Cuando se le pregunta al elector si está a favor o no del actual modelo económico, muy pocos comprenden la diferencia entre el sistema económico y la gestión del Estado. Para la gran mayoría, “el actual modelo económico” es solo un concepto gaseoso que engloba generalidades sobre la presente situación económica del país. Esto incluye la informalidad, el mercantilismo, la ausencia de servicios públicos de calidad, la corrupción, la pésima gestión estatal y una larga lista de problemas que el elector común busca resolver cada cinco años mediante el voto. Por eso, la derecha pierde la batalla discursiva cada vez que defiende “el actual modelo económico”, es decir, el estado actual de las cosas. La derecha no solo no vende un cambio, sino que tampoco promete mucho, animada por palabras como estabilidad y orden. Pero la estabilidad solo es una promesa atractiva cuando la normalidad es el caos. En un grueso de la población que aún no accede al crecimiento económico, estabilidad y orden son sinónimos de inmovilidad social.
El patrón se repite en cada debate. Mientras la derecha vende realismo, orden y responsabilidad, la izquierda vende promesas, reformas y transformaciones. ¿Cómo no proponer un cambio en un país tan injusto donde nada parece funcionar bien, salvo la delincuencia? Sobre todo cuando hay electores desesperados que no tienen nada que perder.
Futbolísticamente hablando, la izquierda siempre juega a la ofensiva contra el modelo económico. La derecha, en cambio, juega a la defensiva, defendiendo el modelo. Pero, aunque tenga al mejor arquero, nunca ganará si no ataca. La derecha debe prometer un cambio en el modelo económico. Porque así como el “modelo económico” se traduce como “la situación económica actual”, vender un cambio significa vender esperanza.