liberales son una broma. Nada es lo que dice ser y la segunda vuelta lo confirma, por si cabían dudas.

Un claro ejemplo del cambio de estándares ocurrió en 2021. En la primera vuelta, más de un reportaje cuestionó el título profesional del candidato Hernando de Soto en la Universidad de Ginebra en Suiza. Al parecer, la documentación no estaba completa en Sunedu. Faltaba un papelito, algo muy grave que sin duda debía descalificar al renombrado intelectual. Pasada la segunda vuelta, sin embargo, ese mismo elector puntilloso pasaría por agua la maestría trucha de Pedro Castillo en la Universidad César Vallejo. Hablando de doble estándar.

Pero no hay que ir tan lejos. En esta misma campaña de 2026 ya hay influencers progres y activistas caviares que están suavizando el perfil de Ricardo Belmont, quizás previendo que podría enfrentarse contra Keiko Fujimori en segunda vuelta. Ahora resulta que es un tío chévere, un malo conocido y un mal menor pintoresco.

Lejanos se ven aquellos días en que Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa pedían el voto en blanco ante una segunda vuelta de Alan García y Alejandro Toledo. Esa segunda vuelta sería suiza para estándares del Perú de hoy.

Basta ver a los posibles candidatos en la segunda vuelta para constatar, mano al pecho, que no eran los mejores ni los más preparados de toda la camada.

Parafraseando a Mario Vargas Llosa, si hay que elegir entre el cáncer y el sida, ya nos hemos acostumbrado a los retrovirales y las radioterapias. La ciencia avanza, después de todo.

 

LA GRAN TRANSFORMACIÓN

No es que el candidato se transforme demasiado, pero hay casos en que sí hay una gran transformación. Fue el caso de Ollanta Humala en 2011, con una mutación que incluyó ceremonia con juramentación, muda de ropa y factor Nadine Heredia. Y en menor medida, fue el problema de PPK en 2016, cuando se vistió de progresista antifujimorista siendo más fujimorista que Fujimori. Ese travestismo contra natura solo por los votos se notó postizo. Y el fujimorismo rencoroso o “inmaduro” le pasó la factura. Cuidado con Carlos Álvarez, quien tiene un discurso más caviar de lo que él mismo se ha dado cuenta. El cómico comparte la narrativa de la “mafia congresal”, las “leyes procrimen” y demás retórica progre, aunque pida pena de muerte de la boca para afuera. Además, ha tirado la toalla algunas veces en privado, síntoma inequívoco de hartazgo político.

Hay otros casos, en cambio, en que el candidato no cambia nada. Ni se corre al centro, ni se modera, ni pacta con sus exrivales. Fue lo que pasó con Pedro Castillo, quien a diferencia de Ollanta Humala, ni siquiera hizo el esfuerzo de cambiarse el polo e inventarse una hoja de ruta. Simplemente, se zurró en el tema y vio cómo el progresismo se calzó su sombrero sin cuestionar su machismo, su entorno lumpen y la entraña corrupta de su partido.

Perú tiene, además, casi dos meses hasta la elección de segunda vuelta (7 de junio). Uno de los periodos más largos del mundo. Suficiente tiempo para que un candidato se reinvente y un elector se convenza de lo que quiere convencerse.  

 

TÁCTICA Y ESTRATEGIA

La estrategia de la segunda vuelta, finalmente, también es diametralmente distinta. Porque ya no se trata de destacar en medio del pelotón con radicalismos, exabruptos y promesas imposibles. Ahora se trata de moderar y madurar, de ser realista, responsable y convocante. Se trata de correrse al centro y jalar agua para su molino, tanto desde la izquierda como desde la derecha. La táctica es centrarse como el Humala de 2011, pedir perdón como el Alan de 2006 y ser lo suficientemente ambiguo como el Fujimori de 1990. Aglutinar votos, convocar a todos y “gobernar para todos los peruanos”.

En el fondo, la moderación de promesas de candidatos y de expectativas de electores en la segunda vuelta es un ensayo de lo que vendrá: la mesura del presidente y de los ciudadanos durante el nuevo gobierno. Ahí es cuando el gobernante se da cuenta de que no podrá hacer todo lo que prometió, ni siquiera lo que dijo en serio. Y ahí es cuando el elector se resigna a comprender que casi todas las promesas caerán en saco roto. Y entonces te das cuenta de que todas las cualidades que un político necesita para ser un buen candidato no son las que requiere para ser un buen presidente. Más aún: suelen ser totalmente opuestas.  

 

 

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