Las redes sociales han demostrado ser un factor clave para el proceso electoral. No solo al hacer proselitismo en la campaña, como bien lo han demostrado los influencers a destajo de César Acuña, los tiktokers de José Luna y los trolls de Ricardo Belmont; sino también a la hora de decidir el voto. Como explica Eli Pariser, en su libro El filtro burbuja (2017), el algoritmo nos da cada vez más de lo que queremos ver, en términos ideológicos. Y, sobre todo, nos edita aquello que no se alinea con nuestro ideario. A ello hay que sumarle el postureo. Como la indignación es el lenguaje más hablado en las redes sociales, el voto antisistema es el que más se pregona. Es el idioma preferido de quienes entienden el voto como un tema identitario. Y en esa línea, la izquierda gana terreno por su inclinación a rasgarse las vestiduras virtuales. En cambio, quienes ven el voto como un mecanismo pragmático o estratégico suelen ventilar menos sus preferencias. Es el voto útil por el mal menor o, en algunos casos, el voto vergonzante. Y al ser un voto cauto y ‘conservador’ en alguna medida, suele inclinarse por la derecha. Finalmente, las redes sociales han demostrado influir mucho en el apanado digital. La dinámica ya la hemos visto. Surge un nuevo candidato de los jóvenes. Se viraliza en redes sociales. Casi de inmediato, se viralizan también sus denuncias y trapitos sucios. Tras su demolición, surge un nuevo candidato sensación para la juventud digital. Y el ciclo se repite. La juventud con smartphone ha demostrado ser escalofriantemente influenciable por la viralización del candidato de moda, llámese este López-Chau, Espá, Grozo o Nieto. Los únicos inmunes parecen ser los electores más militantes (Fuerza Popular) y los menos contactados (Juntos por el Perú). A veces tener acceso a más información no implica necesariamente tomar una mejor decisión.