La aparición de un plan de medios del INEI para el Censo 2025 que incluye a conocidos influencers, podcasters y tiktokeros solo confirma lo que ya se sospechaba: que el activismo paga muy bien. Y que, parafraseando a un economista, no hay lonche gratis.
A falta de financiamiento de USAID, bueno es el dinero del Estado, gentilmente direccionado por el gobierno actual y posteriormente ‘pitufeado’ por los activistas digitales a través del Patreon, el Plin y el Yape. La alternativa digital a un coctel fujimorista, digamos.
No sorprende demasiado. La moda de los podcasts recuerda a la promesa de los blogs, allá por 2006. Bitácoras digitales que se anunciaban como la alternativa a la gran prensa, pero que terminaron siendo la apostilla de lo obvio. Cero ideas nuevas, ningún ángulo novedoso y sí muchos resúmenes de lo que salía en diarios el día anterior. Los nuevos medios, una vez más, fueron solo un cambio de plataforma. Como cambiar al zoncito con teleprompter por el zoncito con streaming.
La diferencia está en el manejo de la publicidad y la delgada línea editorial que la separa de lo periodístico. Si en los medios tradicionales ya es un problema resistir a las injerencias externas e internas, ¿cómo navegar esas aguas procelosas cuando una sola persona es dueña, conductora y vendedora de publicidad? ¿Cómo trazar la línea cuando quien recibe el dinero con una mano empuña el micrófono con la otra? ¿Cómo tener ‘muñeca’ política para lidiar con las presiones económicas cuando el activista divide el mundo entre buenos y malos, sin grises ni matices, pontificando desde “el lado correcto de la historia”? ¿Cómo indignarse en el podcast ante una “dictadura” que te paga S/30 mil por un tiktok?
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