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La polémica Fujimori-Sánchez

El debate emocional

Claves verbales, retóricas, narrativas y políticas que la historia peruana reciente nos ha dejado como lecciones para el debate presidencial de segunda vuelta y el posdebate viral.

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Aunque queramos ser racionales, la triste realidad es que el dato no suele matar al relato. No en la mente del elector, al menos, donde el cálido relato siempre se impone triunfante sobre el frío dato.
Fecha actualización:
31/05/2026 - 07:05
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A juzgar por el último debate de especialistas, algunos expositores se creyeron eso de que no era un debate político, sino puramente técnico. Tamaño error. Para no reincidir en el yerro, valga repetir algunas verdades de perogrullo por si a alguien le cabe alguna duda.

 

TODO ES POLÍTICO

Las palabras son política. Y también los silencios. La ropa, los gestos, los aliados y los enemigos son políticos. El debate, por supuesto, también es político. Y la política —parafraseando a Slavoj Žižek, quien a su vez parafrasea a Aristóteles— es el arte de lo imposible.

 

LA COSA ES LLEGAR

Ser un buen candidato no es ser un buen gobernante. Para ser más precisos: las cualidades que se necesitan para ganar una elección no son las mismas que las que se necesitan para gobernar bien. Es más: son totalmente opuestas. Mientras el gobernante debe ser sereno, frío y calculador, el candidato debe ser apasionado, emotivo y populista. Por eso, hemos tenido extraordinarios candidatos que encandilan, seducen y atrapan, pero que luego destruyen la economía. El ejemplo de manual es el primer Alan García. “Apaga el televisor que te puede convencer”, decía el mantra ochentero, ante el que el segundo Alan retrucó: “Déjese convencer”. El publicista Hugo Otero lo explicó mejor en una frase que se le atribuye: el candidato debe arrechar. Políticamente hablando, se entiende. Para efectos del debate de este domingo, la conclusión es simple: los candidatos deben ser irresponsables en el buen sentido de la palabra. Lo dijo Juan José Santiváñez en toda su trivialidad: “La cosa es llegar”.

 

PROMETER Y PROMETER

En vez de repetir un refrán procaz pero preciso, vale la pena apelar a la elegancia de Francia. Los jóvenes de Mayo del 68 lo resumieron en una frase: basta de realidades, queremos promesas. Mientras la izquierda ofrece el “asalto al cielo” o “tomar el cielo por asalto”, a la usanza marxista, la derecha no promete bajar ni la luna ni el sol ni las estrellas. Todo lo contrario. La derecha ofrece responsabilidad y seriedad. Y suele mostrar sus cuadros y hacer pronósticos cautos, promedios ponderados y expectativas realistas. Todo bien para un ministro de Economía, pero así no ganas elecciones. La izquierda, en cambio, vende sueños, ideales, revoluciones, saltos hacia adelante y giros copernicanos para que la tortilla se vuelva, como dice un viejo himno revolucionario. La diferencia entre ambos discursos es tan drástica que el peruano promedio cree que aspirar a un país más justo, con mayores oportunidades y derechos humanos implica ya ser de izquierda.

 

DATO Y RELATO

Como lo sabe cualquier polemista de redes sociales, los datos se pueden torturar hasta que confiesen cualquier cosa. Y eso incluye las cifras. Mark Twain era más elegante cuando decía que “los hechos son tercos, pero las estadísticas son más flexibles”. Y esa lección parece haberla aplicado Pedro Francke en el debate pasado a juzgar por cómo se arrogó el crecimiento de rebote pospandemia para tener alguna cifra en azul. Hay muchas argucias para torcer los números. Pero lo importante es implantar el relato que acompañe a las cifras. Porque aunque queramos ser racionales, la triste realidad es que el dato no suele matar al relato. No en la mente del elector, al menos, donde el cálido relato siempre se impone triunfante sobre el frío dato. Y si la realidad no coincide, peor para la realidad, diría Francke parafraseando a Locke.

 

LA PALABRA

Hubo un tiempo en que un debate presidencial podía incluir una alusión al pensador renacentista Giovanni Pico della Mirandola. Fue en 1990, cuando Mario Vargas Llosa intentó usar florete frente a la chaira de Alberto Fujimori. Vargas Llosa, acostumbrado a hablar francés entre jaguares, se rehusó a bajar el nivel de la discusión. Y no solo en ese debate, sino en toda la campaña. Gracias a ese noble propósito, el candidato del Fredemo aludió a Karl Popper en un Puno que ya no era el del Boletín Titikaka. Y por supuesto, perdió las elecciones con la elegancia de las causas perdidas. Pero dejó una frase para la historia de los debates. “La palabra crea la cosa”, dijo en plena polémica contra Fujimori, recordando sus cursos de filosofía griega, burlándose del floro barato del ‘Chino’. Fiel a su honestidad intelectual, el escritor creía que no bastaba con decir algo para que esto exista. Era 1990 y la posmodernidad evidenciaría que el positivismo vargasllosiano se tambaleaba. Quizás ahí perdió las elecciones.

Para efectos del debate, la postura de Fujimori fue mucho más útil. Tanto, que ganó las elecciones creando el “no shock”, una fantasiosa tercera vía gradualista que afortunadamente nunca se materializó.

La izquierda lleva décadas “creando la cosa” mediante palabras y ganando elecciones de paso con entelequias como “la gran transformación”, “honradez, tecnología y trabajo”, “el futuro diferente”, “no más pobres en un país rico”, “la hoja de ruta”, “honestidad para hacer la diferencia”, “la segunda reforma agraria” y una larga lista de quimeras que llegará al summum con la nueva Constitución, un documento lleno de palabras que mágicamente creará una realidad más justa con salud y educación de calidad para todos los peruanos. Ya se sabe: el papel aguanta todo.

Políticamente hablando, es mejor recordar que la palabra crea la realidad como en el Antiguo Testamento: en el principio era el verbo.

 

POSDEBATE

Lo más importante, finalmente, no es el debate, sino la idea del debate que quedará en la mente del elector. Y como es un elector que no ve polémicas completas ni obedece a razones o estadísticas, manda el posrelato. Es decir, la historia que se cuenta sobre el debate. Por eso es clave acabar con una frase inolvidable, inocular una idea memorable, aludir a una historia extraordinaria y asestar un fino golpe al rival de turno. Todo pensando en la posteridad del TikTok.

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